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Solo cuando contempló la camisa ensangrentada
de su hermano colgada en lo alto de su casa como si fuese la bandera que
representaba la estirpe familiar, tuvo conciencia de que Besian había
muerto. Lo demás se le asemejaba a una representación; la
noticia del asesinato, la traída del cuerpo por una comitiva a
la que su padre recibió preguntándole: "¿Qué
me traéis, herida o muerte?", la petición y concesión
de la besa" de veinticuatro horas y el velatorio del cadáver
con una cena donde entre sus comensales estaba el propio asesino, le parecía
algo situado en esa realidad de la que oyese hablar en su infancia creyendo
que no pertenecía a su mundo, sino a las imágenes que un
niño crea leyendo un cuento. Pero aquel cuento representaba la
historia de su familia desde hacía ya más de setenta años,
donde los Kristaq se enfrentaban a los Kryequie, y los varones heredaban
el deber de matar a un miembro de la otra familia cuando alguien de la
suya caía. Era el Kanun, la "ley de la sangre", esa no
escrita en ninguna parte, que no regia en estado alguno, pero que era
tan inexorable y firme como si sus dictámenes estuviesen grabados
en oro y contenidos en el más sagrado de los templos. Por aquella
ley, dos espacios rectangulares en el cementerio estaban cubiertos por
tumbas identificadas con los apellidos Kristaq o Kryequie. Se situaban
una al lado de la otra, pareciendo que en la eternidad quisiesen seguir
vigilándose. En su infancia contemplaba aquellas losas como si
se tratase de uno de esos misterios que formaban el mundo de los adultos.
Le eran inexplicables las fechas -tan lejanas algunas- los nombres y aquellas
historias de darle la vuelta al cadáver o "el mal de la sangre".
Cuando todo aquello se le fue desvelando con el paso del tiempo, le pareció
que aquel mundo de misterios escondía un universo de tinieblas.
Pero Zorak siguió ignorándolo. Le gustaba su pueblo de pequeñas
casas colgadas en la falda de la montaña, la embriaguez en que
le sumía el raki", los bailes de las fiestas y las sonrisas
con que respondían algunas jóvenes a sus ávidas miradas.
Era vida, simplemente vida, como el llanto de un niño, la sonrisa
de la tierra, su tierra. Pero tam- bién pertenecían a aquel
lugar, las tumbas del cementerio, de los Kristaq y los Kryequie.
Y la sangre avanzaba hasta atraparlo. Lo supo cuando
Ramit Kryequie fue abatido en un lejano paraje; su hermano Besian entró
en casa con las manos machadas de sangre y el supo que había entrado
un cadáver. Ahora su camisa ensangrentada esperaba la mano vengadora
que la ley del Kanun exigía. Una mano que no era otra que la suya;
el río de sangre inundaba todo su ser. Su aldea seguía teniendo
casas colgadas en la falda de la montaña, niños que jugaban,
llantos infantiles, jóvenes risueños, madres amamantando
a sus hijos, la tierra dando frutos...Pero él era Zorak Kristaq
y estaba obligado a matar a Zef Kryequie, asesino de su hermano, o en
su sustitución, a cualquier otro hombre del clan.
Tras la primera besa de veinticuatro horas, concedida
por la familia del asesinado, la al- dea permitió una besa de treinta
días; durante ese tiempo no se podría seguir la ley de la
sangre. Zorak respiró aliviado, como si aquella tregua lo que realmente
respetase fuese su vida. Sin embargo las miradas de su familia eran pupilas
que clamaban odio, se mascaba la venganza en silencio. Por eso solía
marchar a un valle situado a espaldas del cementerio y desde aquel lugar
miraba los altos picos de la montaña donde la cima parecía
confundirse con el cielo. Allí creía ver, en la lejanía,
a la loba de las nieves, aquel ser parido por una perfidia. Zorak recordaba
cuando aquella era simplemente la joven Dajna. Una muchacha de cabellos
oscuros y cuerpo frágil, con una mirada inquieta que parecía
estar repleta de preguntas. Un día le llegó una cita que
venía marcada desde su nacimiento: el de su matrimonio acordado
con un hombre poderoso. Y posiblemente ella se pregunto por qué,
al igual que ahora su mano temblaba esperando la hora en que debía
cumplir la ley del kanun. La familia de Dajna había dado su besa
y gracias a ella obtuvieron concesiones económicas del futuro marido.
