SINDICATO DE CLASE  
Sindicato de clase, glorioso
flor de las asambleas
para seguir la lucha se nutre
de brazos de madera.

Sin faltarme la gracia le digo
a la fiel militancia
han colgado el cartel de despido
en puertas de esperanza.

Sindicato de clase, glorioso
cambia tus postulados
ordena que regresen al tajo
todos tus liberados.

Así sobre el escombro y las ruinas
del movimiento obrero
volverá a tener mas sentido
llamarles compañeros

 

Aun espero que cambie tu sino
te vuelvas solidario
seas un poco mas clandestino
y mas revolucionario.

Abandona las formas pasivas
basta de compromisos
que para convocar una huelga
no hacen falta permisos

Recupera el favor de las bases
no aceptes subvenciones
para estar en la lucha de clases
hacen falta cojones.

 

 

El Obrero Cabreado

 

AMNISTÍA LA NOCHE
AMNISTÍA EN TODOS LOS RINCONES
EN LOS BUZONES DE LA COBARDÍA
EN LOS MUROS DE TODAS LAS PRISIONES
EN LOS SALONES DE LA HIPOCRESÍA

EN LAS VALLAS DE LOS GRANDES ALMACENES
EN LAS CARENCIAS DE LAS GRANDES UTOPIAS
EN LA ESPERANZA DE TODOS LOS REHENES
EN TODAS PARTES, VIENTOS DE AMNISTÍA

EN LAS PATERAS DE LOS EXILIADOS
EN EL TEMOR DE TODOS LOS GOBIERNOS
EN LAS CADENAS DE LOS CONDENADOS
EN EL LUGAR DE TODOS LOS INFIERNOS

EN EL ORfGEN DE CUALQUIER HEROÍSMO
EN EL CALOR DE TODAS LAS HOGUERAS
EN LAS CANCIONES QUE HABLAN DEL ABISMO
EN LAS PROCLAMAS LLENAS DE QUIMERAS

EN TODAS LAS REJAS ARRANCADAS
EN CADA CELDA, EN CADA IDEOLOGÍA
EN EL LENGUAJE FEBRIL DE LAS MIRADAS
EN TODOS LOS LUGARES, AMNISTÍA


ORLANDO

 

EL ALCOHOL Y LA NOCHE, ME ABREN LLAGAS
HERIDAS DE UN NAUFRAGIO SIN NAVIO
VIENE EL INFIERNO DULCE QUE ME EMBRIAGA
DESPUÉS EN LA MAÑANA SURGE EL FRIO

Y NO ESTAS TU, NI NADIE ME ACOMPAÑA
EN LA RESACA AMARGA DE LOS DÍAS
ASI LLEGA LA NOCHE CON SU SAÑA
ASI LA NOCHE AVANZA Y ME VACIA.

 

ORLANDO

EL ENCUENTRO
Érase un mundo que pudiera resultar extraño a pasadas generaciones o incluso actuales habitantes del mismo. Los medios de comunicación y locomoción ponían en contacto con remotas tierras, era posible conocer diversas culturas y trasladarse a los más lejanos países, conocer a personas que jamás se hubiesen encontrado.

La bonanza pacífica de medio siglo, (la más larga de cuantas ha conocido el Viejo Continente), hacía que muchos jóvenes europeos no conociesen el espectro bélico más que a través de relatos de sus mayores y el camino a la soñada unidad europea parecía un hecho. Pero... ¡No!. Que muchas personas no conociesen la guerra no quiere decir que no estuviesen marcadas por las cicatrices morales de la misma, que el odio desapareciese con el paso del tiempo. Muy por el contrario, desafortunadamente, se acumulaba en el rompecabezas político de los Balcanes. La región mas conflictiva de Europa saltaba como un polvorín: la Yugoslavia del veterano mariscal.

Como dijo Ernesto Sábalo: "en la historia no hay progreso, y la humanidad no aprende".
Triste y certera frase. Si la vida ha sido siempre un laberíntico camino que no sabemos a dónde nos llevará, aun en medio del desencanto, de la penuria económica, política, o de otra índole, puede surgir uno de los más sublimes sentimientos humanos: el amor. El volar de la gaviota que no debe parar de hacerlo: la de la esperanza.

La vida en la pequeña localidad asturiana transcurría tranquilamente, en una época en que tampoco la oferta de ocio era igual que la actual. Sus gentes solían ser ávidos lectores. En una pequeña librería era posible encontrar libros que tal vez sean hoy difíciles de hallar, de colosales genios de la pluma. Cuando en la ciudad había un espectáculo público también solían ser asiduos espectadores del mismo.

Y fue, precisamente, uno de esos espectáculos, (la llegada del Circo Ruso), lo que proporcionaría a Adelaida, una joven tabernera del lugar, una
inesperada vivencia. Estando una tarde en el local, entró en el mismo un muchacho que, a pesar de tener un notorio acento extranjero, hablaba nuestro idioma. En lugar de tomar vodka, como era habitual entre sus compañeros, tomó vino español y se interesó por el lugar y los pueblos limítrofes, lo que causó extrañeza a Adelaida. ¿A qué se debía que el joven tomase una bebida tan poco conocida en el otro extremo del continente? ¿Por qué se interesaba por lugares desconocidos para él, que a pesar de su aún temprana edad había recorrido tantos países?. No obstante, Adelaida, tal vez movida por su sentido de la hospitalidad, tal vez porque a pesar de acabar de conocerle, Iván -éste era el nombre del visitante- le había inspirado simpatía, le invitó a cenar aquella noche con sus padres, lo que pareció acentuar el regocijo del recién llegado y el contento de la anfitriona.

