Quizá fuera por que por la tarde
había huido sin esperanza, la noche se presentaba con un tamiz gris
de tiempo perdido, porque era necesario agarrarse al acero ardiente de una
última posibilidad. Necesitaba sacarla del campo de los sueños,
dejar de dibujarla en el cristal de la trasgresión que nunca se traspasa,
sentir su aliento y no el aroma imposible de lo ausente.
Yamilé viajó de la ciudad que no existe en una isla perdida,
para tomar el cuerpo de una Pili entonces ciudadana de la muchedumbre. La
vi moverse entre
la gente, su bolso rojo como un péndulo de juguete, el tejido de
su falda bailando entre las piernas. Posiblemente tendría un camino
circunstancial o cotidiano, tomaría alguna calle que la llevase a
algún punto determinado, que posiblemente me sería ajeno.
Decidí tentar a la suerte y perder en la ceremonia del juego, si
ella se adentraba en la parte más alta de la calle o torcía
a la izquierda y marcaba un punto equidistante de mi camino, abandonaría
el juego que me había marcado a mi mismo.
Cuando ella cogió el autobús, rompí las reglas del
Juego, al fin y al cabo mi camino no tenía ni rumbo determinado,
ni meta a la que llegar, las arañas mordían demasiado, el
calambre me había crispado en ese segundo cuando Yamilé subió
al autobús y el vacío era la única alternativa al absurdo
surreal. Me negué a pensar, bastaba saber que la seguía viendo,
su bolso rojo, el pelo negro que le temblaba sobre los hombros, los pliegues
de su falda descansando sobre sus muslos, las elevaciones pectorales marcando
suaves ondulaciones tras la tela de un blanco suéter, y esos ojos,
tras los que había una selva de mundos desconocidos en los que Yamilé
me invitaba a entrar aunque aún Pili no lo supiese. Porqué
de ninguna manera, el rostro de la mujer que se reflejaba en el cristal
de la ventana podía llamarse Pili, así como tampoco podía
llamarse Yamilé la chica sentada frente a mi sin mirarme,
con los ojos perdidos en el hastió de ese interregno en el que todo
el mundo parece consultar una zona de visión que no es la circundante,
salvo
los niños que miran fijo y de lleno las cosas hasta el día
en que les enseñan a situarse también en los intersticios,
a mirar sin ver con esa ignorancia
civil de toda apariencia vecina, de todo contacto sensible, cada uno instalado
en su burbuja, alienado entre paréntesis, cuidando la vigencia
de mínimo aire entre rodillas y codos ajenos, refugiándose
en el periódico, aunque casi siempre como Pili, unos ojos situándose
en el hueco entre
lo verdaderamente mirable, en esa distancia neutra y estúpida que
iba de mi cara a la del hombre centrado en el periódico. Un golpe
de frenos hizo temblar el bolso rojo en los muslos de Pili, tal vez sólo
el hastío le movía la mano hasta el mechón negro cruzándole
la frente. Fueron sólo tres o cuatro segundos de quietud entre frenazo
y arranque, pero en ellos el hombre cuyo rostro estaba sentado frente a
Pili, se difumino en el cristal y captó la sonrisa dibujada de ojos
brillantes que Yamilé le ofrecía en el vidrio. Cuando Pili
se enderezó de una sola y limpia flexión de su cuerpo, cuando
la vi de
espaldas entre dos pasajeros, creo que busqué todavía absurdamente
el rostro de Yamilé en el cristal ennegrecido. Salí como sin
saberlo, sombra pasiva de ese cuerpo que bajaba hasta la calle, hasta despertar
a lo que Iba a venir, a la doble elección final cumpliéndose
irrevocable. Ya era de noche y el aire estaba helado, bajo la llovizna,
la silueta de Yamilé recorría el camino de Pili en un barrio
del que yo era extranjero de sus calles con rápidas frases como un
cincuentón desesperado. Le hable de su pelo negro que anidaba libre
sobre su cuerpo y caía sobre sus hombros, el mechón que fluía
móvilmente en su frente, la falda de pliegues bailando entre sus
muslos, su mirada de ojos abiertos que discernía con curiosidad cuanto
le rodeaba, del bolso rojo
sometido al movimiento del péndulo. La había sonreído
no por donjuanismo, ni en la búsqueda de ligue fácil, por
nada en particular y en busca de todo. La química o las feronomas
se habían puesto en funcionamiento, posiblemente porque las arañas
mordían demasiado en una tarde gris, la convertí en ser de
esa mujer que dibujaba en mis versos, pero que nunca se paseaba por mis
caminos de soledades. Ella sonrió y un destello de luz asomo en sus
pupilas, se situó a medio camino de la intersección entre
negación y duda; aquella posibilidad mínima me invadió
de goce, de la extraña felicidad del caminante que se encuentra la
posibilidad de un tesoro cuando corre desesperado por caminos desconocidos.
