En aquel tiempo, yo trabajaba de vendedor de libros
a domicilio. Casa por casa, bloque tras bloque, cada día me esforzaba
por convencer mediante argumentos cuidadosamente preparados y ensayados,
a personas de lo mas variopinto, de que se gastaran una gran cantidad
de dinero en comprar una colección de libros que, por lo general,
ojearían distraídamente una o dos veces en su vida, (eso
si llegaban a hacerlo alguna).
Algunos, con dos dedos de frente, aunque interesados
por el artículo, parecían dispuestos a negarse por lo
elevado del precio, pero entonces metía yo por el medio alguna
frase del estilo de:
"Si tiene usted muchos gastos, es por que también tiene
muchos ingresos, y no querrá usted escatimar precisamente en
cultura, ¿verdad que no?. Entonces firme aquí y....."
Aquello era mano de santo. Si llevabas bien la conversación
y tenias el contrato y el bolígrafo a mano, eran pocas las veces
que fallaba. Antes que admitir ante mi, (y peor aún ante si mismo),
que apenas si miraría esos libros en toda la vida, el cliente
prefería soltar los cuartos en otra cosa mas que no necesitaba.
Poco después yo salía de su domicilio, con una repentina
prisa y una sonrisa en los labios mientras le felicitaba por su decisión.
Y así, yo me sentía cada vez más miserable con
aquella existencia reciente, a la que ya empezaba a imponerle un final
dentro de no demasiado tiempo.
La relación con los compañeros en el
equipo de ventas era cordial, pero difícilmente podía
llegar a ser algo más. Se esperaba que trabáramos relación
entre nosotros, que comiéramos juntos, que tomáramos algo
juntos después, y cosas así, propias de la sectaria vida
corporativa, donde tu mundo privado va siendo invadido con lentitud
por tus empleadores.
Supongo que era buena gente, pero lo cierto es que
apenas si tenia nada en común con ellos, ni en aficiones, ni
en valores, pero sobre todo en la buena disposición con que muchos
de ellos atacaban la interpretación de aquella mascarada social
que intentaban hacer pasar por nuestra amistad.
Había sin embargo una excepción notable,
Florez.
Florez me sacaba unos pocos años, era reservado
y callado en las reuniones del equipo de ventas. Cubría su cuota
todos los meses, pero a pesar de llevar ya varios años en la
compañía, no había pasado de ser un simple vendedor,
ni tenía un equipo propio. Sin embargo aquello no parecía
preocuparle.
En mi primera semana me pusieron con él para
visitar zonas e ir aprendiendo. Creo que nos caímos bien. Una
de las razones por las que empezamos a conversar, fue que al igual que
yo, y ya fuera en el coche o subiendo hasta la última planta
de un edificio, en el ascensor, el tampoco sentía la necesidad
de decir cualquier estupidez para romper el silencio y así aliviar
una tensión que no existía.
Es curioso, pero nuestro aprecio por ese silencio,
fue lo que nos llevó a conversar.
Eso y una común afición por la historia antigua y la literatura,
hicieron posible el que llegáramos a comunicáramos realmente.
Para él, yo era una curiosidad, una anomalía
de entre la marabunta habitual de jóvenes que llegaban a la empresa
con la intención de comerse el mundo. Se preguntaba de donde
habría salido y como había llegado hasta allí.
Le di una respuesta típica; la falta de otro
trabajo y una esperanza de mantener aquella ocupación de forma
muy temporal, tal vez por unos meses. Él, con una media sonrisa,
admitía poco después un inicio muy similar al mío.
Pasaron las semanas, y tuvimos mas oportunidades
para conversar. En ocasiones, si nos emparejaban, encontrábamos
siempre una media hora perdida en la que nos tomábamos una copa
o un vino donde hablábamos mas de nosotros y de la vida, y....en
fin, de todo menos de aquel apestoso trabajo que el también parecía
despreciar sinceramente, pero sobre el que evitaba pronunciarse muy
cuidadosamente.
Pasó un mes y parte de otro, a lo largo del
cual, nuestros "escaqueos" laborales se fueron volviendo cada
vez mas frecuentes y dilatados, siendo cada vez regados con mas alcohol
en el bar de turno, en la ciudad que fuera.
Yo le hablaba de una obra de teatro que estaba escribiendo,
de un viaje que quería hacer, de una chica que me gustaba, de
escribir la letra de una canción para un festival y de mil otras
cosas que me bullían por la cabeza.
