Impresiones de una ecologista
Isabel Bermejo, de ECOLOGISTAS EN ACCIÓN participó en la movida de Seattle. He aquí su crónica que parece anunciar un nuevo modelo de protesta.

Los medios de comunicación han cubierto con notable extensión, y bastante acierto, los
acontecimientos de una semana que ha hecho historia: la semana de la no-negociación de la
Organización Mundial del Comercio (OMC) en Seattle. ¡FELICITACIONES! No hace tanto
(Marrakech, 1993), la noticia del término de la anterior ronda de negociaciones para
liberalizar el comercio mundial, que se cerró nada menos que con la creación de la
propia OMC y con la incorporación a los acuerdos de nuevos capítulos cruciales para el
futuro de las personas y del propio planeta (agricultura, servicios, inversiones, y
patentes, incluida las patentes sobre seres vivos) no pasó tampoco desapercibida. Pero
para seguir el curso de la negociación entonces, había que buscar las páginas de
economía, o irse a las contadas publicaciones que todavía mantienen su papel de
"Pepito Grillo" de nuestra desinformada sociedad de la información. Como si
estos acuerdos poco importaran, salvo a una élite de economistas y de ejecutivos que
juegan el juego de los grandes negocios e inversiones. Y es que, en efecto, el mayor
interesado en el cierre de los acuerdos entonces, como ahora en Seattle, era el gran
capital transnacional, que con ello sentaba las bases de un nuevo orden económico en el
cual el papel de los gobiernos ha de reducirse a crear las condiciones más favorables
para mejorar la "competitividad" de las empresas (léase
rebajar las exigencias de protección laboral, sanitaria, y medioambiental, y financiar
con fondos públicos la investigación, desarrollo y las infraestructuras de transporte
necesarias para la expansión comercial), y a mantener el órden en unas sociedades en las
que las crecientes tensiones y marginación social se hacen insoportables. Cuanto menos
supiéramos las gentes del contenido real de los acuerdos, y del significado de la jerga
económica utilizada, mejor.
Una inesperada alianza
Ha merecido la pena, por tanto, el revuelo que se ha armado en Seattle, y el esfuerzo de
muchas personas y organizaciones del mundo entero que han dedicado energía, ilusión y
considerables dosis de trabajo para hacer posible ese revuelo. Hoy mucha gente de a pie
sabe muy bien qué es la OMC, qué intereses defiende, y a quién favorece. En Seattle,
además, se ha formado una inesperada alianza entre delegados de los países pobres,
marginados hasta el bochorno y la indignación en un proceso de negociación
desequilibrado y opaco, y gentes de todo el mundo decididas a hacer oír su BASTA YA
rotundo a la apisonadora liberalizadora de la OMC. ¡NO a la OMC!, era el lema común. El
medio ambiente, el trabajo en condiciones dignas para todos y todas, la cultura, y la
producción de alimentos son asuntos demasiado importantes para ponerlos en manos de la
OMC: no se puede jugar, ni negociar con ellos. Y ha merecido la pena estar allí.
Con el aluvión de información, ¿qué os puedo yo contar que no esté dicho ya? Quizás
únicamente que Seattle (y lo ocurrido en esta semana memorable) ha sido una agradable
sorpresa para quienes hemos tenido la oportunidad (o el privilegio) de desplazarnos hasta
allí para participar en las multitudinarias movilizaciones de protesta. Y que éramos no
sólo muchas personas, sino muy diversas: gente muy jóven (una mayoría de l@s
activistas), y también menos jóven (hasta unas abuelillas marchosas e irreductibles,
"Las abuelas enfurecidas de Seattle", que plantaban cara al imponente muro
policial, vestidas a lo "pionero", llenas de pegatinas y cantando tonadillas
populares a las que habían puesto letras de protesta sobre la OMC); gentes venidas de las
cuatro puntas del mundo (si bien mayoritariamente norteamericanas y del vecino Canadá,
por aquello de la geografía y las distancias); sindicalistas veteran@s, agricultores y
agricultoras curtid@s por el mucho bregar con la tierra y con una economía que se empeña
en olvidar que están ahí, dándose la mano (literalmente) con pacifistas, ecologistas,
estudiantes, intelectuales, y personas, sencillamente personas que entendían que ha
llegado el momento de decir ¡BASTA YA!
Una ciudad con alma
La ciudad de Seattle, que se promociona turísticamente como lugar privilegiado para unas
vacaciones "activas", disfrutando de un entorno natural privilegiado y de tramos
costeros bellísimos, da la impresión de una ciudad alegre, y relativamente abierta.
Quizás sea la presencia del mar, que se cuela hasta el centro de la ciudad a pesar de que
algún ingeniero demente tuvo la feliz idea de construir una autovía a modo de cinturón
infranqueable entre muelle y ciudad. Quizás sea la música, y un toque de bohemia
artística que forma parte de la personalidad de Seattle. Quizás el hecho de servir de
puente con la vecina Canadá, y con el otro lado del Pacífico... O quizás sea el
espíritu del Gran Jefe Indio Seattle, todavía presente.
