| CHUPI, EL CANDIDATO |
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Después del trabajo en la Municipalidad, se iba para el barrio. Afuera la corbata y el saco rutinarios, a cambio camisa, zapatillas, vaqueros, toda la indumentaria de su calculada campechanía. Me voy para la estación, le decía a la secretaria. El invierno resultaba agradable, calentado en largas noches de vino barriobajero. Llegaba en su propio coche al barrio de la estación del ferrocarril, el lugar donde había transcurrido su niñez vagabunda. Entonces, desde las tabernas, las casas de cumbiambas, los bares cuyas radios guitarreaban el folclore bajo la luna de suburbio, se escuchaba un rugido de regocijo, de agradecimiento visceral. Chupi, tal el nombre mercenario de sus viejas andanzas, hacía unos gestos paternales con las manos, como un Peronzuelo de provincias, mientras los riesgosos tertulianos de los riesgosos bares de la estación salían a saludar al gran empresario que aparecía en televisión, al hombre nacido de las entrañas de las vías del tren. Él era uno de ellos, y Chupi no se cansaba de repetirlo con sus nocturnas rondas etílicas. -Darío, serví dos vinos a los muchachos-ordenaba en su bar favorito, y así comenzaba la noche. El Chupi, el mismo hombre que departía en las solemnes programaciones políticas de la televisión porteña, el sagaz funcionario de visión estatal que se subía a las tribunas oratorias de todo el país argentino, el intrépido estadista que peroraba sobre la integración regional y que auguraba los más complejas escenografías internacionales en los periódicos de alcurnia, culminaba tirado en el bar, en medio de los vómitos, mientras su compadraje nocturno lo animaba con un "aguante Chupi, aguante". Los taxistas de la estación, que lo conocían, lo llevaban a su mansión señorial, don adquirido en su verba maquiavélica y en los turbios malabares de la bonanza empresarial. En el barrio, pues, se hablaba con mucho respeto de él. Los más duros, faenados por las intemperies de una niñez carente, ablandaban el ceño gélido cuando se referían al doctor Edelmiro Costas, Intendente del Partido, aspirante a Gobernador de Buenos Aires, y que mediante camaraderías añosas y ebrias se había ganado el apodo, el título, de "El Chupi". El Chupi había diseñado la estrategia. Se preocupaba de que los más linajudos reporteros deslizaran en sus crónicas el apego al barrio, el mentís popular que se adivinaba en tal intimidad, la sensibilidad buenamente vulgar, la estilística tabernaria de semejante práctica. Toda la estación se entregaba a las algazaras de sus mítines, acalorados con incitante verborragia populista, donde sacaba del pecho el corazón y lo entregaba a la multitud cómplice que a él lo había criado y que ahora él estaba criando. Resulta que Adolfo, sujeto de famas recias, había vuelto al barrio. Se lo conocía como un hombre de respetuosa musculatura, de peleas que alentaban las extrañas uvas del vino "Sciliano", que nadie sabía de dónde conseguía Darío; hombre, pues, de nudillos hartos de victorias. Una de ellas, hacía muchos años, se la dedicó a Chupi. Adolfo consiguió trabajo en el bar de Darío. -Chupi-dijo Adolfo una noche en el bar, conciliador, benévolo, acaso acezante-, seguro que te acordás de mí. -Señor, soy el doctor Costas. Y el Chupi continuó dictando sus historias de las politiquerías ciudadanas, entre los rugidos cálidos como vendimias de la parroquia. Adolfo estaba sorprendido. Había sido un fiel compadre en los tiempos duros de Chupi, cuando su única política, acicateada por un caudillejo local que lo estaba amparando, limpiándole la retórica y acicalando los gestos, era que la Voz del Pueblo era la Voz de Dios. A Adolfo le impresionaba mucho la enseñanza de Chupi, y la creyó como si estuviera grabada en una tumba, igual que si fuera la Biblia besada por el mismo Jesucristo, aunque no entendía del todo la frase. Dios, aquella noche, tomó