Durante los últimos 40 años
no he dormido dos noches en el mismo sitio. Las aguas estancas del oasis
de Hassi NehaRa, devuelven el reflejo de una cara ajada por el clima de
los cinco continentes. Bajo esta noche estrellada, en el desierto del Sáhara,
no recuerdo el nombre de los lugares en los que he mal gastado mi vida.
Mi vida, es la historia de una búsqueda obsesiva, ahora varado y
medio muerto en estas arenas, al fin comprendo que durante todos estos años
sólo he perseguido una quimera. De norte a sur de sur a norte, siempre
hacia el oeste, como un trémulo despojo al capricho de todos los
vientos.
La historia de mi vida, que es la historia de una búsqueda, comenzó
un verano caluroso de hace cuarenta años, en un pueblo de montaña,
allá en la lejana Galicia.
Me parece estar viendo a la vieja Casilda entrar gritando en nuestra cocina.
- En la era están los santos. Ave María Purísima, han
bajado del cielo los santos.
Mi madre se acercó a Casilda, que no paraba de resoplar y mover los
brazos como un Nicanor enajenado.
- Pero Casilda, ¿qué santos dices?
- Los de la iglesia. Todos los ángeles. Están los Santos y
los ángeles en la era.
Y la mujer igual que entró, salió; corriendo, haciéndose
cruces en el pecho y sin parar de gritar Ave María Purísima.
Todo el pueblo acudió a sus gritos, y nos fuimos todos tras ella
a la era. Pero al llegar sólo encontramos a Casilda de rodillas,
besando el suelo, sin rastro de ángeles ni de santos.
A Casilda la metieron en la cama y llamaron al médico. El borracho
Antuña, dijo en la cantina que a Casilda se le había metido
el sol en los sesos, que lo mejor en estos casos es guardar cama, y por
las mañanas temprano ponerse un vaso de agua fría en la cabeza,
para que poco a poco el agua absorba la insolación.
El siguiente que vio los santos fue Antón el cojo. Cuando todo el
pueblo dormía la siesta, nos despertaron los gritos de Antón,
que parecían venir de la Era, por los gritos que pegaba todos pensamos
que Antón se había caído de la pared de la Era y se
había roto la pierna buena.
- ¡Milagro, milagro! - voceaba Antón en mitad de la era, mientras
sin rastro de cojera pegaba grandes brincos, que a sus años eran
ya de por sí un milagro, aunque nunca hubiera estado cojo. - Fueron
los Santos. Y señaló al fondo de la era, justo donde una vieja
higuera dejaba acariciar sus ramas por la tenue brisa del mediodía.
Allí mismo todos los vimos, y fue verlos y caernos todos de rodillas
al suelo.
Y lo que vimos fue a un venerable anciano en una halo luminoso, ataviado
con una túnica púrpura finamente recamada con hilo de oro.
El anciano reposaba toda su senil majestad en un gran trono, que a simple
vista a unos les pareció de plata y a otros de oro, repujado con
delicadas figuras de animales que nunca habíamos visto antes, adornado
con toda la pedrería que uno podía imaginar, carbúnculos
ardientes, ópalos como soles de amarillo anaranjado, y diamantes
de brillo cegador. El viejo santo entretenía sus arrugados dedos
entre los rizos de su barba blanca, ajeno a la admiración que despertaba
en cada uno de nosotros el más mínimo de sus gestos. De la
nada y ante una exclamación general de asombro, surgió una
joven con un vestido de gasa azul celeste, que modesto contrastaba con las
lujosas vestiduras talares del viejo santo. Sobre los hombros de la joven,
caía una melena endrina de brillos azulados, tan salvaje que se notaba
que el uso diligente del peine no podía aplacar su natural tendencia
a rizarse.
Era la mujer más bella que yo había visto nunca, su piel era
del color de la tierra recién removida, como el de algunas mujeres
trigueñas del sur. Traía la joven en sus manos una bandeja
de plata reluciente, con una jarra y un vaso también de plata. Los
que estaban arrodillados más cerca de las imágenes, contaron
que el vaso y la jarra estaban trabajosamente labrados, con toda meticulosidad
de detalles; que su artista no desmerecía en nada al artista que
había labrado el trono, o puede que los dos fueran el mismo hombre.
El viejo se sirvió parsimonioso el vaso, y pegó un trago profundo
que nos dio sed a todos. Una vez terminó de beber y hubo devuelto
el vaso a la bandeja, la joven dio media vuelta y desapareció tan
súbitamente como había aparecido. Al poco tiempo el viejo
y el trono también se evaporaron, delante de nuestras narices, sin
dejar rastro.