Y aquella noche, Iván acudió a la cita, abrazó a los ancianos, contempló la biblioteca, en la que había casualmente numerosos libros de autores
eslavos, y pareció sentirse emocionado de encontrar en un país tan alejado del suyo a sus ídolos literarios. A pesar de ser breve la estancia del circo en el pueblo, fue formándose la amistad entre Iván y Adelaida. Simpatizaron... O, tal vez, algo más importante y, cuando llego el día de la partida,
se despidieron con un fuerte abrazo y él le entregó una carta.

Y ¿qué decía esa carta?. En ella el confesó que tenía raíces en aquel pueblo y un lejano parentesco con ella: su madre había sido una "niña de la guerra" que siempre le habló de España y había fallecido sin ver realizado su sueño de regresar. También le confesó que esperaba reencontrarse con ella algún día. Y ¿ese día llegó?. ¡Claro que llegó!. Han sido muchos los cambios del mundo pero la antorcha del amor sigue encendida.
"Mientras halla esperanzas y recuerdos habrá poesía".

HERMINIO GONZÁLEZ

 

EL NIÑO QUE LE GUSTABA LA LLUVIA
El niño que le gustaba la lluvia lloraba de alegría cuando sentía el tintineo de las gotas en el alféizar de la ventana. Se acurrucaba en su cama, envolviéndose entre mantas disfrutando del calor y la protección.

Siempre que llovía salía corriendo a jugar al parque cercano a su casa, bien ataviado con chubasquero y paraguas. Por entre la alfombra de hojas caminaba quieto, sintiéndolo todo muy despacio, mirando de un lado para otro; permanentemente con la carne de gallina.

Sus compañeros de escuela le tenían por un poco rarito pero eso a él no le importaba. Su atención hacia los demás aumentaba según la meteorología, es decir, si hacia buen tiempo se convertía en un niño bien feliz. Por lo contrario, cuando el cielo se tornaba gris y la lluvia hacía acto de presencia, se sumergía, a fe de los que no le conocían, en una profunda depresión, no hablaba, se apagaba y vivía en un mundo interior. Sus padres, conocedores
de este comportamiento, nunca le dieron importancia y asi, el niño que le gustaba la lluvia creció entre grandes anticiclones.

Con el paso de las nubes cargadas prometedores de tormentas con rayos de felicidad y truenos de pasión, llegó a la adolescencia. En sus escarceos amorosos, el telón de fondo de sus tardes de besos y manos siempre era la lluvia. Incluso, si hacía un sol radiante, se quedaba en casa. leyendo unos
indescifrables libros sobre la meteorología, y los índices de pluviosidad del mapamundi, evidentemente, se estaba preparando para estudiar la carrera de su vida, ciencias meteorológicas, especialidad lluvias torrenciales y otras variedades. Su tesis, cum lauden, versó sobre las distintas modalidades locales de su llovizna preferida, a saber, el orbayu, chirimiri. calabobos o lluvia tonta.

Siendo profesor de la universidad, por supuesto, en el Norte de España, conoció al amor de su vida. Una compañera de profesión, especializada en lluvias tropicales. Su boda, tuvo lugar en una maravillosa mañana de abril, con sol radiante, lluvia desbocada, bajo un arcoiris triuntante, donde el arroz pertinente fue sustituido por un granizo imprevisto que colmó de felicidad a los contrayentes.

El agujero de ozono fue haciéndose más grande, y el cambio climático provocó la disminución de las precipitaciones haciendo mella en el carácter del
hombre que le gustaba la lluvia Inculcó a sus hijos su amor por la lluvia. Desde muy pequeños, adoraron las gotitas de agua y los impermeables con gorro amarillo, hasta tal punto, que sólo querían salir a jugar en los días de lluvia hechicera y monótona de domingo.

Con sus hijos ya criados y siguiendo la tradición familiar, se convirtieron en famosos hombres y mujeres del tiempo, llegó el tiempo de las bajas presiones, y la jubilación forzosa le pilló sin paraguas, ya que era tal su dedicación que nunca lo consideró un trabajo. Rechazó todas las ofertas del Inserso para viajar a Benidorm, Tenerife y la Manga. El viejo que le gustaba la lluvia se refugiaba en una tienda de campaña plantada desde hacía mucho tiempo
en un camping de Galicia, cerca de la Costa da Morte; la contemplación del paso de la vida y de la lluvia le permitía regocijarse en su andar en la cuerda de alambre entre la nostalgia más grande, la tristeza más honda y la sensación de felicidad más desconcertante.

El anciano que le gustaba la lluvia lloró de alegría cuando sintió el tintineo de las gotas en el alféizar de la ventana. Entendió la llamada. Se acurrucó en la mecedora, envolviéndose con la manta, cerró los ojos, y por el cristal interior de la ventana, resbalaron lágrimas de despedida del niño que amaba la lluvia.

En su epitafio puede leerse: "...disfruta de la lluvia con la nostalgia precisa para distinguir la belleza-".

MIGUEL FDEZ. OLLERO

 

EL PIE DEL PLACER
Me rompí el pie izquierdo. Cuando quebró, cuando escuché el sonido que deshacía la consistencia del hueso, cuando abrí los ojos y aflojé la mandíbula, fuertemente apretada antes del chasquido, yo mismo me sorprendí: el dolor que me había causado era leve, muy leve, comparado con el otro, el verdaderamente profundo, el que me estaba licuando por dentro, el que se había convertido en el sentimiento único, el que ocupaba la memoria de mi pasado inmediato, el que se hacia inconmensurable en el presente, el que amueblaría de vértices puntiagudos la antesala de mi futuro, el que, estaba seguro, me acompañaría a lo largo del tortuoso camino de la eternidad.

