DEL AMOR, DEL SEXO Y TARDES TRISTES
Será la luz gris y cielo plomizo que presenta la ciudad de Gijón. Será que es verano y no veo el sol. Tal vez absorba el frenesí de nervios y alegrías de los estudiantes en sus últimos exámenes. O quién sabe, el agradable placer visual proporcionado por piernas y brazos desnudos, escotes de infarto y olor a bronceador. También pienso en las inevitables conversaciones captadas al descuido sobre planes de vacaciones, de viajes al extranjero, de fiestas en el pueblo, viajar, huir, cambiar, vivir. Será por eso por lo que hoy me siento pésimo. Me invade un desánimo de ocho coma ocho en la escala de Richer.
Hoy tengo que escribir un cuento. Un cuento que será leído, junto con los demás, en público, para entre todos reírnos de nuestras gracias literarias. Qué bien. Es estupendo contar con la terapia de grupo vía escritura. Vuelque sus traumas, fobias, filias y fantasmas en un papel, desahóguese sin pudor, los oyentes son amigos, quítele hierro a la depresión, y cuando se le escape una lágrima íntima cuando lo lea, disimule y diga que todo va bien, que la conjuntivitis le está matando y todo es fenomenal y la vida es maravillosa, y que eres joven y que te vas a comer el mundo y la puta que lo parió. Una vez que ya he hecho el precalentamiento neuronal de dedos, ya estoy preparado para escribir. Hay que poner al principio, en medio o al final, la frase "donde las piedras son dioses". Allá voy. El principio de este relato salda la deuda de hace una semana.
Riendo amaneció el día al contemplar cuando levanté la manta y eché un vistazo hacia mi centro gravitacional un estupendo y saludable priapismo matutino, sin saber muy bien su procedencia, queriendo pensar que había sido por un sueño erótico, aunque a fuerza de ser sincero se debía a la presión de la vejiga en mi próstata fruto de la orina acumulada en mis horas de sueño. A esa hora la actividad de la planta del hospital se deducía por el ruido de los carritos de la comida, y los zuecos de las enfermeras. Tenía que ir al servicio pero no podía. La voluptuosa enfermera que me atendió la noche anterior me dijo antes de dormirme que a las ocho de la mañana me pondría la cuñita. Cuñita, dijo cuñita, que suena a coñito y yo no sé si se estaba insinuando, porque yo había visto muchas películas de Pajares y Esteso, que jugaban con el morbo de los hospitalesy las enfermeras ingenuas y buenísimas que se enrollaban con los pacientes. En fin, que cuando me dijo cuñita me quedé alelado por unos instantes y la enfermera, Concha, se llamaba me dio un beso, pero no un beso formal de cuidador a paciente, sino perversamente maternal, posando con lentitud sus labios mullidos y rojos de carmín en mi mejilla. "Que pases buena noche, corazón", me dijo, mientras pegaba sus firmes senos en mi pecho desnudo. Pude sentir sus turgentes pezones clavándose en los míos. Fue un placer sublime después de tantos días de convalecencia. Dios había venido a visitarme en forma de ángel, con sexo. Aquellos senos celestiales sin más celda que una camisa fina de lino con pequeñas inscripciones azules que decían INSALUD. "Lo que tú digas" farfullé al tiempo que un hilillo de baba descendía por la comisura de mis labios. La vi alejarse moviendo un culo caribeño, marcado sutilmente con las líneas de su ropa interior. Aquella enfermera era el paraíso soñado. Debí soñar con Concha pero no me acordaba. Así estaba, meándome esperando a que Concha me pusiera la cuñita, o a que me pusiera la cuña Conchita, cualquiera de las dos valía. No podía moverme de la cama pero no estaba muerto, pensé, cuando contemplaba mi priapismo con orgullo de macho ibérico, y mi mente calenturienta imaginaba una y otra vez la cara de asombro que iba a poner Concha cuando viniera a la habitación. Como un vendaval Concha entró en la habitación, abriendo la puerta con tanto vuelo que despeinó tres de los cuatro pelos que me quedaban. Saludó sin mirarme, inspeccionó los goteros, la carpeta de mi historial en el borde de mi cama, y el cuarto de baño. Como un niño pícaro que espera su gran momento dije, "me meo, Concha". Se dirigió hacia mí con la cuña en la mano, levantó la manta, dejando aún la sábana que me cubría y me espetó: "corazón, ¿llevas pistola o te alegras de verme?" Yo sonreí, y quitándome la sábana, apostillé con sorna "nunca la viste tan gorda". Pueden imaginarse cómo acabó la escena. Es decir, con jadeos, quejidos, amagos de desmayo, sudores, gusto de saliva caliente en la boca y por supuesto la cuña en el suelo y vacía y Concha desnuda y en mi cama. Éramos Dionisio y Afrodita espantando a Tánatos a golpes de riñón.
Concha y yo llevamos cinco años viviendo juntos. A veces me da por pensar, cuando está en el turno de noche, si trata a los pacientes con la misma entrega que me dispensó a mí, pero ella dice que no y yo, qué voy a hacer, sino creerla, porque un ángel con sexo como ella nunca miente. Ya ven, todo se debió a unos cálculos de riñón. Para que luego digan que no hay mal que por bien no venga. De recuerdo los tengo en una cajita de plata, y cuando nos ponemos nostálgicos, Concha abre la caja y me dice susurrándome al oído melosa, "corazón, te quiero como estas piedras que tengo entre mis manos te quisieron, te quiero dentro, donde estas piedras son dioses, que todo lo pueden, que nunca mueren, te quiero en el infinito universo de mi existencia, corazón, te quiero dentro".
Ya está, hasta aquí la gracia literaria, ahora caras de sorpresa, risas, indiferencia, y tocará el turno de lectura al siguiente. Yo he inventado dos personajes que se quieren, les he dejado en la cama diciéndose cosas bonitas, y yo, me pregunto en esta puta tarde de verano gijonés, "¿qué nos quedaría en la vida si no tuviéramos la certeza de un amor? Sin ánimo de ponerme trascendental y plagiando el estilo de Herminio sólo me queda decir, bienaventurados los enamorados del amor porque ellos sabrán disfrutar de la vida y contagiarán al mundo de sabiduría.