Alguien fue a avisar a doña Casilda, a decirle que se quitara el
vaso de agua fría de la cabeza, no fuera a coger un catarro, que
el sol no le había entrado en los sesos. Que a los santos los acababan
de ver todo el pueblo, hasta el mismo don Pío el cura; había
dicho que el sentado era San Pedro, en cambio se dudaba si la joven de la
bandeja era Santa Brígida o la Virgen de Regla.
Todos los días a la misma hora se repetía la misma imagen
en la era, primero aparecía San Pedro en su trono celestial, al poco
Santa Brígida o la Virgen de Regla, que aún no se sabía
cuál de las dos era, acercaba la bandeja al Santo, éste daba
un sorbo al vaso de plata, luego la virgen o la santa daba media vuelta
y desaparecía, no tardaban mucho en seguirla San Pedro y su trono.
Así todos los días.
- Voy a mandar al obispo, que aquí en la era va a haber que construir
una Nueva Iglesia. Que por otra parte ya era hora. Don Pío se frotaba
las manos, entusiasmado con la idea de una nueva iglesia, y daba gracias
al cielo por haberle mandado a los santos.
Los mancos, cojos, y demás enfermos de todos los pueblos de la comarca,
comenzaron a venir en peregrinación a la Era, hasta trajeron al niño
ciego de Mouras, que cuando llegó a la Era venía completametne
ciego, y al marcharse se fue igual de ciego pero con una pierna machacada
por culpa de la burra de Onofre. - Cualquier día tiro esta burra
al río - se excusaba el bueno de Onofre.
Los que conocían el mal genio de la burra de Onofre, admitieron que
el niño ciego de Mouras tuvo suerte, que por el mismo precio que
le machacó la pierna, aquella burra loca pudo darle un mordisco en
la cabeza y desgraciarlo de por vida.
No se sabe si fue por miedo a la burra, o por que nadie se curaba, que los
lisiados pronto dejaron de acudir a la Era.
Pero fue el maestro, y no la burra de Onofre, quien acabó definitivamente
con el fervor de los santos. El maestro, como antes de dar una de sus clases,
carraspeó, dejó que sus gafas de pasta resbalasen por la nariz
y procedió a ilustrar a los presentes:
- Estos no son santos.
Todos quedaron boquiabiertos ante tamaña blasfemia.
- Esto no es otra cosa que un espejismo.
Casilda como había sido la primera que vio a los Santos se sintió
especialmente ofendida.
- Qué espejos ni qué leches. Mire, Señor Maestro, póngase
los anteojos y mire ¿No los ve?
El maestro con un tono entre pedagógico y paternal respondió
Casilda:
- Si, Casilda, los veo, pero el espejismo es precisamente eso. Un efecto
óptico debido al sol, que nos hace ver cosas que no están
o que están a muchos kilómetros de aquí, y nos hace
verlas como si estuvieran al lado nuestro.
- ¿Y lo de la pierna? - Replicó Antón el cojo, que
desde que había visto a los Santos ya no era cojo.
- Eso ¿Y lo de la pierna de Antón? - Coreamos todos al mismo
tiempo.
El maestro carraspeó por segunda vez, y nos miró a todos con
una sonrisa afable y comprensiva. Aquello significaba sin duda que el maestro
también conocía la respuesta.
- Lo de Antón es un claro caso de curación psicológica.
Sentenció el Maestro sin mudar la sonrisa de la cara, después
se quedó en silencio como si aguardara una gran ovación tras
su clase triunfal, pero tan desilusionados estábamos que a nadie
se le ocurrió aplaudir.
Se habló largo tiempo en el pueblo del Efecto óptico y de
la curación psicológica del cojo Antón, nadie sabía
a ciencia cierta lo que era un efecto óptico, y mucho menos una curación
psicológica. Pero sonar sonaba como algo realmente terrible, y si
el Maestro decía que no eran santos, pues no eran santos, que para
algo había estudiado el señor Maestro.
Don Pío el cura no volvió a bajar a la era, ni mandó
llamar al Obispo. Cuando se le preguntó por la nueva iglesia, se
santiguó, miró al cielo meneando la cabeza y respondió
con el gesto resignado:
- Otra vez será, que los caminos del Señor son insondables.
Después Don Pío resopló por dentro, pero muy para dentro
- ay, Señor, Señor - y meditabundo continuó el camino
sin ni siquiera despedirse, muy al revés de lo que tenía por
costumbre.
Un par de días después de que el Maestro diera su clase en
la Era, Antón el cojo volvió a cojear, y ya cojeó toda
su vida hasta que murió dos años después de una gripe
mal curada. Afortunadamente dos niños que jugaban en el camino, encontraron
el cayado que Antón había arrojado al sentir la pierna sana.
Y al menos a Antón le quedó el consuelo de recuperar su viejo
cayado, pues el cayado era de buena vara de fresno, bien torneado, y hubiera
sido un apena que se hubiera perdido. Eso sin contar que el cojo estaba
familiarizado con su empuñadura, y ya no le levantaba callos, que
si el bastón hubiera sido nuevo, los primeros días por fuerza
le habría abrasado la mano.