En un principio desterré la ¡dea, pero poco a poco, igual que el viento se cuela por una ventana entreabierta, unas veces con fuerza, otras más sutilmente, aquella corriente de pensamiento fue inundando mis habitaciones interiores hasta que se renovó por completo el aire. Entonces empezaron a complacerme las escenas que representaba en mi mente.

Siempre he sabido que el tiempo es irrecuperable, pero no se confundan, el mío no es un conocimiento almacenado sin más en alguna circunvalación perezosa del cerebro. Yo no vivo con la engañosa conciencia cotidiana de que lo que ha de llegar, lo irremediable, aún está lejano. Tampoco me consuela la creencia atávica de que algo que soy yo mismo trascenderá sin extravíos hasta el lado más perfecto del infinito. Sé que no me bronceará el sol de algún próximo solsticio, y que ningún verano tímido dará paso a un otoño glorioso.
No me sorprendo empapado en sudor ante la aterradora idea de la muerte cualquier noche desafortunada de prolongada soledad, para levantarme al día siguiente como un autómata sin memoria. Lo mió es una certeza constante, una hoguera de infelices cenizas de las que sé que no resurgirá un Ave Fénix, y por eso, porque nunca me he desentendido del miedo a la muerte, porque sé que esa Dama del Alba si me esperará, el tiempo no me empuja, no se me va sin sentir, ni se me pasa volando, no se me escapa entre los dedos. Jamás lo mato, ni lo pierdo, ni se me olvida, ni vuelvo en busca del perdido, ni cualquier tiempo pasado fue mejor, ni lo he agotado, ni le doy tiempo al tiempo. Nunca perdí la conciencia de él.

He cumplido años orquestado piano, piano, por los ochenta y seis mil cuatrocientos segundos que se desgajan de las veinticuatro horas de cada día, he alargado los minutos y las horas como una masa de hojaldre exquisito, he caminado por las semanas y los meses con rotundidad, asumiendo consecuentemente el hecho de estar vivo, no me he quejado cuando comprendí que era una sucia trampa, no he mirado atrás para no perder el tiempo envuelto en melancolías, y jamás, jamás, he tenido prisa.

Supe pronto qué parte del cuerpo me lesionaría. Necesitaba las manos y los brazos para prolongar la caricia, para recorrerla con calma por última vez. Si perdía la lucidez, anularía el goce, así que ninguna parte de mi cabeza se vio comprometida planeando la estrategia; el baúl donde guardo el corazón, el
pecho, es imprescindible para la vida, y las piernas, si quedaban inmovilizadas entorpecerían los movimientos rítmicos de amor, así me dije a mí mismo: me romperé un pie y rápidamente concluí el siniestro, el que más rabia le daría partirse al diablo.

Después de todo, pensé, existen formas de chantaje más crueles: el chantaje afectivo, la sutil puñalada del sentimiento de culpa, la infalible táctica de inspirar piedad, o de acusar, o de convertirme en una víctima ante sus ojos... No, a eso no quería recurrir, aún era un hombre integro, aunque mi integridad se fuera despellejando. Después de todo, me repetía, éste será sólo un chantaje temporal, un remanso donde estancarán brevemente las aguas.

Creo que ella descubrió mi juego desde el principio, yo me contradije al explicar cómo se había producido el accidente, pero la conozco bien, y supe que no me fallaría. Cuánta generosidad.

Dentro de un mes me quitarán la escayola. Me espera un mes de largos y tiernos cuidados, un mes extenso, desprendido, desplegado en su piel, repleto de palabras y bandejas con flores y tostadas, de periódicos y debate, un mes desmesurado y compacto, un mes de noches en código Braille donde la
mínima oscilación de su cuerpo quedará grabada en la yema de mis dedos, un mes aferrado a sus manos, un mes como una vida entera de placer, quién puede pedir más.


MARÍA JOSE RODRÍGUEZ (TOTE)

 

EL SENTIR AUSENTE  
Le faltan los cosquilleos en la garganta.
El olor del vértigo. El calor en la nuca.
Le falta el miedo. Le falta el riesgo.
La piel clandestina y el beso prohibido.

Le falta la urgencia
de cerrar los ojos para ver el cielo;
y al volver a abrirlos
tocar la certeza de la incertidumbre.

Le falta y añora aquel aire
que llenaba todo su yo perceptivo.
El pensamiento loco, incapaz, casi ajeno.
Aquel sentimiento imposible y real,
increíble, intangible,
que vivió una vez.

Le falta el sentir ausente,
el recuerdo concreto, la memoria analítica,
el sueno recurrente que nunca volvió.
El tiempo
desdibujo momentos intensos
que antes fueron suyos,
de los que ahora quedan bocetos ingrávidos.

Le falta. Y le falta la vida.
Y desea volver a sentirse,
aunque sea un momento impreciso,
agua sobre aceite en silencio explícito,
latido sin tregua,
minuto incompleto en el reloj sin tiempo,
epicentro helado del sol.

YOSE

 

BLUES AMARGO

Existen momentos
con tragos tan amargos
cuando el alcohol y la melancolía
hacen tambalear mis pasos,
que recurriría a la última prostituta sentimental.

Cuando los rostros se vuelven tan extraños
y conocidos al mismo tiempo,
cuando un resplandor de luz blanca te deslumbra,
cuando la ciudad está tan a mano como la pescadería
y es tan desconocida como el amante de un día,
cuando en los bares las gentes comen estilo barra americana
tan absurdos como concejales vestidos de pana,
cuando el vigilante escucha la radio sin guardar
madera en el muelle,
cuando al llegar a casa no encuentras ninguna señal,
sólo gestos mecánicos,
y en el buzón ni siquiera figura tu nombre,
cuando no tenemos derecho a nuestro nombre propio
y los amores están atados y abatidos como un blues.