Pero ella no, su palabra no estaba comprometida, no existía promesa
alguna que la obligase a compartir el lecho de aquel hombre que apenas
conocía. Una noche, antes de su boda, marchó a la montaña.
A los pocos días se organizó una partida para buscarla,
miembros de una y otra familia participaron en ella, su propio padre empuñaba
un fusil. Era primavera, el campo estaba florido, lucia el Sol, en apenas
unas horas la hallarían por más que se ocultase en algún
lugar de la montaña. Cuando la partida se aproximaba a la cima,
el Sol se ocultó entre las nubes, el cielo azul se volvió
gris, la temperatura descendió bruscamente, un desagradable aire
se levantó y unos gruesos copos de nieve comenzaron a caer. Los
prados verdes se cubrieron de un tapiz blanco y los hombres apenas podían
caminar enfrentados a una helada ventisca que cada vez era más
fuerte. Extrañados por aquel brusco cambio de tiempo tuvieron que
retroceder y cuando lo hacían contemplaron asombrados que en la
cima más alta, una mujer con los cabellos negros al viento y vestidos
blancos que se confundían con la nieve, bailaba un vals solitario
y libertino.
De aquel extraño suceso se habló en la
aldea hasta convertirse en el tema principal de conversación; pero
se hacía entre murmullos, nadie se atrevía a admitir aquel
poder casi mágico de alguien que hubiese violado una besa. Esa
misma disposición a no admitir que una simple muchacha de dieciséis
años no se sometiese a la palabra dada, les llevo a organizar una
nueva partida. Y otra vez, volvió a suceder. Una copiosa nevada
atrapo a los hombres en la montaña y cual si fuese un animal salvaje,
la ventisca soplaba en dirección al valle obligándoles a
bajar y a sus espaldas, aquella débil muchacha de dieciséis
años, bailaba entre las nieves. En el Otoño, se organizó
una nueva partida. Eran un puñado de hombres encabezados por el
pretendiente despechado. En esa ocasión la nevada fue tan fuerte
que los perseguidores no podían subir, ni bajar; cada cual se refugió
como pudo, tras una piedra, entre las zarzas...Y ante sus ojos atónitos,
la joven Dajna empezó a u t bailar sobre la cumbre nevada. Está
vez no era un vals, sino un baile nupcial, aquel que debía haber
bailado en su boda, con el pañuelo blanco en su mano dere- cha,
aquel tejido que habría servido para comprobar su pureza. El hombre
destinado a ser su marido no pudo soportarlo más, ya no solo incumplía
la besa, sino que la desafiaba y enrabietado, avanzó hacía
la cima desoyendo las voces de quienes le señalaban que era una
locura. Alcanzó la cumbre y enfurecido se abalanzó sobre
ella, que lo esquivo con su baile, provocando su caída sobre la
nieve, una y otra vez. Cada vez se enfurecía más y fue su
propia rabia, la que provocó el golpe de su cabeza contra una piedra.
De su frente empezó a manar un torrente de sangre y de rodillas
se acercó a ella que le beso en la herida y limpió la sangre
que inundaba sus ojos. El hombre se derrumbo en la nieve, inerte y, ella
bailaba una sensual danza mientras el pañuelo ensangrentado, en
su mano izquierda, salpicaba con gotas rojas su traje blanco. Cuando la
nevada amainó, regresaron a la aldea y su propio padre, dio nombre
a aquella leyenda cuando dijo: "No he tenido una hija, mi mujer parió
una loba".
El plazo de los treinta días fue agotándose
y Zorak esperaba el final de la tregua como si el condenado a muerte fuese
él. El clamor de la venganza era cada vez más fuerte, estaba
en los rincones, se escondía bajo las camas, saludaba en cada ruido
y se anunciaba en las miradas, como si la camisa ensangrentada fuese un
manto que envolviese a la ca- sa y sus moradores. El último de
los treinta días marchó al valle situado detrás del
cementerio y allí, sin saber muy bien por qué, empezó
a subir a la montaña. Le sorprendió la noche a medio camino
e intento bajar, pero la oscuridad estaba contenida de ruidos, de trampas,
como las de unas pisadas que oía cada vez más cerca, creyó
que se trataba de lobos, y presa del pánico empezó a correr
hasta que exhausto, se derrumbó sin sentido.