Reseña autobiográfica del autor:
Miguel Fernández Ollero: "Diletante de la vida"


CENA A CIEGAS

Uno de esos extraños días libres que Gertru tenia en la multinacional en la que trabajaba, se puso a pensar, un ejercicio no muy recomendable para alguien con el tiempo cronometrado al segundo. 'Echando cuentas se encontró con que el calendario acechaba, sobre un medio siglo que se le venia encima; se miro al espejo y las carnes abundaban con una irresistible atracción al suelo, ya nadie la llamaba Gertrú, ni siquiera su madre, sino ese
marujil sonido de Gertrudis, e incluso algunos imberbes compañeros de trabajo entonaban un horroroso 'Doña Gertrudis. Aquella noche sintió mas Que nunca la soledad entre las sabanas, e incluso para su sorpresa llego a añorar al último de sus amantes, un agente de seguros que hablaba de la bolsa como si de un broker se tratará, vestía traje de Adolfo Domínguez, utilizaba imitación a rolex chapado en oro, todo ello a costa de su dinero ya que el de los seguros no llegaba a nivel de subsidio de desempleo.

A falta de tiempo, de que ya no era siquiera una madura atrayente, de que el arte de la seducción lo guardaba en el baúl de los recuerdos y de una cierta desesperación le ronroneaba por la cabeza, se decidió a buscar en uno de esos avisos clasificados del periódico para buscar pareja. Después de varias
consultas, se decidió por una de ellas; deshecho empresarios, representantes, consultores y otros individuos de "vida resuelta" apuntándose a la aventura. El elegido se ganaba la vida entrenando perros para ciegos, hacía poesía visual y perfomance, le gustaba la música new age y había ido como voluntario a construir escuelas en Guatemala donde una bala perdida le rozo una oreja. Impaciente y práctica, así como inexperta en citas a ciegas, se
ahorro el preliminar de un primer contacto exploratorio y lo invitó a cenar directamente antes de verlo. Ella esperaba una versión madura del Che Guevara, se encontró con que le llegó un ser producto de mezcla entre Vincent Van Gohg y Tolouse-Lautrec. No es que tuviese grandes exigencias, pero aquel
individuo con pelos color zanahoria, ojos saltones, el rostro que parecía un volcán de grietas abiertas y un cuerpo desajustado, era peor de lo imaginado en sus solitarias pesadillas. Pero él ya estaba allí y no era cosa de cerrarle la puerta en las narices por cuestión de una oreja más o menos. Había planeado luz de velas y unas lentas sambas de Brasil, pero no quiso provocar iniciativas indeseables en su huésped, de modo que encendió todas
las luces y colocó una composición de zumbido de viento y aullido de coyotes que tienden a producir un letargo hipnótico. Se saltó la copa de vino preliminar y otras cortesías de rigor, lo condujo directamente a la cocina dispuesta a preparar unos tallarines de última hora, alimentarlo a toda prisa y despedirlo antes de servir el postre. El hombre la siguió manso, sin dar muestras de desencanto, como quien está acostumbrado a recibir un trato más bien brusco, pero una vez en la cocina algo cambió en su actitud, respiró hondo inflando el pecho, se le enderezó el esqueleto y sus ojillos de liebre recorrieron todo, tomando posesión del terreno, conquistándolo.
-Permíteme, dijo y sin darle oportunidad a Gertru de contradecirlo, le quitó suavemente el delantal de las manos, se lo amarró en la propia cintura y la instaló en una silla.

-Veremos que hay por aquí, anunció mientras rescataba de la nevera los ingredientes que había decidido guardar y otros en los que ni había pensado.

Echó mano de ollas y sartenes como si hubiera nacido entre esas cuatro paredes. Con gracia y destrezas inesperadas hizo bailar los cuchillos partiendo verduras y mariscos para dorarlos con mano liviana en aceite de oliva, lanzó los tallarines al agua hirviendo y preparó en un abrir y cerrar de ojos una salsa traslucida de cilantro y limón, mientras le contaba sus aventuras en Centroamérica. En pocos minutos aquel hombrecillo patético se transformó: sus pelos de payaso adquirieron la fuerza viril de una melena de león y su aire de naufrago se convirtió en serena concentración, mezcla irresistible para una
mujer como Gertru. El aroma que surgía de la sartén y el borbóriteo de la olla empezaron a producir en ella una creciente anticipación, sintió que le corrían gotas de sudor por la espalda, empavándote la blusa, que se le humedecían los muslos y se le hacia agua la boca, al tiempo que descubría, sorprendida, las manos elegantes y las espaldas anchas de aquel hombre. Las heroicas anécdotas de Guatemala y de los perros para ciegos le llenaron los ojos de lágrimas; la oreja cortada adquirió para ella el valor de una condecoración de guerra y un deseo irresistible de acariciar la cicatriz la estremeció de la cabeza a los pies. Cuando colocó sobre la mesa una fuente con humeantes tallarines a la pescatore, como los llamó, ella suspiró vencida. Sacó de su escondite la botella de Oporto que pensaba reservar para otro candidato más meritorio, apagó la luz, encendió las velas y puso la samba lenta del Brasil.

Espérame un momento, exclamó con un ronroneo de gata, voy a ponerme algo más cómodo. Y regresó envuelta en tejido de seda negra trasparente.

PEDRO ANTONIO CURTO

EL TELÉFONO

Esta noche sonó el teléfono,
sonó como una súplica,
como un sollozo, como un lamento.
Esta noche llena de murmullos,
de silencios, de amantes, de perfumes,
de músicas sin alas, de luna llena
y de cielos infinitos,
sonó el teléfono.
Pero esta noche
no se juntaron los cuerpos,
y no se juntaron las almas,
no habrá susurros,
ni complicidad en la distancia.
Esta noche de amarguras infinitas,
y de luna pálida,
sólo se oirán los ladridos
de los perros.
Sólo se sentirá el frío
de las sábanas.
Esta noche lloró el teléfono.

 

ASUNCIÓN POSTIGO

 