Es entonces cuando me dejo tomar
por quien quiera esta noche:
soy un cuerpo que se vende por cuatro caricias.
Me contrato en la barra de un bar cualquiera.
Me vendo por un pedazo de ternura,
por cien gramos de romper moldes,
por un solo respiro de aire libre,
por el efecto instantáneo del placer y la amistad..

(En mi blues, añado,
no hay traficantes de ternuras
ni camellos de verdaderos placeres.
Peor que los otros,
son todavía mucho más perseguidos.)


PEDRO CURTO

 

 

LA PRIMERA PIEDRA

(Pequeño homenaje al Misterio bufo de Fo)

Imagínense ahora que yo en mi mano tengo una piedra ¿lo tienen ya? ¿Lo han imaginado?.Muy bien, Ahora imagínense que aquí a mi lado, hay una gran muchedumbre armada de piedras, esa muchedumbre de la que yo formo parte ha puesto cerco y rodeado a una pobre mujer. Estamos todos rodeándola
con piedras en nuestras manos ¿está claro?
(Informarles por si no se han dado cuenta, que todos los que formamos parte de la muchedumbre venimos prestos y dispuestos a matar a la mujer a pedradas), y es entonces cuando Él dice aquello de:

-Quien esté libre de pecado , que lance la primera piedra.

-Psss, pssss,- y todos nos volvemos para mirar quien chista- Yo, Yo mismo, ¡eh! Aquí-Y alguien agita la mano por encima de las cabezas de los demás
-. Yo estoy libre de pecado. Yo lanzaré la piedra, la primera piedra. Yo la lanzo.

-¡¡No, de eso nada, tech. No!! - niega una voz gangosa desde el fondo -a ese lo conozco yo...y creedme ,sé de buena tinta que no está libre de pecado. Si no que explique lo que hace con las ovejas de Amed, que explique lo que hace por las noches, cuando entra a hurtadillas en el corral de Amed.

-¡Qué lo diga! ¡Qué lo diga! ¡¡Bee!!¡¡ Bee!! -se mofan todos,

-¡Cabronazo!, me andas montando las ovejas- Es Amed el que grita, Amed que casualmente se encontraba entre los presentes, pero el otro, el que
había levantado la mano, presunto montador de las ovejas de Amed, ya se había escapado corriendo, así que no hubo manera de que Amed pudiera echarle la mano encima.

-Amed, vete a vigilar las ovejas, ese se fue corriendo en dirección a tu corral. Los asistentes a la lapidación estallan en chanzas y carcajadas. Y
Amed completamente humillado tiene que marcharse refunfuñando.

-Yo en cambio si que estoy libre de pecado- continua diciendo la voz gangosa- y además, soy manco.

-Que tendrá que ver eso-murmura la gente - ,pero el manco prosigue impertérrito- es a mí a quien le corresponde lanzar esa primera piedra.

-Yo soy ciego-Se oye decir- que sin duda, es bastante peor que estar manco , la lanzaré yo.

Y la muchedumbre corea al mismo tiempo

-.¡¡¡¡Aparten a ese ciego antes de que le dé una pedrada alguien, por Dios sáquenlo de ahí!!! ¡ ¡ ¡ Que le va a abrir la cabeza a quien no es!!!.

Dos chicos fornidos se ofrecen gentilmente para retirar al ciego, que mientras es llevado en volandas no para de patear e insultar a todos los
presentes.

Un anciano grazna-Después de una vida larga como la mía sin tacha ni pecado, soy yo y ningún otro quien tiene derecho a lanzar la primera piedra.


Cállate vejestorio-Grita un joven en las mismas orejas del viejo-Que mérito tiene lo tuyo viejo. Mérito lo mío, tiene mucho más valor aquel, que en pleno ardor juvenil, no consiente en pecar, que un viejo como tu , ya inapetente. Por tanto seré yo quien lance la primera piedra.

Un Sacerdote de voz chillona, decide enzarzarse en la discusión-.Como representante de la iglesia y guardián de la decencia. .Estaréis de
acuerdo queridos hermanos, En que debo ser yo el que lance esa primera piedra.

Algo más iba añadir el Sacerdote a su perorata, pero no pudo pues un desaprensivo de un puñetazo lo deja inconsciente en el suelo.

Alguien no aguanta las ganas y lanza un enorme pedrusco contra la cabeza de la pobre mujer, que sin sentido cae desplomada al suelo. Los otros,
sorprendidos, por el inesperado y hábil lanzamiento, basculan a toda prisa su carga de piedras sobre la condenada. Llueven tantas piedras sobre la mujer, que ésta queda completamente sepultada por el escombro.

A todos los asistentes a la lapidación aquel espectáculo les dejo un mal sabor de boca,

Y les aseguro que no fue por haber matado a pedradas a una pobre mujer, se sentían mal porque no había manera de saber, quien de todos ellos ,había
tirado la primera piedra.

CARLOS ARIAS CANCIO

 

MUERTE DE UNAS BOTAS

¡Malditas botas! Pensé, porque me
recordáis otros tiempos, porque estáis viejas
y porque no os quitáis de mi vista.

Siempre ahí plantadas como dos
lechugas, inservibles, como dos estúpidos
interrogantes, me hacéis una mueca cada vez
que os miro, un día de estos me desharé de
vosotras, os ahogaré en el mar.

¿Cual es vuestro destino? ¿Remover mi
pérdida y mi dolor? ¿Acaso pensáis que no voy
a poder? ¿Que no soy lo suficientemente fuerte?.

Adoptáis cruelmente la misma forma del
pie que os calzó, del que os utilizó, del hombre
que yo amaba y ya no estará jamás, os miro y
le veo a él, ¿qué os proponéis?