Zorak se despertó en una cueva y sintió
a su lado el crepitar de un pequeño fuego.
-¿Estas bien? Has dormido durante mucho tiempo, parecía
que traías un tormento en tu interior- le dijo una mujer de cabellos
lacios, largos y negros, rostro de suaves facciones y un cuerpo leve envuelto
en un sencillo vestido.
-Te imaginaba de otra forma- le dijo Zorak como quien estuviese ante una
revelación.
-¿Cómo?, soy Dajna, tu me has conocido, nos conocemos desde
que éramos niños.
-Es verdad, pero lo que ha pasado este tiempo, ya sabes...la loba-y ella
rió.
-La loba la han creado ellos, yo simplemente soy Dajna, una mujer.
-Sí, pero no todas las mujeres hacen que se arrodille y muera el
hombre al que están destinadas.
-Yo no lo maté. Fue la misma ley por la qué me compró
para ser su mujer, la que lo hizo.
-¿Es cierto que ocurrió como cuentan?- Dajna se levantó
y se alejo de él, le dio la espalda balanceando sus cabellos sobre
sus hombros desnudos. El fuego bañaba su piel y ella bajo su rostro,
como si aún fuese una de aquellas muchachas cuyas pupilas no se
atrevían a mirar de frente a un varón.
-¿Tú que crees?-le preguntó volviendo la cabeza y
mostrando un rostro contenido de todas las posibilidades.
-No lo sé, esta tierra está llena de muertes, venganzas...A
veces siento que caen sobre mi como una losa.¿Sabes que estoy obligado
por el kanun a matar a Zef Kryequie?
-Si, lo sé, los ojos de una loba pueden verlo todo desde aquí.
-¿Qué puedo hacer?
-¿Quieres matar a Zef Kryequie?
-No, apenas lo conozco.
-Pues esa debe ser tu besa, tu autentica besa.
-Pero sería traicionar a mi familia, manchar su apellido.
-La única mancha es la sangre que vienen derramando los Kristaq
y los Kryequie. Tu eres Zorak.
-Sí, pero soy de aquí, donde el Kanun ha sido ley desde
tantas generaciones que se pierden en el tiempo.
-Yo también pertenezco a este lugar, sin embargo, soy la loba.
-Pero una loba es una amenaza para la gente de la aldea donde ella este.
Además, siempre estará perseguida como lo estas tu.
¿Por qué no te marchas?¿Por qué no huyes de
aquí?
-Una loba nunca huye- Dajna se aproximó a él y se sentó
a su lado - ataca o muere. El aullido del lobo produce miedo, las gentes
cierran las puertas de sus casas, ponen cercas a los sembrados y hacen
batidas contra él. Pero el autentico aullido es la fiera que ellos
llevan dentro; todas las gentes, en todos los lugares, en todos los tiempos,
necesitan un monstruo al que poder señalar con el dedo, al que
dar caza. Yo soy la loba y necesito de este lugar tanto como este lugar
me necesita. El me ha parido, el me ha creado y a él me debo. Esa
es mi besa, mi autentica besa. Zorak llevaba varios días en la
guarida de la loba. Comía carne de conejo y pequeños animales
que ella cazaba, así como frutos silvestres del monte. Por las
noches dormía mientras la pequeña hoguera se consumía
hasta convertirse en brasas humeantes. Era entonces, entre el humo que
salía del fuego apagado, cuando miraba a la mujer durmiendo; su
respiración era leve y sus párpados cerrados temblaban como
pergaminos nerviosos. Sumergida en el sueño, realizaba algún
movimiento brusco, parecía un animal asustado, pero también,
un ser que tuviese un mal atormentándole en su interior. Comprendió
en aquel momento que existe un animal indefenso en toda fiera y que aún
en la montaña, el hombre no puede liberarse de las costumbres y
normas que han formado su ser.
