Pablo Navarro
Tras su rápida expansión de los últimos años, todo parece indicar que el fenómeno Internet se ha asentado firmemente en la sociedad española. Internet no sólo se ha ganado una presencia casi cotidiana en los medios; también comienza a suscitar en nuestro país reflexiones teóricas (Echeverría, J., 1995; Castells, M., 1997) que intentan calibrar las repercusiones sociales del fenómeno. Unas repercusiones llamadas a cobrar, con toda probabilidad, una envergadura difícil de exagerar, y que ya han originado en otros lugares sobre todo en el país que ha sido el epicentro del fenómeno, los Estados Unidos una considerable literatura sociológica (Harasim, L. M., 1993; Rheingold, H., 1993; Wellman, B., y otros, 1996).
Tal vez no haya llegado aún el momento de realizar un examen sociológico detallado y riguroso del fenómeno Internet, al menos en España. La evidencia empírica que debiera sustentar tal examen es todavía demasiado escasa. Pero sí parece posible abordar el hecho que nos ocupa a través de una reflexión de índole más general, capaz de interpretar el fenómeno a la luz de algunos conceptos sociológicos claves. Se trataría, en este sentido, de hacer un esfuerzo por elevarse desde el plano puramente descriptivo a un nivel de análisis de más largo alcance, que nos permita atisbar la dirección de los cambios sociales que Internet sin duda va a traer consigo.
1. Internet como medio de comunicación.
Internet tiene una historia tan reciente, y evoluciona con tal celeridad, que resulta difícil captar con nitidez su imagen. Se ha definido Internet como la Red: su accesibilidad desde cualquier tipo de ordenador, y su condición abierta fundada en el uso de protocolos de dominio público, le ha permitido, en efecto, constituirse en una red potencialmente integradora de todas las demás redes informáticas, y de dimensiones genuinamente planetarias.
Pero Internet no es solamente una red de redes; es también un medio de medios, una gran "autopista de la información" que se está convirtiendo en el auténtico espinazo de la comunicación mundial. Por esa autopista pueden circular todo tipo de mensajes susceptibles de digitalización: texto, imágenes (estáticas y en movimiento), sonidos... Esta es la razón por la que Internet parece destinada a ser, cada vez más, no solamente la Red, sino también el Medio. Un medio multimodal capaz de incluir toda clase de formatos comunicativos con una importantísima excepción, evidentemente: la comunicación en presencia física, real e inmediata, de los sujetos que comunican.
Internet es una plataforma tecnológica capacitada para resolver, con una eficacia previamente desconocida, los cuatro problemas técnicos básicos que ha de hacer frente cualquier medio de comunicación. En primer lugar, el problema de la extensión el alcance mayor o menor de la comunicación que el medio posibilita. Segundo, el problema de la intensión el contenido modal más o menos rico y diversificado de la información que el medio en cuestión puede comunicar. En tercer lugar, el problema de la conectividad: la capacidad de conexión más o menos restringida entre los nodos de la red comunicacional vertebrada por ese medio. Y, por último, el problema del tempo: la dilación mayor o menor que existe entre la producción originaria de la información y su efectiva comunicación a través de tal medio.
Los distintos medios de comunicación inventados a lo largo de la historia han visto fuertemente mermada su eficacia por alguno al menos de los cuatro problemas técnicos aludidos. Así, la escritura ha tenido graves dificultades de extensibilidad no resultaba accesible a gran escala, al menos hasta la invención de la imprenta. Los medios impresos -periódicos, por ejemplo han estado limitados intensionalmente al no poder transmitir determinados modos o tipos de contenidos, como imágenes en movimiento y sonidos. La televisión, eminentemente extensible y rica en sus modos de contenido, resulta fuertemente deficiente en el aspecto de la conectividad, pues no permite más que una relación unidireccional entre el emisor y los receptores. Mientras que un medio dotado de una alta conectividad, como el teléfono clásico, se ha visto muy limitado desde un punto de vista intensional.
Internet parece capaz de superar para siempre ese cuádruple cuello de botella tecnológico -extensional, intensional, conectivo y temporal que han padecido en mayor o menor medida los medios de comunicación anteriores. Pues la Red ofrece ya o lo hará en un futuro cercano unas posibilidades de extensión en principio ilimitadas a un coste reducido y rápidamente decreciente; una versatilidad multimodal inigualable en lo que toca a sus contenidos; una conectividad total e inmediata entre sus nodos; y la capacidad de vehicular comunicaciones a escala planetaria en tiempo real.