Mañana os asesinaré y no me pesará,
no me quedaré en el intento como otras veces,
esta vez os ganaré la partida, no flaquearé y
desapareceréis de mi vida, no retrocederé mi
vista cuando os deje abandonadas, no os miraré
por última vez, no me compadeceré de vuestro
final.

Quizás vuestro destino sea enterraros hondo
y plantar un árbol sobre vosotras, tal vez así
sirváis para sostener algo que de verdad tenga
vida propia y crezca.

Si, creo que ese será vuestro destino, seguramente
las raíces de mi árbol variará de forma definitiva
vuestra postura, serviréis de cobijo a la primera
semilla y, aunque no os guste, a mi me hará feliz.

Con el tiempo moriréis lentamente estranguladas por
las raíces de mi árbol y lo llamaré LIBERTAD, VICTORIA
o simplemente CIPRÉS.


ASUNCIÓN POSTIGO

 

 

NI EN DAKAR, NI EN PARÍS, HABITA YAMILE
Quizá fuera por que por la tarde había huido sin esperanza, la noche se presentaba con un tamiz gris de tiempo perdido, porque era necesario agarrarse al acero ardiente de una última posibilidad. Necesitaba sacarla del campo de los sueños, dejar de dibujarla en el cristal de la trasgresión que nunca se traspasa, sentir su aliento y no el aroma imposible de lo ausente.
Yamilé viajó de la ciudad que no existe en una isla perdida, para tomar el cuerpo de una Pili entonces ciudadana de la muchedumbre. La vi moverse entre
la gente, su bolso rojo como un péndulo de juguete, el tejido de su falda bailando entre las piernas. Posiblemente tendría un camino circunstancial o cotidiano, tomaría alguna calle que la llevase a algún punto determinado, que posiblemente me sería ajeno. Decidí tentar a la suerte y perder en la ceremonia del juego, si ella se adentraba en la parte más alta de la calle o torcía a la izquierda y marcaba un punto equidistante de mi camino, abandonaría el juego que me había marcado a mi mismo.
Cuando ella cogió el autobús, rompí las reglas del Juego, al fin y al cabo mi camino no tenía ni rumbo determinado, ni meta a la que llegar, las arañas mordían demasiado, el calambre me había crispado en ese segundo cuando Yamilé subió al autobús y el vacío era la única alternativa al absurdo surreal. Me negué a pensar, bastaba saber que la seguía viendo, su bolso rojo, el pelo negro que le temblaba sobre los hombros, los pliegues de su falda descansando sobre sus muslos, las elevaciones pectorales marcando suaves ondulaciones tras la tela de un blanco suéter, y esos ojos, tras los que había una selva de mundos desconocidos en los que Yamilé me invitaba a entrar aunque aún Pili no lo supiese. Porqué de ninguna manera, el rostro de la mujer que se reflejaba en el cristal de la ventana podía llamarse Pili, así como tampoco podía llamarse Yamilé la chica sentada frente a mi sin mirarme,
con los ojos perdidos en el hastió de ese interregno en el que todo el mundo parece consultar una zona de visión que no es la circundante, salvo
los niños que miran fijo y de lleno las cosas hasta el día en que les enseñan a situarse también en los intersticios, a mirar sin ver con esa ignorancia
civil de toda apariencia vecina, de todo contacto sensible, cada uno instalado en su burbuja, alienado entre paréntesis, cuidando la vigencia
de mínimo aire entre rodillas y codos ajenos, refugiándose en el periódico, aunque casi siempre como Pili, unos ojos situándose en el hueco entre
lo verdaderamente mirable, en esa distancia neutra y estúpida que iba de mi cara a la del hombre centrado en el periódico. Un golpe de frenos hizo temblar el bolso rojo en los muslos de Pili, tal vez sólo el hastío le movía la mano hasta el mechón negro cruzándole la frente. Fueron sólo tres o cuatro segundos de quietud entre frenazo y arranque, pero en ellos el hombre cuyo rostro estaba sentado frente a Pili, se difumino en el cristal y captó la sonrisa dibujada de ojos brillantes que Yamilé le ofrecía en el vidrio. Cuando Pili se enderezó de una sola y limpia flexión de su cuerpo, cuando la vi de
espaldas entre dos pasajeros, creo que busqué todavía absurdamente el rostro de Yamilé en el cristal ennegrecido. Salí como sin saberlo, sombra pasiva de ese cuerpo que bajaba hasta la calle, hasta despertar a lo que Iba a venir, a la doble elección final cumpliéndose irrevocable. Ya era de noche y el aire estaba helado, bajo la llovizna, la silueta de Yamilé recorría el camino de Pili en un barrio del que yo era extranjero de sus calles con rápidas frases como un cincuentón desesperado. Le hable de su pelo negro que anidaba libre sobre su cuerpo y caía sobre sus hombros, el mechón que fluía móvilmente en su frente, la falda de pliegues bailando entre sus muslos, su mirada de ojos abiertos que discernía con curiosidad cuanto le rodeaba, del bolso rojo
sometido al movimiento del péndulo. La había sonreído no por donjuanismo, ni en la búsqueda de ligue fácil, por nada en particular y en busca de todo. La química o las feronomas se habían puesto en funcionamiento, posiblemente porque las arañas mordían demasiado en una tarde gris, la convertí en ser de esa mujer que dibujaba en mis versos, pero que nunca se paseaba por mis caminos de soledades. Ella sonrió y un destello de luz asomo en sus pupilas, se situó a medio camino de la intersección entre negación y duda; aquella posibilidad mínima me invadió de goce, de la extraña felicidad del caminante que se encuentra la posibilidad de un tesoro cuando corre desesperado por caminos desconocidos. Cuando la madrugada se aproximaba, convertidos en últimos clientes del bar que apagaba sus luces, aproximamos confidencias y fuimos abandonando anónimas existencias. Fumábamos la misma marca de cigarrillos, nos gustaba el café con locura, discrepábamos en política, aborrecíamos la telebasura y la invasión futbolística, nos reíamos con la prensa rosa, nuestra película favorita era Casablanca. entre los dos acumulábamos más de una veintena de visiones. Hablaba francés y se rió cuando e dije que así podríamos recorrer el África negra, llegamos a un pequeño pacto, pasaríamos antes por Paris, aunque yo le dije que nuestro encuentro definitivo sería en las negras calles de Dakar. Las luces apagadas, el silencio y la mirada inquisitiva del camarero nos indicaba que aquella primera cita inesperada y furtiva tocaba a su fin. Me dejo acompañarla hasta el portal de su casa, caminamos despacio robándole tiempo a la noche, nos invadieron unas últimas frases y el silencio de nuestras pisadas, finalmente pactamos un próximo encuentro, este oficial y ya reglamentado. Camine sin rumbo, casi flotando en la ilusión: una hora después de abordar calles sin destino, me percate de que estaba perdido en aquel barrio del que desconocía cualquier camino de salida. Fui puntual, posiblemente demasiado, quince minutos antes de la hora convenida, la cucharilla removía el café con nerviosismo y el azúcar se disolvía
rápidamente en el liquido negro- A aquella hora, algunas madres se enzarzaban en una tertulia de frases sin rumbo acompañadas de infantil griterío recién liberado del colegio, una partida de cartas unía soledades compartidas y un matrimonio veterano ojeaban la prensa para liberarse de miradas molestas que ya nada decían, salvo posiblemente reproches. Ella llego cinco minutos tarde, su mirada descendió sobre el gentío y sus pupilas se posicionaron rápidamente sobre mi,acompañadas de una sonrisa. Su pelo negro había sido aprisionado por una cinta oscura que apenas se detectaba entre los cabellos, sus piernas estaban aprisionadas en unos pantalones vaqueros; lamente la ausencia de su falda de pliegues bailando entre sus muslos sólo compensada por la presencia del pendular bolso rojo.

