EFECTOS COLATERALES
Por: Miguel Rodríguez Muñoz
Los EEUU y la OTAN han cosechado una victoria militar en la guerra
contra Yugoslavia: Milosevic claudicó, sus tropas se retiran de Kosovo y una fuerza
internacional ocupa el territorio. La victoria aliada puso fin a la criminal represión
ejercida por los nacionalistas serbios contra los albanokosovares. Pero ahora, tras el
éxito alcanzado, los problemas son otros.
La guerra como instrumento de solución de conflictos provoca frecuentemente males tan
terribles como los que pretende evitar. Rara vez soluciona los conflictos, lo que hace es
sustituirlos por otros, creando situaciones nuevas, regidas por una distinta relación de
fuerzas. El propio remedio, por su carácter brutal, se erige en una fuente de gravísmos
problemas, cuya intensidad se disfraza bajo el nombre aséptico de "efectos
colaterales".
¿Cuáles son las consecuencias de la guerra contra Yugoslavia? ¿Qué efectos ha
provocado el remedio? Hay unas consecuencias de orden interno, que inciden en el conflicto
de los Balcanes, y otras de ámbito internacional, que afectan a la construcción del
orden mundial.
Entre las primeras, cabe destacar la multiplicación del número de víctimas en las
poblaciones yugoslavas, el enorme coste en sufrimiento humano. La guerra brindó una
especie de carta blanca al régimen de Milosevic para acentuar el castigo de la mayoría
albanesa y sembrar el territorio de Kosovo de toda clase de truculencias. La represión y
los bombardeos provocaron el doloroso éxodo de cerca de un millón de ciudadanos. La
aviación aliada causó la muerte a varias decenas de miles de serbios, civiles y
militares. La destrucción de edificios, industrias, servicios e infraestructuras hundió
la economía yugoslava, provocando el paro masivo y un retroceso de varias decenas de
años en las condiciones de vida.
Por otro lado, el conflicto interétnico se ha complicado extraordinariamente, haciendo
inviable toda perspectiva de convivencia entre la mayoría albanesa y la minoría serbia,
cuyo mutuo rencor se nutre ahora con nuevos motivos. Al éxodo de los primeros sucede
ahora la huida de los segundos, temerosos de la revancha. La acción de la OTAN contribuye
a resolver el conflicto por la vía más indeseable de todas, ensayada una y otra vez a
sangre y fuego en Croacia y Bosnia: la homogeneización étnica. No es imaginable que el
protectorado internacional sobre Kosovo pueda ser sustituido algún día por un régimen
de autonomía en el seno del Estado Yugoslavo. La limpieza del territorio del
"otro" que estorba invita a la aplicación del esquema perverso "un pueblo,
un territorio, una lengua, una misma idea nacional". La homogeneización étnica abre
la dinámica de la autodeterminación, en claro perjuicio de los derechos de la minoría
serbia y de los vínculos históricos y jurídicos entre Serbia y Kosovo. A su vez, la
autodeterminación de Kosovo alimenta las expectativas de construir una gran Albania y
tiene un efecto dominó sobre los territorios yugoslavos donde conviven mayorías y
minorías étnicas.
La intervención de la OTAN hizo tabla rasa del derecho internacional, obviando la
necesaria autorización del Consejo de Seguridad de la ONU para hacer la guerra. Por un
lado, la ley de la fuerza recuperó el espacio cedido a lo largo del presente siglo a los
mecanismos jurídicos e institucionales reguladores de las relaciones entre los Estados.
Por otro, la OTAN ha renunciado a su condición de alianza defensiva para convertirse en
una policía mundial, hegemonizada por los EEUU. La ONU fue despojada de su autoridad.
Como instrumento de solución de conflictos, está en quiebra. Hemos retrocedido de un
orden basado en la convivencia pacífica a otro sometido a los dictados de un poderoso
imperio, que esgrime la vieja retórica civilizatoria para hacer y deshacer en el mundo a
su antojo.
El hecho de que la victoria militar aliada haya tenido como único soporte la fuerza
aérea constituye una novedad en la historia de la guerra. Con tan sólo la aviación y
sin ninguna baja, la OTAN logró en dos meses y medio derrotar al enemigo. El mito de que
para ganar una guerra es necesario librar en tierra las batallas decisivas se ha venido
abajo. Esa novedad abre paso a un tipo de confrontaciones bélicas en las que la
superioridad tecnológica resulta tan determinante como escaso el coste político para los
agresores, que ya no tendrán que dar tierra a los soldados muertos en el campo de batalla
y perder con ello el apoyo de la opinión pública. La nueva forma de hacer la guerra
confiere a los poderosos una libertad de acción temible. A partir de ahora, en el negocio
de la guerra todo serán beneficios. ¡Ay, Dios mío!