Cuando la madrugada se aproximaba, convertidos en últimos clientes
del bar que apagaba sus luces, aproximamos confidencias y fuimos abandonando
anónimas existencias. Fumábamos la misma marca de cigarrillos,
nos gustaba el café con locura, discrepábamos en política,
aborrecíamos la telebasura y la invasión futbolística,
nos reíamos con la prensa rosa, nuestra película favorita
era Casablanca. entre los dos acumulábamos más de una veintena
de visiones. Hablaba francés y se rió cuando e dije que así
podríamos recorrer el África negra, llegamos a un pequeño
pacto, pasaríamos antes por Paris, aunque yo le dije que nuestro
encuentro definitivo sería en las negras calles de Dakar. Las luces
apagadas, el silencio y la mirada inquisitiva del camarero nos indicaba
que aquella primera cita inesperada y furtiva tocaba a su fin. Me dejo acompañarla
hasta el portal de su casa, caminamos despacio robándole tiempo a
la noche, nos invadieron unas últimas frases y el silencio de nuestras
pisadas, finalmente pactamos un próximo encuentro, este oficial y
ya reglamentado. Camine sin rumbo, casi flotando en la ilusión: una
hora después de abordar calles sin destino, me percate de que estaba
perdido en aquel barrio del que desconocía cualquier camino de salida.
Fui puntual, posiblemente demasiado, quince minutos antes de la hora convenida,
la cucharilla removía el café con nerviosismo y el azúcar
se disolvía
rápidamente en el liquido negro- A aquella hora, algunas madres se
enzarzaban en una tertulia de frases sin rumbo acompañadas de infantil
griterío recién liberado del colegio, una partida de cartas
unía soledades compartidas y un matrimonio veterano ojeaban la prensa
para liberarse de miradas molestas que ya nada decían, salvo posiblemente
reproches. Ella llego cinco minutos tarde, su mirada descendió sobre
el gentío y sus pupilas se posicionaron rápidamente sobre
mi,acompañadas de una sonrisa. Su pelo negro había sido aprisionado
por una cinta oscura que apenas se detectaba entre los cabellos, sus piernas
estaban aprisionadas en unos pantalones vaqueros; lamente la ausencia de
su falda de pliegues bailando entre sus muslos sólo compensada por
la presencia del pendular bolso rojo.
Descubrimos que nuestros signos zodiacales no eran
compatibles, por lo que dedujimos que la luna que nos acompaño
la noche de nuestro primer encuentro fortuito, debía estar un poco
despistada. En un restaurante italiano, de precio conveniente, a orillas
del puerto, invadidos de olor a pescado, nos sumergimos, yo en la pasta
de unos macarrones, ella en una pizza napolitana; era nuestro primer pacto
real para satisfacer nuestros distintos gustos culinarios. Al fondo seguían
existiendo, las sombras en sueños, de Paris y Dakar.
La arena de la playa se pegaba a los zapatos, humedecida
por la lluvia fina que caía, al fondo, unos graffiteros cubrían
con sus pinturas aerosoles una pared que cedía el homogéneo
gris a un arco iris multicolor. Eran los elementos que nos acompañaban,
para nosotros apenas existentes, cuando nos besamos y pudimos sentir el
aliento de nuestros cuerpos. La noche se había abonado a la soledad
de las calles, o quizás ignorase las sombras que discurrían
por la oscuridad, imbuido en el cuerpo de Pili, atrapado en su mirada,
rodeado de su aroma, introducido en el sueño de una Yamilé
que había aterrizado en la realidad convertida en Pili.
-Es la ley, es la ley, exclamo la dueña de la
pensión, una mujer en la cincuentena, entrada en unas carnes que
cubrir con una bata rosa, para exigirnos el carnet de identidad y obligarnos
a rellenar unos impresos. Aproveche la ocasión para sumergirme
en los numéricos y fríos datos del D.N.I., allí,
ni en su rostro, ni en la mirada oficial y vacía, había
rastro alguno de la sombra de Yamilé. A ella la encontré,
cuando se despojó de sus vestidos, dejo que sus cabellos recorriesen
libres por entre sus hombros y las puntas se paseasen por entre pechos
blanquecinos de rosáceas coronaciones. La pared de la habitador
estaba ausente de cualquier cuadro o fotografía revestida de un
blanco sucio amenazante y de unos muebles asépticos de maderas
pálidas y carcomidas. Nada de eso nos importaba, nos ausentamos
del lugar caminando por entre las geografías de nuestros cuerpos,
descubriendo terrenos incógnitos, hundido en las cuevas de viajes
que yo creía anunciaban momentos, de nuestros besos en Paris a
orillas del Sena, las caricias en el mercado de Kernel, sembrado de coloridos
y pieles de ébano sumergidos en el negro caos de Dakar, Con la
mirada en un teche de grietas abiertas, la pupila entre sueños,
y las manos unidas, fumamos los cigarros de nuestro paquete de tabaco,
lo único común que compartíamos. El día nos
sorprendió entre sueños, con palabras dificultosas de sonido
invertebrado, ocupando el espacio de últimos momentos. Pili tenía
que trabajar, entraba a las ocho, como cajera en un supermercado, en las
cercanías donde yo había vislumbrado a Yamilé. Con
una mirada robada mientras ella se desvestía, cace furtivamente
su espalda desnuda y nalgas sonrosadas. Mientras los tejidos cubrían
su cuerpo, Yamilé se desdibujaba y Pili comenzaba a apartarse de
mi camino.
-Le gustarais a mi madre, dije, tratando de detener
el tiempo que se me escapaba. Me miro de soslayo y dibujo en su rostro
una sonrisa triste e irónica. El ruido de la puerta cerceno definitivamente
mis sueños, sin próxima cita oficial posible, la divise
desde la ventana- Entre las gentes que acudían a la cita laboral,
Pili había vuelto a la muchedumbre, mientras Yamilé seguía
habitando en los sueños.
PEDRO ANTONIO CURTO
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