Descubrimos que nuestros signos zodiacales no eran compatibles, por lo que dedujimos que la luna que nos acompaño la noche de nuestro primer encuentro fortuito, debía estar un poco despistada. En un restaurante italiano, de precio conveniente, a orillas del puerto, invadidos de olor a pescado, nos sumergimos, yo en la pasta de unos macarrones, ella en una pizza napolitana; era nuestro primer pacto real para satisfacer nuestros distintos gustos culinarios. Al fondo seguían existiendo, las sombras en sueños, de Paris y Dakar.

La arena de la playa se pegaba a los zapatos, humedecida por la lluvia fina que caía, al fondo, unos graffiteros cubrían con sus pinturas aerosoles una pared que cedía el homogéneo gris a un arco iris multicolor. Eran los elementos que nos acompañaban, para nosotros apenas existentes, cuando nos besamos y pudimos sentir el aliento de nuestros cuerpos. La noche se había abonado a la soledad de las calles, o quizás ignorase las sombras que discurrían por la oscuridad, imbuido en el cuerpo de Pili, atrapado en su mirada, rodeado de su aroma, introducido en el sueño de una Yamilé que había aterrizado en la realidad convertida en Pili.

-Es la ley, es la ley, exclamo la dueña de la pensión, una mujer en la cincuentena, entrada en unas carnes que cubrir con una bata rosa, para exigirnos el carnet de identidad y obligarnos a rellenar unos impresos. Aproveche la ocasión para sumergirme en los numéricos y fríos datos del D.N.I., allí, ni en su rostro, ni en la mirada oficial y vacía, había rastro alguno de la sombra de Yamilé. A ella la encontré, cuando se despojó de sus vestidos, dejo que sus cabellos recorriesen libres por entre sus hombros y las puntas se paseasen por entre pechos blanquecinos de rosáceas coronaciones. La pared de la habitador estaba ausente de cualquier cuadro o fotografía revestida de un blanco sucio amenazante y de unos muebles asépticos de maderas pálidas y carcomidas. Nada de eso nos importaba, nos ausentamos del lugar caminando por entre las geografías de nuestros cuerpos, descubriendo terrenos incógnitos, hundido en las cuevas de viajes que yo creía anunciaban momentos, de nuestros besos en Paris a orillas del Sena, las caricias en el mercado de Kernel, sembrado de coloridos y pieles de ébano sumergidos en el negro caos de Dakar, Con la mirada en un teche de grietas abiertas, la pupila entre sueños, y las manos unidas, fumamos los cigarros de nuestro paquete de tabaco, lo único común que compartíamos. El día nos sorprendió entre sueños, con palabras dificultosas de sonido invertebrado, ocupando el espacio de últimos momentos. Pili tenía que trabajar, entraba a las ocho, como cajera en un supermercado, en las cercanías donde yo había vislumbrado a Yamilé. Con una mirada robada mientras ella se desvestía, cace furtivamente su espalda desnuda y nalgas sonrosadas. Mientras los tejidos cubrían su cuerpo, Yamilé se desdibujaba y Pili comenzaba a apartarse de mi camino.

-Le gustarais a mi madre, dije, tratando de detener el tiempo que se me escapaba. Me miro de soslayo y dibujo en su rostro una sonrisa triste e irónica. El ruido de la puerta cerceno definitivamente mis sueños, sin próxima cita oficial posible, la divise desde la ventana- Entre las gentes que acudían a la cita laboral, Pili había vuelto a la muchedumbre, mientras Yamilé seguía habitando en los sueños.