Por la noche, en la cueva, oía en el exterior
las pisadas de animales, como aquellas que le hicieron huir asustado,
pensó que se trataba de una manada de lobos que los protegian y
una mañana se lo preguntó, Dajna le respondió: "La
montaña es como una madre que protege a los seres que se refugian
en sus entrañas. Unas veces puede ser con pisadas de lobo, otras,
con ventisca y nieve". Aquella misma noche, mientras el fuego seguía
mostrando sus llamas rojas y azules, Dajna, vestida con ropajes blancos,
se aproximó a él y besándole en la frente, le pregunto:
-"¿Has estado ya con alguna mujer?" Zorak enrojeció
y sintió punzadas que recorrían todo su cuerpo, aunque quisiese,
sabía que no podía mentirle, extendió el brazo, acarició
sus cabellos y su mano trato de arrancarle el vestido; ella le detuvo.
Lo arrastro hasta el fuego y acerco su brazo a la llama hasta que esta
alcanzó levemente su piel, e hizo que la retirara instintivamente.
Pero ella le miró con ojos fieros:era la loba y no le quedaba mas
remedio que aproximar su carne al fuego. Sintió el calor punzante
de la llama, atrapo la lengua entre los dientes para amortiguar el dolor
y avanzó aún más, se dispuso a que su brazo fuese
rodeado por las llamas, pero Dajna lo aparto.
-La llama debe rozarnos, hacernos sentir su fuerza, pero nunca debemos
dejar que nos tome, nos someta -le dijo besando aquel lugar donde el fuego
había lacerado la carne y provocó que Zorak se estremeciese
entre dolor y placer.
Hicieron el amor sobre el suelo, como los animales, pero las caricias,
las búsquedas, el encuentro de los cuerpos, se hallaba allí
donde hombres y mujeres han navegado en los mares del misterio y la unión
de los amantes es la fusión de los seres diversos que somos. Pero
la unión es un tiempo limitado, sobre todo, si es autentica. Y
Dajna se apartó de él, de sus ojos empezaron a caer lagrimas
que bañaron sus mejillas.
-¿ Por qué lloras?-le preguntó, pero ella no le respondió.
Le cogió de la mano y salieron al exterior de la guarida. Zorak
esperaba ver la manada de lobos, animales tranquilos pero vigilantes y
dispuestos al ataque ante cualquier amenaza que acechase. Sin embargo,
no, no había lobos.
-¡Golondrinas!-exclamó asombrado.
-Sí, esas son tus pisadas, eso es de lo que huiste.
Dajna enseño a Zorak los secretos de la montaña
y la manera de sobrevivir en ella. Trampas para animales, descubrir madrigueras...y
un pequeño pasadizo que iba desde la cueva que les servía
de guarida, hasta otro pico de la montaña más próxima,
que así mismo también comunicaba con otra. "Nunca podrán
encontrarnos", le dijo Dajna. Así pasaban los días,
por las noches, hacían el amor. Pero algo atormentaba su interior,
el ser que nunca se abandona, esa parte que aunque indeseable, ha configurado
lo que eres. Y el era Zorak Kristaq. Por eso decidió marchar de
la montaña, volver a la aldea.
-Yo no puedo estar aquí, no soy un lobo-le dijo a Dajna.
-No, no es eso. No puedes estar en la montaña por la bestia que
anida en ti.
La camisa ensangrentada de su hermano seguía colocada en lo alto
de su casa. El rojo empezaba a tener un color parduzco, pero aún
así, era el rostro que llamaba a la venganza. Zorak se quedó
mirando aquel tejido y sintió que volvía a situarse en el
inhóspito paisaje de las tradiciones, donde él tenía
la obligación de matar. Como si hubiese nacido con esa marca y
fuese parte de su propia persona; algo de eso era real, pensó,
porque sino, estaría en la montaña. Y maquinalmente se dispuso
a acometer su cita con el destino. Así preparo el fusil y disparo
varios tiros para comprobar que mantenía su puntería. No
pensaba en Zef Kryequie, ni en su hermano, ni siquiera en el honor de
su apellido, los Kristaq, todo su sentir estaba en la montaña,
pero él era débil, muy débil, y por eso había
vuelto al lugar donde los cobardes se esconden tras valores como tradición,
honor, valor, kanun...Y así partió, contemplado por las
pupilas de su madre, su padre, de las gentes de su familia que no tendrían
que avergonzarse de Zorak Kristaq.