A diferencia de lo que ocurre con los medios de comunicación de masas tradicionales prensa, radio, televisión-, la Red permite, en efecto, una conectividad completa entre sus nodos: cualquier ordenador conectado a la Red puede ser alternativamente cliente y servidor de puede recibir y emitir información multimodal hacia cualquier otro ordenador de la Red. Por otra parte, es cierto que el supuesto funcionamiento "en tiempo realÓ de Internet puede sonar a sarcasmo a quienes padecemos sus actuales atascos. Mas todo indica que este problema no va a ser eterno, y que más pronto que tarde la Red dispondrá de un ancho de banda suficiente para poder satisfacer holgadamente la demanda.
Extensibilidad casi ilimitada, amplísimo espectro intensional de contenidos, conectividad potencialmente total, y funcionamiento en tiempo real, son los cuatro rasgos básicos que cualifican a Internet como un medio de comunicación de un alcance y una flexibilidad muy superiores a las de cualquier otro hasta ahora inventado.
2. Internet como dispositivo de interacción social.
Pero considerar Internet simplemente como un instrumento de comunicación podría resultar desorientador. Podría llevarnos a entender el fenómeno en términos exclusivamente tecnológicos, o demasiado abstractos, cuando, como ya se ha sugerido, la Red es ante todo un fenómeno social. Los medios de comunicación, cualquiera que sea la tecnología que los sustenta, sólo existen como tales cuando se encarnan en un determinado tejido social. Y este tejido adopta esos medios de manera selectiva, desarrollando algunas de sus posibilidades e ignorando otras. De forma que cualquier análisis de las potencialidades de un medio de comunicación resulta incompleto sin un examen de las condiciones sociales en las que esas potencialidades van a tener ocasión o no de realizarse.
A veces se tiende a olvidar que todo hecho comunicativo involucra, en definitiva, sujetos que comunican, y que a través de esa comunicación interactúan. Y este olvido suele tener como consecuencia una visión ciertamente limitada del fenómeno comunicativo. Así, para algunos lo esencial de la comunicación reside en los contenidos semánticos que transmite. Otros afirman que, por el contrario, lo decisivo es el tipo de medio que sostiene la comunicación, o el código que le es propio. Hay quienes piensan que lo que define en primer lugar el fenómeno comunicativo son las capacidades de codificación y descodificación del emisor y el receptor de los correspondientes mensajes. Y no faltan quienes conceden la mayor importancia a la topología (la forma de conectividad) de la red comunicacional. Todos estos enfoques son parcialmente correctos, pues iluminan otros tantas facetas, bien reales, del hecho de la comunicación.
Mas cuando se adopta un punto de vista sociológico, conviene subrayar un aspecto con frecuencia desatendido en las reflexiones de los comunicólogos: el del tipo de interacción que se realiza en la comunicación, o de la que el hecho comunicativo se constituye en mediador.
Contemplada desde esta perspectiva, Internet no se nos muestra simplemente como un sistema de comunicación en abstracto, sino que se nos revela, en concreto, como un elaborado dispositivo de interacción social puesto en manos de una determinada sociedad. Un dispositivo de interacción de una complejidad y potencia inéditas, incomparablemente mayores que las de cualquier otro dispositivo de interacción previamente conocido.
De hecho, Internet parece ser, potencialmente gracias a sus virtualidades como medio de comunicación, arriba señaladas, un medio de interacción universal. Con Internet podemos interactuar prácticamente de todas las formas concebibles con la excepción, anteriormente aludida, de la interacción física inmediata. La Red nos permite practicar, desde ese simulacro electrónico de la interacción cara a cara que es la videoconferencia, a formas de interacción complejamente transintencionales y casi completamente opacas para los agentes involucrados. Formas instrumentadas por artilugios como los llamados "motores de búsqueda", mecanismos capaces de realizar una recopilación, recombinación y redistribución automática y exhaustiva de la información presente en la Red. Asimismo, Internet nos faculta para interactuar, de manera virtualmente directa, con cualquiera que esté integrado en la Red, a escala planetaria y posiblemente en tiempo real.
Esto entraña un cambio radical en la topología del espacio social, tal y como ha existido hasta el momento. Y sería inverosímil que un cambio de tal magnitud pudiera darse sin tener consecuencias decisivas para la vida social en su conjunto. Pero pongamos el asunto en perspectiva.
3. La interacción natural humana y sus límites.
La interacción y, por consiguiente, la comunicación humana, cuentan con un formato natural, congénito a la especie y siempre disponible, que es la ya aludida "interacción cara a cara". Se trata de la interacción en presencia física real e inmediata de los agentes interactuantes. Es éste un formato interactivo y comunicativo extraordinariamente rico: sintetiza la información que aportan nuestros diversos canales sensoriales; la vista, el oído, incluso el tacto y el olfato. Combina códigos lingüísticos el verbal y el gestual, fundamentalmente distintos, pero que suelen actuar de manera finamente acoplada.