PEDRO ANTONIO CURTO

 

PALABRAS CONTRA LA BESTIA (I)
Soy un negro.

Fui negro bajo la
dominación del César.
Edifiqué las pirámides,
los castillos y los rascacielos.

Soy un negro como una
noche sin luna.
Mi sangre fertilizó
las llanuras de la egoísta
Europa.

Me fatigué en las
plantaciones,
las fábricas de los
colonos y de los
yanquis.
Soy un negro que
siempre se acordará
de sus innumerables
cadenas.

 

Sufrí en el Congo
en Mozambique, en Angola,
las balas del colonialismo y del
imperialismo,
fracturaron mi cráneo y desgarraron
mi corazón.

Soy proletario caído delante de su
tugurio en Santo Domingo,
en Argelia y en el Vietnam...

Soy un negro orgulloso que levanta
sus puños contra la opresión.

No canto más,
grito.

Cuando los niños mueren de hambre,
No quiero saber su es bella la luna,
Si la flor tiene exquisito perfume.
No canto más;
Lanzo gritos rebeldes.


KONAN KOUAMÉ

 

PALABRAS CONTRA LA BESTIA (II)

Europa fue la cuna del capitalismo y el niño ése,
en la cuna. lo alimentaron con oro y plata del Perú, de
México. Bolivia. Millones de americanos tuvieron que
morir para engordar al niño, que creció vigoroso,
desarrolló lenguas, artes, ciencias, modos de andar, y
de vivir, más dimensiones de lo humano.

¿Quién dijo que la cultura no tiene olor?

Paso por Roma, por París, bellísimas. En vía del
Corso y BulmÍsh huelo de pronto a taino devorado por
perros andaluces, a orejas de ona mutilado, a azteca
deshaciéndose en el lago de Tecnochitilán, a inquita
roto en Potosí, a querandí, araucano, congo, carabalí,
esclavizados, masacrados.

No oleis a viejo. Europa.

Oleis a doble humanidad, la que asesina,

la que es asesinada.

Pasaron siglos y la belleza de los vencidos pudre
tu frente todavía.

JUAN GELMAN

 

SE HA CANSADO EL ÁRBOL DE VIVIR DE PIE

Se ha cansado el árbol de vivir de pie.
Respiraba tan ufano y erguido
que la espalda le duele

al infinito...

y volver.
El paso del tiempo

le va encorvando inexorablemente
como a un viejo de carcomidos huesos.

Yo creo

que pretende terminar sus días
recostando en su longitud sobre la hierba.

Mi árbol preferido se siente solo,
y sin embargo,

el mundo

revienta a su costado en multitud de versos,
que no consiguen
introducirlo

en un solo

poema.
Se niega, se evade,
no quiere ser verso,

no se considera suficientemente bello.
Y yo te aseguro que sí lo es.
Es el árbol más bello

de todos los que pueblan el mundo vegetal,
porque lo planté yo
el día que nacieron los poemas
en mi libreta de rojas tapas plastifícadas
y blanca espiral.

Mi pequeño árbol es el más joven del

extenso jardín.

Más que los manzanos

y los perales
pero parece el padre de todos ellos.
Y se siente sólo, a pesar
de parir docenas de limones
(que nadie quiere, a no ser
para aromatizar el te,
de vez

en cuando).

Está cansado. Yo lo noto, y
puedo decirte en qué:

Sus hojas ya no reflejan el verdor de an
están como apagadas,
parecen los fantasmas de las antiguas hojas,
y las descoloridas sábanas

cuelgan perezosas
de cada rama de blando chocolate.

Se caen al suelo por su propio peso
los grandes frutos de piel gruesa y aspe
Y allí se pudren,

porque nadie

los quiere;

son tan amargos...
que todo el mundo prefiere las naranjas.

Secretamente, el árbol llora,

al ver así despreciados a sus hijos del ali

Pero yo, no,

yo nunca lloraré,

simplemente,
me arrugaré ante las palabras,


porque antes que llorar,
prefiero abandonarlas, y olvidar que las amé
...tanto.

Adoré mis palabras tan sólo por ser mías.

Pero ¡qué extraño!

hoy las encuentro ajenas.

Fíjate en mis palabras,

hoy no se yerguen, como antes,

orgullosas,

han sido abducidas

por los poetas libres.

Mi árbol fue semilla de un amor blindado,
y se impulsó con la fuerza de ese amor
blindado.
Pero el amor
le abandona a veces,
tal vez por propio deseo,
por no aguantar su diabólico peso
que le hace retorcerse,
y doblegarse,

y sucumbir.

Tal vez tú me comprendas,

tú que todo lo esperaste

y ya no esperas nada.

Que plantaste

tu propio árbol de palabras, como una

continuidad

de ti.
Y que ahora, te imita.
(O quizá es que se contagia
con el leve toque de tu cansada mano).
Y ves en él

el reflejo de tu propia cara,
de tu espalda inclinada hacia delante,
del propio movimiento de extenderte
en la cama para poder dormir.
(Por que en los sueños,

ah,

en los sueños,
siempre serás el personaje
más importante).

Llegará un día

en que mi árbol se extenderá
sobre el prado verde y amarillo.
Su base,

doblada hasta lo imposible.

(¿Le dolerá?)
Unas ramas aplastadas contra el suelo,
otras mirando al sol
desde una perspectiva vertical.
Tal vez entonces

la vida se le antoje más hermosa.
Pero, ¿cómo podrá

levantarse de nuevo si así lo desea?
Seguramente, nunca
ha pensado en esta posibilidad.
Si, ya lo sé,

se supone que los árboles no piensan.
Pero el mío si,
porque mi árbol nació de un pensamiento.

