EL HECHO
Como ya es norma en las cosas de la política, estamos ante un concepto poco menos que infumable y, sin embargo, a falta de otro mejor, casi imprescindible. Es cierto que no se sabe muy bien, de entrada, lo que define; pero no lo es menos que para casi todo el mundo tiene que ver con el acento diferenciador de la lógica nacionalista. Esto es, con su habitual afirmación de la diferencia, en primer lugar, lo que no es sino la otra cara de la peculiaridad singular de cada pueblo. La frase "no somos españoles ni franceses, somos vascos", es un ejemplo de esto. Y tiene que ver, en segundo lugar, con ese criterio central nacionalista que convierte la atención y satisfacción de la diferencia reivindicada en norma de obligado cumplimiento para sancionar la legitimidad del sistema político existente.
Conviene decir cuanto antes, de otra parte, que la eficacia política de este concepto no depende de que la definición de la diferencia se ajuste al criterio de verdad (científica) o a la lógica de la racionalidad política o al juicio del valor ético. Nada de esto es imprescindible, paradójicamente, para que un hecho diferencial sea relevante en la vida política.
A mi juicio, el meollo del asunto diferencial está en la existencia y persistencia de un hecho nacionalista alternativo al estado-nación existente. De modo que la propia realidad del hecho nacionalista alternativo, incluida su dimensión político-electoral, es la prueba del nueve de la diferencia que se reivindica. Cuanto más condicione la existencia de un subsistema alternativo y distinto de partidos políticos, cuanto más manifieste un conflicto de identidad o de sentido de pertenencia nacional, cuanto más se relacione con lugares donde se plantea una reivindicación (mínima) de singularidad política respecto al estado existente y (máxima, aunque generalmente ambigua) de un estado propio, tanto más relevante será el hecho diferencial.
Resumido en una sola frase, el hecho diferencial de un territorio es tanto más relevante en términos políticos cuanto allí sea más verosimil la posibilidad de una mayoría democrática alternativa.En el caso vasco la reivindicación del hecho diferencial se ha visto favorecida sin duda por haber podido apoyarse en, al menos, tres fenómenos de larga duración. El primero, su propia singularidad lingüística y cultural, es decir, el poseer una lengua de origen desconocido, el tratarse de un pueblo-isla anterior a las culturas indoeuropeas. El segundo, la posesión de un sistema político-foral que mantiene a través de los siglos y de los cambios una tradición de autogobierno cuyos restos (conciertos económicos, derecho foral y algunas instituciones) llegan hasta el tiempo actual. Por último, la autoconciencia de ser y pertenecer a una comunidad diferente (la conciencia étnica, dicho en un lenguaje actual). Esta conciencia de grupo no es otra cosa que la existencia de una tradición propia elaborada y sistematizada para consumo de las élites vascas por los apologistas del euskera y del fuerismo entre los siglos XVI y XIX; por los Garibay, Poza, Larramendi, Mogel, Zamákola, Astarloa, Txaho...
Adentrarse en cómo la modernidad permite acentuar el contenido diferenciador de todos estos fenómenos y a su vez los disuelve, lo que sin duda refuerza y debilita las posibilidades políticas del nacionalismo que los reivindica, es ya harina de otro costal.