Empero, esa riqueza y flexibilidad comunicacional que caracteriza la interacción cara a cara se da acompañada de dos claros puntos débiles: la escasa extensibilidad y, como consecuencia, la limitadísima conectividad de tal formato interactivo.
La interacción cara a cara es insuperablemente flexible, llena de matices y eminentemente "user-friendly". Mas está totalmente restringida por las constricciones espacio-temporales del mundo físico en el que los humanos, como animales que somos, estamos naturalmente enclavados. Sólo podemos interactuar cara a cara con unas pocas personas a la vez, y el número de los agentes con quienes somos capaces de mantener una interacción regular de este tipo es relativamente pequeño -tal vez unos cuantos centenares de personas. De ahí que la extensibilidad y la capacidad de conexión interactiva de la comunicación cara a cara sea realmente débil. A través de este formato no podemos interactuar miles de personas a la vez, ni pueden interactuar agentes distantes espacialmente más de unos cientos de metros, o que no comparten un mismo presente temporal.
Estas obvias limitaciones de la interacción/comunicación cara a cara ha sido una de las causas más importantes del escaso desarrollo experimentado por las sociedades humanas durante buena parte de la vida de nuestra especie hasta la revolución neolítica, por lo menos. Una sociedad humana basada exclusivamente en interacciones cara a cara no dispone de dispositivos interactivos o, si se prefiere, de medios de comunicación capaces de vertebrar su desarrollo mucho más allá del nivel de la comunidad aldeana.
Para que nuestra especie haya podido desarrollar su sociabilidad potencial en formas nuevas, generando estructuras sociales más amplias y complejas, ha sido preciso que se inventen y difundan dispositivos de interacción no naturales distintos de la mera interacción cara a cara. Éstos artefactos interactivos fruto de la inventiva humana, carecen de la gracilidad y la transparencia típicas de nuestra interfaz comunicativa natural. Pero, en cambio, son capaces de establecer lazos entre agentes imposibles de vincular simplemente a través de interacciones cara a cara. Tales dispositivos artificiales de interacción la escritura o el dinero, por ejemplo disponen, en general, de un grado de conectividad social mucho mayor que el de nuestra interfaz interactiva originaria.
4. La emergencia histórica de mecanismos virtuales de interacción.
Los dispositivos artificiales de interacción que el ser humano ha puesto en pie a partir de la revolución neolítica y el surgimiento de la primeras civilizaciones, tiene un rasgo común: todos ellos posibilitan modos diversos de lo que podría denominarse interacción virtual. Aclaremos el concepto. La forma de interacción originaria de nuestra especie, la interacción cara a cara, es una interacción real, en acto. Por el contrario, los dispositivos artificiales de interacción cuyo desarrollo coincide con el avance mismo de la civilización posibilitan todos ellos distintos tipos de interacción en potencia, o, si se quiere, de interacción virtual.
Tomemos como ejemplo la escritura, uno de los dispositivos artificiales de interacción más decisivos. Cuando un escritor escribe una novela, no está interactuando realmente, o, mejor dicho, "en acto", con los posibles lectores de esa novela. Pero es evidente que está interactuando virtualmente con todos esos lectores potenciales. (Lo virtual es aquello que no es real, pero genera, en cierto modo, los efectos de lo real). Algo parecido ocurre cuando un parlamento redacta una ley. Esa ley, desde el momento de su promulgación e incluso antes, está ya interactuando, virtualmente, con todos los posibles infractores de la misma.
Cuando se habla de interacciones virtuales, nos estamos refiriendo pues a interacciones entre agentes que no actúan ni se controlan mutuamente en presencia inmediata los unos de los otros, sino que se relacionan de manera indirecta, intermediada justamente por algún dispositivo artificial de interacción.
Los dispositivos de interacción virtual desarticulan la topología interactiva "naturalÓ del medio social humano, y separan en el espacio y en el tiempo las acciones respectivas de los agentes interactuantes. Estas acciones, en cierto modo, se "deslocalizan": acciones físicamente contiguas dejan de estar relacionadas, y acciones alejadas en el espacio o en el tiempo se convierten en instrumento de espectrales interacciones "a distancia".