EL DÍA QUE BAJARON LOS SANTOS A LA ERA
Durante los últimos 40 años no he dormido dos noches en el mismo sitio. Las aguas estancas del oasis de Hassi NehaRa, devuelven el reflejo de una cara ajada por el clima de los cinco continentes. Bajo esta noche estrellada, en el desierto del Sáhara, no recuerdo el nombre de los lugares en los que he mal gastado mi vida.
Mi vida, es la historia de una búsqueda obsesiva, ahora varado y medio muerto en estas arenas, al fin comprendo que durante todos estos años sólo he perseguido una quimera. De norte a sur de sur a norte, siempre hacia el oeste, como un trémulo despojo al capricho de todos los vientos.
La historia de mi vida, que es la historia de una búsqueda, comenzó un verano caluroso de hace cuarenta años, en un pueblo de montaña, allá en la lejana Galicia.
Me parece estar viendo a la vieja Casilda entrar gritando en nuestra cocina.
- En la era están los santos. Ave María Purísima, han bajado del cielo los santos.
Mi madre se acercó a Casilda, que no paraba de resoplar y mover los brazos como un Nicanor enajenado.
- Pero Casilda, ¿qué santos dices?
- Los de la iglesia. Todos los ángeles. Están los Santos y los ángeles en la era.
Y la mujer igual que entró, salió; corriendo, haciéndose cruces en el pecho y sin parar de gritar Ave María Purísima.
Todo el pueblo acudió a sus gritos, y nos fuimos todos tras ella a la era. Pero al llegar sólo encontramos a Casilda de rodillas, besando el suelo, sin rastro de ángeles ni de santos.
A Casilda la metieron en la cama y llamaron al médico. El borracho Antuña, dijo en la cantina que a Casilda se le había metido el sol en los sesos, que lo mejor en estos casos es guardar cama, y por las mañanas temprano ponerse un vaso de agua fría en la cabeza, para que poco a poco el agua absorba la insolación.
El siguiente que vio los santos fue Antón el cojo. Cuando todo el pueblo dormía la siesta, nos despertaron los gritos de Antón, que parecían venir de la Era, por los gritos que pegaba todos pensamos que Antón se había caído de la pared de la Era y se había roto la pierna buena.
- ¡Milagro, milagro! - voceaba Antón en mitad de la era, mientras sin rastro de cojera pegaba grandes brincos, que a sus años eran ya de por sí un milagro, aunque nunca hubiera estado cojo. - Fueron los Santos. Y señaló al fondo de la era, justo donde una vieja higuera dejaba acariciar sus ramas por la tenue brisa del mediodía. Allí mismo todos los vimos, y fue verlos y caernos todos de rodillas al suelo.
Y lo que vimos fue a un venerable anciano en una halo luminoso, ataviado con una túnica púrpura finamente recamada con hilo de oro. El anciano reposaba toda su senil majestad en un gran trono, que a simple vista a unos les pareció de plata y a otros de oro, repujado con delicadas figuras de animales que nunca habíamos visto antes, adornado con toda la pedrería que uno podía imaginar, carbúnculos ardientes, ópalos como soles de amarillo anaranjado, y diamantes de brillo cegador. El viejo santo entretenía sus arrugados dedos entre los rizos de su barba blanca, ajeno a la admiración que despertaba en cada uno de nosotros el más mínimo de sus gestos. De la nada y ante una exclamación general de asombro, surgió una joven con un vestido de gasa azul celeste, que modesto contrastaba con las lujosas vestiduras talares del viejo santo. Sobre los hombros de la joven, caía una melena endrina de brillos azulados, tan salvaje que se notaba que el uso diligente del peine no podía aplacar su natural tendencia a rizarse.
Era la mujer más bella que yo había visto nunca, su piel era del color de la tierra recién removida, como el de algunas mujeres trigueñas del sur. Traía la joven en sus manos una bandeja de plata reluciente, con una jarra y un vaso también de plata. Los que estaban arrodillados más cerca de las imágenes, contaron que el vaso y la jarra estaban trabajosamente labrados, con toda meticulosidad de detalles; que su artista no desmerecía en nada al artista que había labrado el trono, o puede que los dos fueran el mismo hombre. El viejo se sirvió parsimonioso el vaso, y pegó un trago profundo que nos dio sed a todos. Una vez terminó de beber y hubo devuelto el vaso a la bandeja, la joven dio media vuelta y desapareció tan súbitamente como había aparecido. Al poco tiempo el viejo y el trono también se evaporaron, delante de nuestras narices, sin dejar rastro.
Alguien fue a avisar a doña Casilda, a decirle que se quitara el vaso de agua fría de la cabeza, no fuera a coger un catarro, que el sol no le había entrado en los sesos. Que a los santos los acababan de ver todo el pueblo, hasta el mismo don Pío el cura; había dicho que el sentado era San Pedro, en cambio se dudaba si la joven de la bandeja era Santa Brígida o la Virgen de Regla.
Todos los días a la misma hora se repetía la misma imagen en la era, primero aparecía San Pedro en su trono celestial, al poco Santa Brígida o la Virgen de Regla, que aún no se sabía cuál de las dos era, acercaba la bandeja al Santo, éste daba un sorbo al vaso de plata, luego la virgen o la santa daba media vuelta y desaparecía, no tardaban mucho en seguirla San Pedro y su trono. Así todos los días.
- Voy a mandar al obispo, que aquí en la era va a haber que construir una Nueva Iglesia. Que por otra parte ya era hora. Don Pío se frotaba las manos, entusiasmado con la idea de una nueva iglesia, y daba gracias al cielo por haberle mandado a los santos.
Los mancos, cojos, y demás enfermos de todos los pueblos de la comarca, comenzaron a venir en peregrinación a la Era, hasta trajeron al niño ciego de Mouras, que cuando llegó a la Era venía completametne ciego, y al marcharse se fue igual de ciego pero con una pierna machacada por culpa de la burra de Onofre. - Cualquier día tiro esta burra al río - se excusaba el bueno de Onofre.
Los que conocían el mal genio de la burra de Onofre, admitieron que el niño ciego de Mouras tuvo suerte, que por el mismo precio que le machacó la pierna, aquella burra loca pudo darle un mordisco en la cabeza y desgraciarlo de por vida.
No se sabe si fue por miedo a la burra, o por que nadie se curaba, que los lisiados pronto dejaron de acudir a la Era.
Pero fue el maestro, y no la burra de Onofre, quien acabó definitivamente con el fervor de los santos. El maestro, como antes de dar una de sus clases, carraspeó, dejó que sus gafas de pasta resbalasen por la nariz y procedió a ilustrar a los presentes:
- Estos no son santos.
Todos quedaron boquiabiertos ante tamaña blasfemia.
- Esto no es otra cosa que un espejismo.
Casilda como había sido la primera que vio a los Santos se sintió especialmente ofendida.
- Qué espejos ni qué leches. Mire, Señor Maestro, póngase los anteojos y mire ¿No los ve?