Ahora,

la tierra que lo sustenta, es

insuficiente,
y va en dirección contraria
al muro que le da sombra

por las mañanas.
Se aleja...se aleja...
y el muro empieza a añorarle.
Y aún le queda tanto por crecer...

Está tan solo, y es tanto

lo que desea no estarlo,

que cuanto más desea compartir el mundo,

más le duele,

y más desea que una lluvia de mar

le pudra las

vulnerables

entrañas.

Está cansado,

igual que los poemas

que tengo en la cabeza.

Parece

que les cuesta un esfuerzo colosal

asomarse a mi bolígrafo.

Y se tuercen con el paso del tiempo,

como mi árbol,
y yo sospecho que, como él,
quieren morir.


YOSE

 

 

DONDE SOMOS, ÉRAMOS YA PERDIDOS

Donde somos, éramos ya perdidos:
corazón y alma para siempre
como ola que no regresa de la playa
como alma que anclada dejo al fin de amar
Éramos donde era infinito nuestro amor
pero donde somos fuimos como huellas poco marcadas
y fuimos como piratas encontrando cofres vacíos
y teníamos manos ansiosas que al final desaparecieron en el olvido
No somos lo que fuimos sino que somos con el pesar de lo que fuimos.
Ahora mi corazón sufre el eclipse de sentimientos, de mirar,
como una fina brisa balsámica se hacen lentos los latidos.
Ahora mi corazón sufre el eclipse de todos los astros,
y sin luz tropieza en las aceras grises tan exasperantes
pero instintivamente no se agarrará a nadie
porque no somos lo que fuimos
y lo que fuimos nos involucra más con la vida que el ahora
los cimientos del ayer es el ahora
y el ayer necesita un tribunal, una justicia
siempre es un reo, con él aprendimos a silabear la palabra futuro
con poco entusiasmo, como alumnos rebeldes
suena tan hueco silabear FU-TU-RO
y sobretodo silabear EN-GA-ÑO-SO


MUSIDOR

 

SUICIDA EN EL VIADUCTO
Me llamo Marta, tengo cuarenta y cuatro años, soy profesora de matemáticas sin vocación, no tengo hijos, vivo sola. bueno, con mi perro, pero no me hace caso. No tengo demasiados amigos, por no decir ninguno, y no estoy enamorada.

Estoy sentada en la barandilla metálica del viaducto, que pasa atravesando una autopista de ocho carriles en ambos sentidos con tranco Huido, aunque escaso. Hoy es domingo, son las ocho menos diez de la mañana- La cuidad duerme, y hoy es el fin del mundo. Al menos, para mi. Voy a saltar.

Justo cuando estoy pensando en que a esta hora no vendrá el pesado de turno a convencerme de que no lo haga. que la vida es bella, que soy joven y bonita, y que todo es según el color del cristal con que se mira. veo a lo lejos llegar a cuatro mujeres caminando en fila india.

La primera es una niña de pelo liso, rubio, y aspecto timido. Me sorprendo al comprobar que no
es ninguna niña desconocida : soy yo cuando tenia ocho años.

La segunda también soy yo. pero con dieciocho años. cuando quería comerme e! mundo. La tercera también soy yo. con veintiocho años. Y la cuarta, yo con treinta y cinco. Ni siquiera me miran, se sientan todas en la barandilla del viaducto por orden cronológico, es decir, primero Marta, de ocho anos. y por último yo. Ahora somos cinco suicidas en el viaducto.

- No pretenderás irte sin nosotras - me espeta Marta, de veintiocho anos. La miro sorprendida.

- Si saltas, saltaremos todas contigo. Tú no eres la única que se va de este mundo. Nosotras no tenemos mas remedio que irnos también - dice Marta, de dieciocho.

Comprendo que tienen razón. Si yo me suicido, todo mi pasado se suicida conmigo. Ellas también van a morir. Miro a Marta de ocho años. Quería ser monja, lo recuerdo. Quería ser buena, y ayudar a los negritos de África. Quería dar su vida a los demás. Ella me mira con tristeza.

Marta, de dieciocho, me recuerda cuando mi cuarto se me quedaba pequeño, y el mundo estaba lleno de lugares que visitar, de personas que conocer. Y cada día. mi vida empezaba de nuevo. Me da pena ver que ahora va a saltar al vacío. Ese no es su estilo.

Sin embargo. Marta de veintiocho era ya mas responsable- pero también sabía lo que quería. Quería ser una mujer libre, cuidar de si misma, encontrar a un hombre que la valorase en su justa medida, tener hijos que se pareciesen a ella. Quería sentir.

Pero la Marta de treinta y cinco me recuerda a mi misma, como soy ahora. Ya no quiero ayudar a nadie, porque a mi nadie me ha ayudado. Ya no quiero comerme el mundo, me moriría de indigestión. Ya no quiero tener mas hombres a mi lado, porquecon todos me he sentido sota. Ya no quiero tener hijos que se parezcan a mi. pobres infelices. Ya no quiero vivir.

- Voy a saltar. Ya lo he decidido - les anuncio.

Miro hacia abajo. Hay unos veinte metros, así que me moriré seguro. Miro al cielo, y ni siquiera hoy e) sol ha salido a despedirme. Cierro los ojos. Es el momento.

Pero vuelvo a abrirlos, y las miro a todas, con sus ojos cerrados, con mi misma postura, y me dan pena. Ninguna quiere morirse.

Además, mi idea no era esta. Era morir sola y desamparada, y no en un vulgar suicidio colectivo en el viaducto. Ya no me apetece saltar.

Así que me levanto ante la atónita mirada de las cuatro, y les digo: - No sé vosotras, pero yo tengo hambre. ¿Queréis desayunar?.

EVA MARIA ALVAREZ SOUSA