Esa desarticulación espacio-temporal de las acciones humanas, que pasan a tener carácter interactivo sólo de forma incoada de manera que pueden postularse como interacciones efectivas, pero no siempre realizarse como tales, entraña un cierto desacoplamiento intencional de las mismas. Las interacciones mediadas por dispositivos de interacción virtual no suelen presuponer, como la interacción social cara a cara, una comprensión común de la situación y de las intenciones respectivas de los agentes no entrañan la existencia de un holograma social, como lo he denominado en otro lugar (Navarro, P., 1994).
El establecimiento de mecanismos de interacción virtual implica así la proliferación de interacciones no controladas intencionalmente como tales, y cuya misma existencia resulta en buena medida opaca para los agentes por ellas conectados. El mercado y su dispositivo de interacción básico, el dinero, tal vez ejemplifique como ninguna otra realidad esta noción de interacción social virtual, no intencionalmente controlada, opaca.
Desde el punto de vista que aquí se sugiere, el entero proceso de la civilización habría dependido de la implantación de mecanismos de interacción virtual en el sentido apuntado cada vez más potentes. El desarrollo de estos mecanismos ha sido el factor directamente responsable del incremento casi explosivo que ha experimentado la conectividad social de las sociedades modernas.
5. Internet como dispositivo de interacción virtual.
Cuando se reflexiona sobre el fenómeno Internet desde este marco conceptual, parece imponerse la conclusión de que tal fenómeno entraña un salto cualitativo en ese proceso de "virtualización" de la vida social que ha dado origen a la sociedad planetaria actual. La Red es, en cierto modo, esa virtualización hecha consciente y llevada a su extremo al menos por ahora.
Como ya se ha sugerido, Internet es un medio multimodal, que prácticamente incluye todos los formatos interactivos inventados hasta la fecha. Por eso, los grados y formas de "virtualidad" de la Red como medio de interacción son muy diversos. No es lo mismo una videoconferencia, que no pasa de ser un remedo de la interacción natural cara a cara, que otras formas mucho más indirectas y virtuales de interacción. Por ejemplo, las que vienen mediadas por los motores de búsqueda, o por otros programas de procesamiento de información cada vez más sofisticados. Son estos últimos dispositivos de interacción los que presentan un interés teórico mayor. Pues es en ellos donde podemos detectar con claridad una transformación radical de los términos tradicionales de la interacción.
Por medio de esos dispositivos, la Red permite interactuar a través de una fragmentación y recombinación casi infinita de la información presente en la misma. La interacción se produce, en ese contexto, a través de una trituración exhaustiva del sentido originariamente adscrito a tal información y de una ulterior recomposición, en buena medida aleatoria, de ese sentido. Apenas se ha iniciado el estudio de les repercusiones que pueda tener este fenómeno. Unas repercusiones que, tal vez, podrían ser tan importantes como las que tuvo la aparición del dinero en la esfera de las relaciones económicas.
La aparición del dinero generó una brecha irreparable entre el valor de uso de los bienes y su valor de cambio, convirtiendo éste último en un ente autónomo, en un referente espectral de las acciones de los sujetos y en un difusor insuperable de opacidad social. El dinero personifica y realiza la casi infinita combinatoria de los posibles intercambios entre todos los bienes del mercado, y su sentido se agota en ese constituirse como puro índice de esa combinatoria. De forma análoga, la información puesta en la Red, en la medida en que resulta triturada por, y accedida a través de, las diversas máquinas de búsqueda y clasificación, pierde de forma casi irrecuperable su "valor de sentido" siempre contextual. Así, esa información deviene puro elemento sintáctico coocurrente con otros elementos, en una combinatoria que sólo puede describirse en términos estadísticos. El viejo "valor de sentido" del texto queda de esta forma desconectado de su sustento semántico-pragmático, y los valores que arroja la pura combinatoria de su forma verbal pasan a convertirse en referente dominante del valor comunicacional.
REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS
CASTELLS, Manuel, 1997, La era de la información: Economía, sociedad y cultura. Volumen I: La sociedad red, Madrid, Alianza Editorial.
ECHEVERRÍA, Javier, 1995, Cosmopolitas domésticos, Barcelona, Anagrama.
HARASIM, Linda M., 1993, Global Networks: Computers and International Communication, Cambridge, MA, The MIT Press.
NAVARRO, Pablo, 1994, El holograma social: Una ontología de la socialidad humana, Madrid, Siglo XXI.
RHEINGOLD, Howard, 1993, The Virtual Community: Homesteading on the Electronic Frontier, Reading, MA, Addison-Wesley. También en http://kafka.uvic.ca/~svanmoss/FA345/Virtual.Community.HTML
WELLMAN, Barry, y otros, 1996, "Computer Networks as Social Networks: Collaborative Work, Telework, and Virtual CommunityÓ, Annual Review of Sociology, 22: 213-38.