El maestro con un tono entre pedagógico y paternal respondió Casilda:
- Si, Casilda, los veo, pero el espejismo es precisamente eso. Un efecto óptico debido al sol, que nos hace ver cosas que no están o que están a muchos kilómetros de aquí, y nos hace verlas como si estuvieran al lado nuestro.
- ¿Y lo de la pierna? - Replicó Antón el cojo, que desde que había visto a los Santos ya no era cojo.
- Eso ¿Y lo de la pierna de Antón? - Coreamos todos al mismo tiempo.
El maestro carraspeó por segunda vez, y nos miró a todos con una sonrisa afable y comprensiva. Aquello significaba sin duda que el maestro también conocía la respuesta.
- Lo de Antón es un claro caso de curación psicológica.
Sentenció el Maestro sin mudar la sonrisa de la cara, después se quedó en silencio como si aguardara una gran ovación tras su clase triunfal, pero tan desilusionados estábamos que a nadie se le ocurrió aplaudir.
Se habló largo tiempo en el pueblo del Efecto óptico y de la curación psicológica del cojo Antón, nadie sabía a ciencia cierta lo que era un efecto óptico, y mucho menos una curación psicológica. Pero sonar sonaba como algo realmente terrible, y si el Maestro decía que no eran santos, pues no eran santos, que para algo había estudiado el señor Maestro.
Don Pío el cura no volvió a bajar a la era, ni mandó llamar al Obispo. Cuando se le preguntó por la nueva iglesia, se santiguó, miró al cielo meneando la cabeza y respondió con el gesto resignado:
- Otra vez será, que los caminos del Señor son insondables.
Después Don Pío resopló por dentro, pero muy para dentro - ay, Señor, Señor - y meditabundo continuó el camino sin ni siquiera despedirse, muy al revés de lo que tenía por costumbre.
Un par de días después de que el Maestro diera su clase en la Era, Antón el cojo volvió a cojear, y ya cojeó toda su vida hasta que murió dos años después de una gripe mal curada. Afortunadamente dos niños que jugaban en el camino, encontraron el cayado que Antón había arrojado al sentir la pierna sana. Y al menos a Antón le quedó el consuelo de recuperar su viejo cayado, pues el cayado era de buena vara de fresno, bien torneado, y hubiera sido un apena que se hubiera perdido. Eso sin contar que el cojo estaba familiarizado con su empuñadura, y ya no le levantaba callos, que si el bastón hubiera sido nuevo, los primeros días por fuerza le habría abrasado la mano.
Apoyado en aquel bastón recién recuperado, el cojo se resignaba como Job.
- Lo que Dios te da, Dios te lo quita.
Pero dicen las malas lenguas, que aquello era de boca para fuera, que Antón el cojo murió ateo, que nunca perdonó que los Santos le devolvieran la cojera.
Casilda se encerró en su casa y no volvió a salir nunca, pero lo de Casilda no fue por culpa de los Santos, sino de su hijo mayor que tenía poco de Santo y mucho de golfo. La pobre mujer pasó tanta vergüenza por el escándalo del cornudo Mateo, que nunca más se atrevió a salir del corral de su casa, y hasta a las gallinas las alimentaba de noche para que nadie la viera.
Pocos volvieron a la Era a mirar los Santos, la gente incluso cogió miedo a la Era, seguían sin entender aquello que había explicado el profesor sobre el efecto óptico, y no volvían porque como es sabido lo que no entendemos nos acaba asustando. Por otra parte en el pueblo se dejó de hablar de los Santos. Desde que lo habían encontrado colgado de un roble, ya sólo se hablaba del cornudo Mateo. Don Pío mandó cortar el árbol y enterrar a mateo en el monte. La misma noche no faltó quien dijo haber visto a Mateo llamando a las puertas del cementerio. Pero cuando más se habló del asunto fue cuando la viuda de Mateo y el mayor de los hijos de Casilda se marcharon juntos del pueblo. De noche y para América, según la mayoría de los rumores que corrieron. Fue entonces cuando Casilda se encerró en su casa para siempre.
Sólo yo continuaba acudiendo puntualmente a la cita con los Santos, yo y una niña desdentada y pecosa, que era hija de los arrendados de la casa de soto. Aquella niña me seguía a todas partes, como una segunda sombra, desde el mismo día en que aprendió a andar. A lo largo de estos años, muchas veces me he preguntado por la suerte de la Desdentada, pues tengo la certeza de que si no me hubiera ido habría terminado casándome con ella.
Todos los días, a mediodía iba a ver a los Santos. Dios me perdone, pero a quien yo realmente iba a ver, era a Santa Brígida o la Virgen de Regla, que nunca se supo cual de las dos era la joven preciosa del vestido azul celeste y piel morena, que todos los días a la misma hora aparecía en la Era, para traer aquella bandeja bien bruñida, y servir el sempiterno trago al viejo San Pedro.
Los breves instantes en que la joven aparecía, servía aquel vaso e imponderablemente se esfumaba, eran para mí los momentos más preciosos.
La escena calcada de un día para otro, se me fue revelando diferente en pequeños detalles, probablemente fuera todo fruto de mi imaginación, pues la escena con toda seguridad siempre era la misma, pero yo comencé a verla distinta. Una vez creí ver uno de los tirantes del vestido más caído de lo normal, me pareció descubrir el hombro de la joven casi desnudo; otro día una suave racha de viento me hizo intuir el secreto de sus senos, ese mismo día tuve la sensación de que San Pedro me miraba de reojo, todavía me acuerdo de lo mal que yo me sentí bajo aquella mirada inquisidora, era como si el Santo me hubiera descubierto en pleno pecado carnal, si no por acción al menos por contemplación. Pero lo que mejor recuerdo de mis visitas a la Era, fue la vez que al pasar a mi lado creí ver que me sonreía.
Santa Brígida o la Virgen de Regla, que tanto da, no tuvo suficiente con aparecer todos los días en la Era, que también comenzó a aparecérseme todas las noches en los sueños. Y es curioso porque en mis sueños hacía exactamente lo mismo que en la Era, traer la bandeja y servir a San Pedro.
Así fue como me enamoré de una extraña, que según el maestro existía, pero muy lejos.
Cuando cesaron los días soleados y llegó el nublado, desaparecieron los espejismos de la Era y nunca más se supo de ellos, pero Santa Brígida o la Virgen de Regla siguió visitándome por las noches, y dentro de mí fueron creciendo las ganas de encontrar a la mujer de melena leonina y piel morena. De esta manera nació la obsesión que alimenta esta búsqueda, que ya se prolonga durante cuarenta años.
Ahora varado en estas arenas, en plena tierra de espejismos, por fin comprendo que toda mi vida ha sido la búsqueda de una quimera, pero sé que esta noche soñaré como todas las noches de estos últimos cuarenta años, con una mujer de tez oscura que porta en sus manos una bandeja de plata. Y mañana cuando despierte seguiré camino en su busca.