Sea como fuere, la impresión no era de una ciudad sin alma, aún después del toque de
queda y del decreto de estado de excepción. A pesar del formidable despliegue policial y
de fuerzas armadas que literalmente tomó las calles céntricas a partir del segundo día
de movilizaciones, había quien callejeaba, quien bebía unas cervezas en los pocos
establecimientos que permanecían abiertos (muy raros a partir del toque de queda), quien
charlaba.., y la impresión era de que una notable proporción de los ciudadanos y
ciudadanas de Seattle (dónde al parecer vienen celebrándose sesiones informativas y
foros de debate sobre la OMC desde hace meses) más bien simpatizaba con l@s
"revoltos@s". Algun@s transeuntes, que se acercaban al centro a curiosear y a
inmortalizar con la cámara de video el auténtico "show" de unas fuerzas
represivas blindadas, enfrentadas a grupos de jóvenes y de menos jóvenes cuyo crimen
consistía en estar allí, y en enarbolar pancartas de "Salvemos los Árboles",
"OMC: o la arreglamos, o la liquidamos", "No me toques los Genes",
etc. etc. etc., comentaban lo disparatado y lamentable de una respuesta represiva tan
desproporcionada. (Es de suponer que los ejecutivos de Boeing y de Microsoft no estaban en
la calle, sino charlando con los delegados gubernamentales en las cenas y recepciones
oficiales, algunas de ellas abiertas al público... previo pago de 250.000 $).
Las actividades de protesta, tanto los múltiples foros informativos y de debate que se
celebraban mañana, tarde y noche en locales céntricos cedidos por las iglesias,
presididos por los gurús de la crítica a la globalización económica y en su mayoría
abarrotados de un público notablemente informado y participativo, como la mayor parte de
las concentraciones, marchas, conciertos, teatrillos y demás actividades programadas, se
centraban en "downtown Seattle" (el centro), o en sus alrededores. Esta parte de
la ciudad, la más distinguida, con rascacielos modernos y anónimos ordenados a lo largo
de 6 avenidas paralelas (la avenida primera, la segunda, la tercera.), es también la zona
donde se encuentran los hoteles de lujo donde se alojaban los delegados, y los centros de
convenciones sede de la reunión oficial de la OMC. Y esta zona fue precisamente el
escenario de la impresionante "toma" pacífica que consiguió aguar a Clinton la
inauguración de los actos oficiales. Desde por la mañana, y hasta bien entrada la tarde,
el tráfico rodado de todo el centro se cortó mediante "estrellas" humanas,
acostadas sobre cartones para protegerse mínimamente del duro y frío suelo, en cada una
de las intersecciones, a la vez que se impedía la salida y entrada de hoteles y de
centros de reunión a los delegados mediante cadenas humanas que la policía rompía aquí
y allá, las más veces con brutal e innecesaria violencia, pero que inmediatamente se
recuperaban. En ocasiones, los propios delegados oficiales de algunos países del Sur se
solidarizaban con la "revuelta" callejera. Una anécdota que provocó sonrisas
fue la de un delegado que hizo intención de incorporarse a una de las cadenas humanas que
"sitiaba" uno de los lugares oficiales de reunión, pero que al informarle una
activista del teléfono de contacto del abogado por si le detenían, y de cómo actuar si
la policía utilizaba el gas pimienta contra ell@s, se acordó repentinamente de una
reunión urgente a la que no podía faltar. Esta "toma" del centro de Seattle a
ritmo de rap, en un alarde de organización, de audacia, y de temple, resistencia y
compañerismo, probablemente inesperado, provocó un despliegue policial en crescendo. A
los puntos donde las cadenas humanas resistían iban llegando tanquetas, policía a
caballo, policía con perros, policía con dispositivos "anti-disturbios",
acorazados y protegidos por máscaras anti-gas para evitar los efectos del gas pimienta
que empleaban pródiga y despiadadamente. Probablemente la eficacia de la movilización
motivó también la desproporcionada e inmediata declaración de estado de excepción y
del toque de queda.
El cerco policial
En los días siguientes un cerrado cerco policial, aparentemente con órdenes
de impedir el acceso a determinadas manzanas de las distinguidas avenidas del centro al
personal "ajeno a la obra" consiguió acallar las voces de protesta sólo a
medias. Los foros de debate y denuncia continuaron celebrándose, más animados incluso
que antes, y las manifestaciones callejeras se convirtieron en escaramuzas de quasi
guerrilla urbana, con grupos que se concentraban y desplegaban pancartas aquí y acullá,
disolviéndose (si es que se libraban de acabar detenidos y vapuleados) y volviéndose a
reagrupar en otra esquina. Los delegados oficiales mientras tanto se desplazaban
apresuradamente por unas calles fantasmales, cuyos establecimientos de lujo habían
cerrado no a cal y canto, sino con paneles de madera que protegían los escaparates, por
si acaso (aunque los desperfectos causados los primeros días fueron mínimos: una grieta
en una de las lunas de MacDonalds, y poco más), y que daban al centro la extraña
sensación de una ciudad espectro, en obras. Pero poco importaba ya. La militarización de
la ciudad nos había dado la razón, y únicamente había reafirmado el mensaje que se
intentaba hacer llegar. De hecho, el decreto de estado de excepción y el toque de queda
fue celebrado (todo hay que decirlo, brindando con un vino californiano impresentable y
con galletas saladas untadas de mantequilla de cacahuete) como un triunfo de los miles de
voces manifestándose en la calle, imposibles de silenciar. Quienes estuvimos en Seattle
para participar en la protesta vivimos momentos de tensión, momentos de rabia, momentos
emotivos, momentos de miedo, momentos de euforia, y momentos simplemente interesantes:
todos ellos inolvidables. Ha merecido la pena estar allí. Se ha conseguido parar un
acuerdo que parecía imparable, aunque no hay que echar las campanas al vuelo, ya que mala
hierba..., y el proceso de negociación evidentemente no está cerrado definitivamente.
Pero a partir de ahora será más difícil que las grandes potencias trapicheen con
nuestro futuro, y que firmen en nuestro nombre, y a espaldas nuestras, acuerdos que sólo
benefician al negocio de la acumulación, del poder y el dinero sin límites. Como se
cantaba en las calles, con acentos diversos (algunos francamente divertidos), pero con
firmeza y con mucha esperanza, ¡¡¡SÍ SE PUEDE, SÍ SE PUEDE!!!
Isabel Bermejo