Apoyado en aquel bastón recién recuperado, el cojo se resignaba
como Job.
- Lo que Dios te da, Dios te lo quita.
Pero dicen las malas lenguas, que aquello era de boca para fuera, que Antón
el cojo murió ateo, que nunca perdonó que los Santos le devolvieran
la cojera.
Casilda se encerró en su casa y no volvió a salir nunca, pero
lo de Casilda no fue por culpa de los Santos, sino de su hijo mayor que
tenía poco de Santo y mucho de golfo. La pobre mujer pasó
tanta vergüenza por el escándalo del cornudo Mateo, que nunca
más se atrevió a salir del corral de su casa, y hasta a las
gallinas las alimentaba de noche para que nadie la viera.
Pocos volvieron a la Era a mirar los Santos, la gente incluso cogió
miedo a la Era, seguían sin entender aquello que había explicado
el profesor sobre el efecto óptico, y no volvían porque como
es sabido lo que no entendemos nos acaba asustando. Por otra parte en el
pueblo se dejó de hablar de los Santos. Desde que lo habían
encontrado colgado de un roble, ya sólo se hablaba del cornudo Mateo.
Don Pío mandó cortar el árbol y enterrar a mateo en
el monte. La misma noche no faltó quien dijo haber visto a Mateo
llamando a las puertas del cementerio. Pero cuando más se habló
del asunto fue cuando la viuda de Mateo y el mayor de los hijos de Casilda
se marcharon juntos del pueblo. De noche y para América, según
la mayoría de los rumores que corrieron. Fue entonces cuando Casilda
se encerró en su casa para siempre.
Sólo yo continuaba acudiendo puntualmente a la cita con los Santos,
yo y una niña desdentada y pecosa, que era hija de los arrendados
de la casa de soto. Aquella niña me seguía a todas partes,
como una segunda sombra, desde el mismo día en que aprendió
a andar. A lo largo de estos años, muchas veces me he preguntado
por la suerte de la Desdentada, pues tengo la certeza de que si no me hubiera
ido habría terminado casándome con ella.
Todos los días, a mediodía iba a ver a los Santos. Dios me
perdone, pero a quien yo realmente iba a ver, era a Santa Brígida
o la Virgen de Regla, que nunca se supo cual de las dos era la joven preciosa
del vestido azul celeste y piel morena, que todos los días a la misma
hora aparecía en la Era, para traer aquella bandeja bien bruñida,
y servir el sempiterno trago al viejo San Pedro.
Los breves instantes en que la joven aparecía, servía aquel
vaso e imponderablemente se esfumaba, eran para mí los momentos más
preciosos.
La escena calcada de un día para otro, se me fue revelando diferente
en pequeños detalles, probablemente fuera todo fruto de mi imaginación,
pues la escena con toda seguridad siempre era la misma, pero yo comencé
a verla distinta. Una vez creí ver uno de los tirantes del vestido
más caído de lo normal, me pareció descubrir el hombro
de la joven casi desnudo; otro día una suave racha de viento me hizo
intuir el secreto de sus senos, ese mismo día tuve la sensación
de que San Pedro me miraba de reojo, todavía me acuerdo de lo mal
que yo me sentí bajo aquella mirada inquisidora, era como si el Santo
me hubiera descubierto en pleno pecado carnal, si no por acción al
menos por contemplación. Pero lo que mejor recuerdo de mis visitas
a la Era, fue la vez que al pasar a mi lado creí ver que me sonreía.
Santa Brígida o la Virgen de Regla, que tanto da, no tuvo suficiente
con aparecer todos los días en la Era, que también comenzó
a aparecérseme todas las noches en los sueños. Y es curioso
porque en mis sueños hacía exactamente lo mismo que en la
Era, traer la bandeja y servir a San Pedro.
Así fue como me enamoré de una extraña, que según
el maestro existía, pero muy lejos.
Cuando cesaron los días soleados y llegó el nublado, desaparecieron
los espejismos de la Era y nunca más se supo de ellos, pero Santa
Brígida o la Virgen de Regla siguió visitándome por
las noches, y dentro de mí fueron creciendo las ganas de encontrar
a la mujer de melena leonina y piel morena. De esta manera nació
la obsesión que alimenta esta búsqueda, que ya se prolonga
durante cuarenta años.
Ahora varado en estas arenas, en plena tierra de espejismos, por fin comprendo
que toda mi vida ha sido la búsqueda de una quimera, pero sé
que esta noche soñaré como todas las noches de estos últimos
cuarenta años, con una mujer de tez oscura que porta en sus manos
una bandeja de plata. Y mañana cuando despierte seguiré camino
en su busca.
CARLOS ARIAS CANCIO
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