CARLOS ARIAS CANCIO

 

EL ORGULLO DEL HÉROE
Tan sólo fue una noche pero esa noche creo que fue la más intensa de mi vida.
Las calles estaban engalanadas, ir y venir de vehículos, establecimientos comerciales repletos. En el aire se respiraba un ambiente festivo. ¿Para todos? Ahora que tan afortunadamente preocupa el tercer mundo ¿por qué no preocupa también el cuarto mundo, ese mundo de inteligentes, ese mundo de personas a las que nada beneficia la subida de las bolsas, del euro…, de esos niños que durante las fiestas navideñas no poseen los mismo regalos que sus coetáneos? ¡Qué hipocresía de costumbres! ¡Qué dicho tan cierto el de "dime de lo que presumes y te diré de lo que careces! Durante estas celebraciones se acentúan aún más las desigualdades sociales actuales.
En aquella noche yo quise ser uno más de aquellas personas marcadas por la marginación: permanecí pobremente vestido a la puerta de un lujoso establecimiento ante la indiferencia de cientos de personas que entraban y salían, hasta que… de pronto apareció una niña que no hacía falta más que verla para darse cuenta que pertenecía a esa infancia a la que me he referido, a esas gentes que desde que ven la luz del mundo no conocen otro entorno que la miseria. Empezamos a conversar y pronto nos hicimos amigos. Me invitó a su casa y en aquella paupérrima morada, por paradójico que pueda parecer, creo que aquella cena me gustó más que si la hubiese comido en el más lujoso hotel.
¡Cuánto une la adversidad! Al despedirme me presenté y nació una verdadera amistad. Mis visitas comenzaron. Al llegar la fiesta de reyes le hice a mi amiga un regalo. ¿Cuál fue?: un libro. Era la primera vez que recibía un regalo navideño.
Recuerdo mis lecturas de juventud de Máximo Gorke: aquellos míseros escenarios de su infancia, ellos serían su gran recuerdo en la época adulta, los protagonistas de su colosal obra literaria. Aquel hogar que visité parecía el relatado en la "Madre", pobreza pero también calor humano.
Son muy poco frecuentes las aptitudes literarias del autor eslavo, pero desafortunadamente, en nuestros días siguen siendo muchas las circunstancias de aquellas gentes. el altruismo no necesita premio. El mayor orgullo del héroe es serlo.

HERMINIO

 

EL RUIDO EN EL PASILLO

He tenido durante varios meses,
encerrado en el pasillo,
el ruido del portazo que diste al marcharte.
Me recomendaron que abriera una ventana
y dejara escapar al pobre ruido.

Desde que me dijeron esto,
y supe que el ruido se podía escapar,
ando con mucho tiento y cuidado,
pues temo que abra accidentalmente una ventana,
y el ruido se marche, sin avisar,
y entonces yo pierda lo poco que me dejaste.

 

CARL0S ARIAS CANCIO

 

DONDE LAS PIEDRAS SON DIOSES

Uno debiera aprender a maldecir en todos los idiomas
por si escapa algún dios a la desolación,
allí donde las piedras son dioses.
Y cuando lleguen, esteparios fatigados, los amigos de la noche,
tener siempre el amor dispuesto con la ensalada,
la taza de café junto a la buenaventura:
por si ronda la desesperanza.
Por que a estas alturas,
es necesario seguir creyendo
en la infinita bondad de una piedra
lanzada contra un uniformado
y en ese pequeño dios que representa
la belleza universal de un coktail molotov.
Se debería prometer siempre lo imposible,
tutear a los dioses, coquetear con los brujos,
oír el tarot de los nigromantes
y creer en la rosa incierta de los alquimistas.
Tener la maleta siempre bajo la cama
apenas el equipaje de un vagabundo entre cartones
dispuesto al viaje hacia un sueño
ligeros de equipaje como diría D. Antonio.
Sería imprescindible temblar ante el llanto de los niños
y no perder sus risas en los pantanos,
tomar prestado el cuerpo de amantes fugaces
para eternizar su instante en el corazón:
por si el amor perdiera sus miedos.

Deberíamos dar a la voz un tono de mirada embriagada
aprender a decir sí, arriesgadamente, a esta escasa vida.
Uno debiera, definitivamente, despedirse
sin pañuelos ni deseos,
partir para siempre más allá de la brújula.
Como si fuese a volver mañana:
por si alguien espera tras la ventana.
Y siempre, como no, el corazón abierto,
dispuesto al atardecer, para morir
un instante, una eternidad. No importa.
Al borde del huracán
o en la silenciosa caverna de las madres:
por ti, por mí, por el amor, por la libertad,
por todo, por nada...
Con todo, no evitaremos la muerte,
pero le bailaremos el miedo mientras espera.
Y en una Itaca perdida
las piedras son dioses
donde un viejo místico ateo
contempla una lagrima que recorre
su cuerpo de granito.

PEDRO ANTONIO CURTO

 

HOY LO TÍPICO

Hoy lo típico.
No vivo mucho, sólo un suspiro.
Oasis de pereza repleta de palmeras.
Ofuscación de cráneo, lidia de dispersión.
Vengo en una cama
de sábanas pegajosas, calientes y traviesas en su umbral.
¿Dónde quedaron los sueños?
Ya no me acuerdo.
Café que liban tus labios,
se funde y crepita, despertándote la entraña.
Esa que piensa pero que no piensa,
ni sabe lo que sabe, porque todo es bruma y nadie lo disipa,
ni se esfuerza.
El mundo se mueve sin parar,
sin murmurar apenas un tic-tac,
que te embriague con su latir de dientes sin caries,
como colmillos afilados.
Aprietas un pedazo de sustancia,
y no estás aquí,
vomitas vida,
y la engulles sin inflarte.
Como el aire de un iceberg,
cuando agoniza entre aplastantes témpanos de frío.
Tiritando de miedo,
nadie reza.

Aquellos ángeles arriscados,
nacidos del paroxismo,
han dejado de hablar con fe.
¿O es que nunca fue así?
¿O es que todo se desmorona?
¿O es que una flor se marchita
y para nacerse a fruto?
No lo sé.
Sé que todo se rinde,
con rictus ambiguos en la psique.
No lo sé.
Pero la noche viene tan a fondo,
en un céfiro tiznado por la antiluz más nívea,
que rutila las cosas cambiando su sino.
Pero amanece.
Sí, amanece sin piedad,
como una ranura de esperanza,
y ya no eres el mismo.
Naces de nuevo con la noche en el horizonte,
que acecha escondida en la rotonda de la vida.

LUIS MEDIAVILLA DÍAZ

30-Marzo-1990

 

 

LA ABUELA
Se la llevó noviembre
dormida en su vitalidad empobrecida.
Y se llevó sus ojos invisibles,
gastados,
siempre húmedos;
su larga trenza blanca;
su olor a jabón puro.

Se fueron con noviembre
sus dedos retorcidos,
su figura encorvada,
sus torpes movimientos,
los surcos de su cara.