Él, simplemente escuchaba y parecía
asentir con aprobación, sin decir gran cosa en todo el rato.
Tan solo me miraba.
Hasta que llegó un día, en que nos
quedamos mucho más de una hora en el bar, y bebimos mucho mas
de lo que teníamos los dos por costumbre. No se como, pero de
repente, me di cuenta de que mientras yo hablaba, él había
empezado a mirarme fijamente a los ojos y una frase a medio articular
murió en mis labios. En aquella mirada, había odio. El
no dijo nada y seguimos bebiendo en silencio.
Yo no comprendía la situación, no la
entendía y fue por eso que quise atravesar su mirada con la mía,
buscando una razón, algo que me permitiera entender aquella situación,
cuando al fin, ayudado por el vino, le comprendí.......
Jamás había querido saber tanto sobre
mí, no quería saber nada de mis planes e ilusiones, de
mis viajes y mis historias. El solo esperaba con cada vez mayor ansia,
a que yo me convirtiera en alguien diferente. En aquel momento pude
ver por un instante su interior y él, guiado por aquel primer
destello de verdadera comprensión mutua, me dijo:
-Mira, tus locuras y ensoñaciones sobre la
vida me entristecen, tu esperanza de alcanzar una vida de ensueño,
la verdad, resulta muy deprimente.
-No te confundas conmigo, tu y yo somos muy parecidos,
o al menos yo fui como tu una vez, hace tiempo.
-Vivía cada día, intentando encontrar
una manera de hacer realidad mis sueños e ilusiones de juventud,
ser feliz, crear un mundo mejor, todas esas cosas.
-Esa actitud, puede ser excusable en un adolescente,
pero resulta imperdonable en un hombre hecho y derecho.
-Tarde o temprano intentarás hacer realidad
alguna de esas locuras de las que me hablas, intentarás tutear
y mirar a la cara a la vida, y ocurre que la vida es muy puta, muy real.
-Cuando eso ocurra, no podrás andarte con
mas rodeos, La vida te devolverá la mirada y hará que
te puedas ver reflejado en ella a través de alguien, y si para
entonces no has madurado, no podrás soportarlo, no tendrás
fuerzas......como casi me ocurrió a mi.
-Afortunadamente cuando aquello me ocurrió,
yo ya trabajaba para don Nicolás, nuestro jefe de sección.
Él me ayudó a despertar a la vida en el mundo real y me
enseñó a rendir todas esas locuras y ensoñaciones
que por un tiempo quisieron seguir turbando mi mente. Gracias a el,
pude aceptar mis limitaciones y deje de ponerme en ridículo al
intentar elevarme por encima de ellas. Ahora, tengo ante mi un prometedor
futuro en el departamento comercial de esta editorial, tengo un buen
coche, acabo de firmar una hipoteca para un piso a pagar en 30 años
y de aquí a finales de año me casaré.
-Así es como vivo ahora, disfrutando del éxito
y sin miedo al fracaso. Mi vida ya está trazada.
-Ya no me concedo el lujo de vivir ilusiones para
creer que aún sigo llevando un niño dentro, yo ahora siempre
vivo y elijo la dulce realidad, tan segura, tan cierta.
Después de decir aquello, se calló.
Estuvimos en silencio un rato mas, mirándonos sin decir nada,
hasta que, pesadamente, se levanto de la mesa.
-Recuerda mis palabras. Tal vez haya estado un poco
brusco, pero tu me caes bien, y cuando veas la aplastante razón
que tengo en ellas, poco a poco podrás aceptar esta realidad
y empezar a ser feliz de verdad en ella. Olvida esas locuras de juventud
y te ahorrarás mucho, muchísimo dolor.
Acabó su copa de un trago, recogió
su carpeta de contratos y poniéndome la mano sobre el hombro
me miró.
-Ya me lo agradecerás.
Y así, se marchó.
Permanecí un rato mas en aquel bar, sentado
solo y mirando un vaso vacío que hacía rodar lentamente
sobre la mesa. Hasta que, en algún momento, más tarde,
yo también me fui.
Al día siguiente, me presenté en la
oficina con puntualidad, devolví mi carpeta de contratos y anuncie
mi renuncia. Una hora después, abandoné aquel lugar para
siempre.
Han pasado varios años desde entonces, y hasta el día
de hoy, todavía pienso con inquietud en horas de crepúsculo,
si algún día el niño que llevo dentro, llegará
a convertirse en un adulto descolorido que quiera darle las gracias
por algo a Antonio Florez.