Salió a las afueras del pueblo y acomodándose
en el tronco de un árbol centenario, espero que ZefKryequie pasase
por aquel camino que le llevaban a unas tierras de su propiedad. Tuvo
que aguardar durante varios días, dormir a ratos, ver en la noche
y racionar la comida y la bebida. Era como un animal herido que sin embargo
tiene que estar al acecho para el ataque. Los escasos momentos en que
conseguía conciliar el sueño, caminaba por los paisajes
oníricos con Dajna.
Ella era una loba blanca, y ambos jugaban en un bosque
inmenso donde sus dientes se clavaban en la piel de él y brotaban
pequeños ríos de sangre. Se sentaba al pie de un árbol
y entonces ya no estabala loba, era Dajna que le miraba con ternura diciéndole:
"¿Te he hecho daño?", perdona, solo jugaba como
una fiera. Y entonces ella se quitaba el vestido blanco y trataba con
él de apaciguar los brotes sangrientos.
Un amanecer le despertó el sonido de los pasos
de un caballo; se levantó sobresaltado y divisó que Zef
Kryequie se aproximaba. Subiéndose al árbol se preparo para
disparar; lo hizo con destreza, de un solo tiro, Zef Kryequie cayó
abatido. Después siguió la tradi-ción, dio la vuelta
al cadáver, coloco el fusil al lado de la cabeza y partió
con tranquilidad, como quien regresa con el deber cumplido. Cuando llegó
a su casa, lo primero que hizo es quitar la camisa ensangrentada de su
hermano y sumergirla en un barreño de agua.
-Es hora de que Besian descanse en paz -dijo ante la mirada de sus parientes,
quienes con aquella muerte, volvían a la normalidad.
Zorak no sintió remordimiento por el asesinato,
ni temor por haberse convertido él en objeto de la ley del kanun
para alguno de los kryequie. Ni siquiera, cuando como manda la tradición,
asistió a la cena por el funeral del hombre que había matado,
con su cuerpo situado en la estancia contigua. Cuando lo atroz se convierte
en ley, en costumbre, uno puede comportarse con bestialidad sin conciencia
de ser bestia. La monstruosidad estaba en las montañas, en la fiereza
de la loba de las nieves y a ella, no podía olvidarla. Habitaba
en sus sueños, aparecía al cerrar los ojos, al cruzarse
con cualquier muchacha, en las miradas al vacío...palpitaba tanto
en su interior que le era difícil contener para el solo su recuerdo.
Por eso, una noche, el raki hizo que sus vivencias en la montaña
se desbordasen convertidas en palabras desbocadas, en historias que contó
en la taberna a todo aquel cuyo oído estaba cercano. Y hablo de
aquel laberinto que comunicaba las cimas de las montañas, incluida,
la guarida de la loba.
Al día siguiente, cuando aún Zorak se
encontraba bajo la resaca del raki, una partida subió a la montaña.
Cuentan que en la cima volvió a nevar, una terrible ventisca que
no parecía afectar a Dajna, quien bailaba sobre el suelo nevado.
Pero esta vez un ágil tirador se introdujo por el laberinto secreto
y alcanzó su guarida, disparó desde ella y la loba de las
nieves cayó con su cuerpo ensangrentado sobre el fino tamiz blanco
que cubría la vegetación. Cuentan que los hombres se acercaron
a ella y esperando ver una fiera, contemplaron un rostro placido y un
cuerpo leve tomado por la sangre. Y cuentan también que una manada
de golondrinas revoloteaba a su alrededor.
Zoraf Kristaq no espero a que la besa de los treinta
días pasase. Con el mismo fusil que había matado a Zef Kryequie,
introdujo el cañón en su boca y de un tiro, ejecutó
su debilidad.
Nunca ha vuelto a nevar en la cima de la montaña.
Y no solo eso, la vegetación salvaje que dominaba aquel lugar empezó
a secarse hasta asemejarse a un pequeño desierto.
PEDRO ANTONIO CURTO
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