Se le rompió una vida
de casi cien inviernos,
apagando su voz suave y nítida,
ahuyentando su cálida risa,
asumiendo el silencio
que tanto detestó.

Quedó ausente su eterna presencia,
sus recuerdos descansan
para siempre perdidos,
al igual que el bastón olvidado
en un rincón oscuro
junto al rosal oscuro
de su oscuro jardín.

No hay más días,
mas noches, más tiempo.
Su existencia cesó
con el último aliento,
como cesa de pronto la brisa.

Y se llevó noviembre
mil historias con ella,
mil cuentos en voz baja,
caricias arrugadas
en mis manos de niña.

YOSE

06.06.98

 

LA GORDA DE LA TABERNA

La risotada sonó fuerte, como un disparo, en el bullicio del bar. Ella estaba allí recostada, como siempre, en un taburete demasiado diminuto para soportar aquella inmensa mujer; parecía que en cualquier momento fuese a pulverizarse bajo la presión de aquellos muslos poderosos, enormes, grandiosos. La mesa soportaba el peso de sus tetas elefánticas, aprisionadas, a duras penas, por un vestido floreado y hortera que debía pretender mostrar unos encantos que se desbordaban por todas las aberturas. Su rostro era redondo como pan de hogaza, grande y hermoso, pintado como un cuadro con todos los colores de un arco iris impresionista: los ojos negros, la boca roja incendiaria, los párpados azules, las mejillas terrosas…
Se reía y toda su carne temblaba, haciendo, con este movimiento, temblar todo el mundo que le rodeaba, y el taburete, tan pequeño, crujía cansado de soportar aquella inmensa mole que lo martirizaba.
Yo miraba por la ventana aquella imagen de taberna de barrio pesquero, pequeño, sucio, miserable, pero sólo la veía a ella. Lo llenaba todo, el bar el barrio, el mar. Cuando sonó su risa todo quedó suspendido un memento de su carcajada. Tenía casi risa de hombre, grande, feliz, libre, contagiosa. Los hombres la miraron como cada noche, como a uno de ellos. No necesitaban fingir ternuras que no sentían, ni mimos que no llevaban dentro. No era puta, no cobraba por compartir su cama ni su placer. Se limitaba a ser feliz en aquella tabernucha donde no necesitaba disimular.
Yo la quería, la amaba apasionadamente. No como a las muchachas de ojos bajos, sonrisas tímidas y vestidos pulcros e inmaculados. No como a Sara, que era todo dulzura. No, la amaba con amor de hombre de taberna. Me gustaba verla en el bar, con sus hombres, con su vestido floreado y hortera. Me apostaba tras los cristales para escucharla reír y verla balancearse en aquel pobre taburete. Ella reinaba en mi açcama después, gobernaba mis sueños, me mecía entre sus inmensos pechos suaves y blandos; me llenaba la cara de besos calientes y rojos como su carmín y me adormecía soñando en cómo sería el amor de mi gorda de la taberna.
Un día no volví a verla. La taberna se cerró y ella se marchó con su risa, su vestido y su taburete. Se fue, imagino, a otro lugar a encenderle la risa y el amor a otro muchacho de otro barrio pesquero sucio y miserable. Seguiría, me gusta suponer, repartiendo su cama y sus placeres hasta donde le haya llegado el cuerpo, aquel cuerpo enorme y bello.
Me quedó de ella el gusto por las mujeres grandes, gordas, sinceras y de risotada fuerte. Aún así, me casé con Sara, pero me gusta cuando se pone vestidos de flores y cuando, en raras ocasiones, levanta la mirada, normalmente tan tímida, insolente, casi provocativa; me gusta cuando pinta sus labios con rojos de fuego. Entonces le pido que se siente en un pequeño taburete que compré hace ya muchos años. Ella me mira y no entiende, pero en mi mente crece y engorda y se balancea apoyada en la mesa, y yo la deseo más que nunca.

MARÍA JOSÉ GONZÁLEZ
Febrero 1999

 

LÁGRIMAS SOBRE KOSOVA
La vieja Ahnext tiene sus carnes cansadas, sus pies hinchados avanzan mecánicamente por el camino embrutecido del polvo y el barro, de los aceros ennegrecidos que vigilan y ordenan sus estirpes de ruidos, donde el máximo orgullo es no entregarse a la tentación de la muerte. Ella adivina la tragedia en el dolor tiznado de sus viejos huesos, el peligro que acechaba como un nubarrón negro anuncia la tormenta, el monto de lo desgracio que caia sobre los suyos. Pero nada hizo detener las sombras que le amenazaban, de nada sirvieron las oraciones para que aquello fuera un espejismo de los sueños convertido en pesadilla. Ahora, el humo negro de las tierras y casas es su siniestra despedida y atrás han quedado, en los lugares quemados, sus cenizas de mujer, de esposa, de madre... Las entrañas de la tierra consumen los cuerpos que una vez abrazó y deseo, aquel con el que juntos sembraron la simiente de una nueva vida, que ahora también se entrega a la putrefacción de la carne. Solo una voz, la mas Joven de ellas, la de aquel niño de ojos de mirada ingenua que se preguntaba tantas cosas, es ahora un grito desgarrado que en los montañas se debate contra batallones de la
muerte. Y en lo dureza del barro que se adhiere a la piel como una mancha maldita, la Ahnext madre busca con la mirada agrietada de lagrimas amargas, los hijos ausentes que no están con ella Y se dibujan en cada rostro Infantil que comparte los pasos cansados de la huida en un comino sin fin. Anidan entonces en su memoria, tiempos de vida, de pasos titubeantes, de primeros palabras apenas inteligibles, de gritos de la leche que amamantan sus pechos, de los cuerpos que se formaban en su vientre. Y aún surge en el cansancio extremado, una rebeldía de quien para poder seguir siendo madre, se convertiría en la joven madre emparedada del puente de los tres arcos. Dejar percibir entre la piedra, el ojo de una mirada tiernamente severa, un pecho sobre el que poder amamantar su sed infantil, y una mano con la que acariciar sus rostros y cabellos. En la dureza del camino de huida, solo siente sobre ella la mirada de desprecio, el odio profundo y altivo que se le clava como una daga de quienes la observan con el poder de sus fusiles. Pero hay una mirada escapada, robada, inundada de una dulce amargura inocente, los ojos de un niño que tambalea su frágil cuerpo de huesudos piernas.
Es el hijo del llanto, el huérfano de la tierra abandonada y quemada, es el hijo de todas las mujeres cuyo llanto quema como una hoguera buscando un lugar en el que aplacar una lágrima que corre por la piel convertida en odio. Ahnext se aproxima a él con su cuerpo magullado y la mano temblorosa, pasea su tacto abatido por cabellos enmarañados y ella, es también madre de aquel despojado de tierras humilladas, es madre de todos los hijos por una tierra a la que han maldecido en la negra historia de los tiempos. Se templa con la fuerza que sacan las gentes a la que todo han arrebatado, el temple
amargo de los desesperados. Y ahora siente un destino unido por los fuerzas resurgidos de sus pies para enfrentarse al camino, a seguir venciendo
al polvo y al barro, por que en alguna parte habrá un lugar donde lanzar palabras al viento, hay mucho que decir y el tiempo se agota, las palabras
pueden darles alas a los pies. Siempre hay un lugar donde los mujeres viven cerca de los árboles, que, al soplar el viento, suenan como música.
Estos mujeres les cuentan historias a sus hijos, para que disfruten y también para asustarles. Estas mujeres son linternas que se agitan en las colinas, las luciérnagas de la noche, los caras que se ciernen sobre nosotros y recrean los mismos actos improvisados que han vivido. Donde las mujeres, como cardenales, regresan para verse la cara en el agua estancada, Ahnext viene de un lugar donde la palabra, los ojos y la memoria son uno, un lugar donde llevan el pasado como los cabellos en la cabeza. Donde las mujeres vuelven a sus hijos en forma de mariposas o de lágrimas en los ojos de los estatuas a las que rezan sus hijos. Siempre hay un lugar donde las pesadillas pasan de generación en generación como reliquias y así, los hijos asesinados y
desahuciados de la tierra, son los hijos del viento presentes en la memoria de las palabras.

PEDRO ANTONIO CURTO

 

LOS SUEÑOS SE HACEN REALIDAD
Se asoma a la ventana de su vida, ve desfilar su existencia. Se entristece, aquellos años volvían para ser revividos. Deseaba morir para olvidarlos, mas no podía. Se empeñaban en hacerle daño. Martilleaban su alma sin piedad, sin razón. Jamás quiso ser la causa de ningún dolor. En su mente reina la confusión. Grita en silencio para no ser oída. Siguió el camino que le marcó la vida. ¡Sin protesta! Imagino que sólo es un sueño. Cierra los ojos para seguir soñando. La vida es cruel; de vez en cuando aparece un oasis ¡Pura ilusión!
"Los sueños se hacen realidad". No lo considera fácil. No es lo mismo logro deseado que conformismo.
Seguirá soñando con el corazón herido hasta el final de su existencia.

Sus vidas siguieron par cauces diferentes
Sus almas, unidas en el tiempo

 

MARÍA VICTORIA DE JESÚS
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MARÍA VICTORIA PINTA LOS RECUERDOS
ESCRIBE LOS RELATOS DE OTROS TIEMPOS
EL PASADO QUE PASA LENTAMENTE
TAN LENTAMENTE COMO EL SUFRIMIENTO

Y QUÉ HUBIERA PASADO COMPAÑEROS
SI ELLA NO FUERA LA VOZ DE LA MEMORIA
SI NADIE NOS CONTARA SU DESEO
SI NO ESTUVIERA AQUÍ MARÍA VICTORIA

PUNTOS SUBVERSIVOS…………

 

NIGHT IN KOSOVO
QUERO FICAR NO TEU CORPO FEITO TATUAGEM

He vuelto de una guerra silenciada
llevo en mí las enormes cicatrices
del odio sin sentido, de la muerte
mis manos manchadas con la sangre
de humildes campesinos
en mis ojos, clavada a mis retinas
la imagen de los niños reventados
como un flash que se repite
aún dormido
mis botas llevan tierra putrefacta
abonada por miles de personas
caídas en los campos de combate
pero ahora, debajo de mi pecho
donde antes había un corazón
hoy sólo está el abismo.

ORLANDO

Me quedaré en tu piel como un tatuaje
que puedas maldecir a cada instante
grabado a gena, calado en tinta china
y no puedas borrarme ni con sangre.

Quisiera ser serpiente en tu antebrazo
humilde golondrina en tu cadera
un toro bravo bebiendo en tu ombligo
que no puedas lavar aunque te duela.

Quiero ser el dibujo de una hoguera
que caliente tu cuerpo en noches frías
la cicatriz que socave tu vientre
una maraca para que al fin sonrías.

Estar marcado a fuego en tu santuario
tomar la forma de un corazón herido
o el de un amor de madre legionario
marcado con un hierro o por el frío

Quiero fijarme a ti como un tatuaje
que no puedas borrar ni con tu sangre
quiero ser en tu cuerpo el dulce ultraje
que puedas escupir a cada instante.


ORLANDO, 16.05.99

 

UNA BRISA
Todavía estaba ahí, aún podía echarse atrás, podía volverse y convertirse en estatua de sal por los siglos de los siglos y ni siquiera ser consciente de ello.
Cuando abandonó aquel cuarto sintió cómo una brisa helada golpeaba su cara, y el sonido de la puerta el único adiós que nunca dijo.
Pensó que lo único que necesitaba era vivir su libertad, vivir sus deseos hasta agotarlos, vivir todas las pasiones.
Sabía que mientras fuera dueña de ellas y no la esclavizaran serían enriquecedoras.
Daba por sentado que la pareja no se apoya en la permanencia del sexo ni tampoco en la permanencia de la amistad, ni siquiera en la permanencia del amor, sino en la permanencia de la ternura, y también sabía que si no la encontraba gozaría como sólo se puede gozar sin ella: dando pero sin entregarse, ofreciendo pero sin darse.
Ella sería una posibilidad en sí misma, nunca un fin, un equívoco no resuelto, no volvería a ser una mujer referida al hombre, sino una mujer en sí misma que podía decir más con un gesto frívolo que cualquier hombre con todas sus conquistas.
De pronto en el vacío de su conciencia se levantaba un punto firme y buscando su significado escribió: "Los resentidos se sienten solos y se lamentan de ello".
Los ganadores buscan la soledad para saborear su victoria.
En el quedarse solo hay debilidad.
En el ponerse solo hay fortaleza.
Se alegró de tener el sentido de los límites bien definido y sentirse la crítica suprema, fría y objetiva de su propia vida, que entierra lo que no vale, limpia la ganga y se apea en lo auténtico.
Cerró los ojos y abandonó su rostro esta vez con gesto amable al capricho del viento; todo lo sentía perfecto, un poco de música, un poco de fatiga, y una brisa dulce y cálida la acarició.
Sintió una felicidad sin límites y pensó que tenía que subir alto, más alto para respirar ese aire puro, sin nostalgia, sin remordimientos, sin compromisos.
Cada uno de sus poros se abría a ese aire, aire de ese instante, aire no contaminado, aire que ya era un deseo palpitante: vivir, vivir netamente, libremente, como solo es posible y fácil ser bueno y donde es fácil ser valiente.
Olvidar todo el peso acumulado en una vida, y ganar; simplemente ganar la libertad perdida.

ASUNCIÓN POSTIGO

 

SIN TÍTULO
Depredadora de carne caliente entregada
no basta una presa
para saciar tu hambre de lujuria.
Derramarán las víctimas incautas
su sangre entre tus piernas;
húmeda,
se adentrará en tu sexo como una lengua ardiente.
Devoradora de vergas
se extingue ya tu fuego en triste letanía.
Profeta de las bestias.


Yazco en un lecho de larvas
que hurgan con lascivia en mi interior,
metamorfoseándose
en un amasijo de pútridos deseos.
¡Diabólicos y depravados!
¿Qué creéis?
¡Yo no estoy gestando en vuestro averno!
He dejado de buscar la perfección
y me he entregado al delirio de los muertos.

EVA

RECUERDOS DE MI AMNESIA  

Mamá me trajo al mundo entre barrotes
entre gritos de gente torturada
en un tiempo de sombras y de muertes
víctimas inocentes de otra vil cruzada.

Mi padre no volvió de su oficina
ella salió a buscarlo con coraje
la detuvieron tropas asesinas
siervos sin corazón del caudillaje.

Mas después de tanto sufrimiento
después de tanta muerte y tanta herida
lo peor fue sufrir el cruel intento
de arrojarnos a la amnesia colectiva

 

Quién podrá ya olvidar el miedo inerte
la patada en el vientre, la picana
la llamada en la noche de la muerte
las botas, los fusiles, las sotanas.

Quién podrá ya olvidarse de la ofensa
del azote, del frío, del ocaso
del silencio infinito de la prensa
del exilio, del hambre, del fracaso.

Quién podrá ya olvidar la cobardía
la astenia que producen las prisiones
los derechos humanos, la agonía
la sangre en el asfalto, los galones.

Mi padre forma parte de un gemido
mamá no aguantó más y se hizo nube
yo espero tristemente que el olvido
no me arrebate al fin lo que no tuve.

ORLANDO

 

SOLEDADES  

La soledad, mi soledad,
es querer estar solo
sabiendo que tú existes.
Que existen tus ojos
tus palabras y silencios.
La soledad es llegar a casa
y ver que nada,
nada tiene sentido
los libros, la música
mis cosas,
cada una con su historia
y su porqué,
me sobran todas.
Y entonces me pregunto:
¿Adónde voy?
¿Qué hago con mis días?
¿Con mis horas?
¿Adónde escapar?
¿Olvidar, renunciar,
asesinar, matar
vivencias y recuerdos?

¿Enterrarte
en el cementerio del olvido
para poder seguir vivo?
¿Vivir con la soledad
como amiga
la única que me queda
aunque sea mala compañera?
Y serte fiel,
y serle fiel a ella.
Me dicen
que lo más fácil
es escapar,
coger algún tren.
Pero aquí estoy,
"A mis soledades voy
de mis soledades vengo"
remedando a ese poeta
que murió solo.

MANUEL FUERTES PÉREZ

 

UN SUEÑO

Estaba desconcertada. ¿Era o no era yo? Mis ojos no acababan de despertar. Cuando lo hice, recordé lo que había soñado. Yo era un árbol gigantesco, cuyas ramas azotadas por el viento, iban perdiendo las hojas dejándolo desnudo, cubriendo el campo de una alfombra azul. Las ramas, al verse desnudas, sintieron mucho frío. Se dejaron morir, partiéndose en pedazos.
Al fin pude despertar y recordar que había estado soñando con mi árbol querido, el Acebo.

MARÍA VICTORIA DE JESÚS

 

PALABRAS POR LA PAZ  
Que vienen, vienen, vienen,
los lentos, lentos, lentos,
los ávidos, los fúnebres,
los aéreos carniceros.

Que asaltan las palomas,
sin hiel. Que van sedientos
de sangre, sangre, sangre,
de cuerpos, cuerpos, cuerpos.

Que vienen, vienen, vienen,
con sed de cementerio
dejando atrás un rastro
de muertos, muertos, muertos.

Que nadie, nadie, nadie
lo olvide ni un momento.
Que no es posible el crimen.
Que no es posible esto.

Que tierra nuestra quieran.
Que tierra les daremos
es un hoyo, a puñados
que queden satisfechos.

Para que el hijo será la paz que estoy forjando
y al fin, en un océano de irremediables huesos
tu corazón y el mío naufragarán quedando
una mujer y un hombre gastados por los besos.

MIGUEL HERNÁNDEZ


Esos poetas infernales,
Dante, Blake, Rimbaud…
que hablen más bajo…
que toquen más bajo…
¡Que se callen!
Hoy
cualquier habitante de la tierra
sabe mucho más del infierno
que esos tres poetas juntos.

LEÓN FELIPE


 

"La exaltación paroxística
de lo propio, la demonización histérica
de lo ajeno, conduce al delirio sistematizado
de la cultura del odio".

JUAN FARRÉS I SOLÉ


Esta es la paz vestida con galones.
Esta es la paz atada a una cadena.
Esta es la paz que baila con la verbena
de las terribles bombas de neutrones.

Esta es la paz sembrada de explosiones.
Esta es la paz de gritos de sirena.
Esta el la paz escrita por la arena
que borraría con un mar de portaaviones.

Nos ofrecen sus tristes generales
sus corazones tridimensionales
la larga noche gris de los tiranos.

BENJAMÍN PRADO


No se podía dormir, porque escuchaba
abrirse hoyos y hoyos en la tierra.
No se podía andar, no se podía.

Los pasos ya no eran,
ya no eran pasos, porque todo el cuerpo
era lo que se hundía,
lo que había de hundirse…
… y se iba hundiendo

RAFAEL ALBERTI

"Aunque os he hablado y hablaré mucho contra la guerra - sigue conversando Mairena con sus alumnos - no quiero dejar de advertiros en parte sobre las iniquidades de la guerra, es una fórmula hueca, que acaso coincida con las guerras más catastróficas d la historia. Porque una paz a todo trance tendrá su más inequívoca reducción al absurdo ante este inequívoco dilema: O cruzamos ante la iniquidad o guerrear por la justicia (…) la paz como finalidad suprema no es menos absurda que la guerra por la fuerza misma."

ANTONIO MACHADO