varios vasos de vino hasta el vómito; pero caminaba, también, hacia la estación del ferrocarril en el frío crudo de la madrugada juerguista para ir a trabajar, y comenzaba a encender las luces de sus negocios, sus verdulerías, carnicerías, bares; y, además de ello, el Chupi terminó tendido en el baño del bar, y los taxistas lo recogieron. -No hace falta-dijo un hombre de mandíbulas fuertes, de intensa fortaleza que se le adivinaba en su traje impecable. Él y otros dos de la misma ralea se llevaron al Chupi en un buen coche. Ya se iban cuando Adolfo salió del bar. Nadie entendía cómo Chupi ahora tenía guardaespaldas, coche oficial, todos los embarazosos adornos del poder establecido. -Chupi-decía Adolfo-, dale, te acordás de mí. El político abrió bien los ojos, y entonces
le dijo a Dios:
La campaña para gobernador sorprendió a todos. Pronto el barrio estaba lleno de los carteles del doctor Costas, con su aspecto más pontifical, la mano alzada como impartiendo el Urbi et Orbi comicial, los ojos lumínicos, empapados de un futuro de prometidos soles sinaíticos. Chupi no apareció mucho en los siguientes meses. En todas las localidades de la provincia se escuchaban sus zalemas plañideras, el patético pedido electoral. Los engranajes de su partido político entretejían díscolas alianzas con políticos y empresarios de turno. El dinero afloraba, y el Chupi tenía buena prensa. De vez en cuando se acercaba al barrio. A Adolfo lo miraba de reojo, acaso con un regusto bien oculto de temor. Al cariño le sucedió un respeto de clima distante, bendecido por la presencia de sus matones de traje y anteojos negros. Pero Adolfo estaba contento de Chupi, orgulloso. Se sentía parte de algo, de algo importante. Y podía olvidar, o cuanto menos aliviar, la realidad de su trabajo, que apenas alcanzaba para pagar el alquiler y alguna amante venida a menos, bajo cuyos decrépitos hechizos entregaba sus madrugadas. Adolfo no alcanzaba a entender el asunto. Había compartido la soledad de la mendicidad, en los bancos de la estación, con Chupi, ahora devenido en el doctor Costas o, todavía peor, en el Gobernador Edelmiro Costas. Juntos sufrieron las lluvias, hombro con hombro sorbieron la caridad del café piadoso de los mozos de algún bar. Ahora el Chupi pertenecía, parecía ser, a otra tribu. Era una persona, sí, pero con una máscara encima. Máscara muy cara, suntuosa. Desde alguna oscura intuición, Adolfo decidió el odio del doctor Costas. Alardeaba, con voz bien alta y pública, de haberlo conocido en turbios afanes, de haber mendigado juntos, uña y carne, cuando eran pibes. Pero todos se enojaban con él, lo dejaban con las palabras en la boca. Y Adolfo comprendió. El pueblo estaba engañado; él mismo lo entendía, lo había sufrido en carne propia, y podía dar la buena nueva. Sí, a ello consagraría su vida. Sus hijos, todavía pensaba tener hijos, sabrían la verdad de la política, acaso otra forma de decir la verdad de la vida. El día, se decía, que dejen al pueblo gobernar, las cosas cambiarían. Lo bueno estaba en la gente, aunque la gente no quisiera escuchar el bien velado pasado del Chupi Costas. Éste seguía viniendo al barrio, era un hombre que no podía apartarse de su lugar. Hay dos clases de nuevos ricos, los que ocultan con láminas de plomo un pasado áspero, o los que no pueden huir de él, pese a ser poderosos y ricos, como imantados por las bizarras nostalgias de la estrechez. Pero Adolfo ya no estaba contento con el Chupi. Mientras le servía los vinos en el bar de Darío, hasta bien pasada la báquica madrugada, Chupi se hacía el desentendido. Pero un día, luego de que sus informantes del círculo áulico le dijeran que las encuestas iban de mal en peor, y que el barrio era una base muy pequeña como para hacerse con las luengas leguas de la provincia, y con ellas al palacio capitalino adornado de riquezas por derechas y por izquierdas, le pidió Chupi a Adolfo que se acercase. Costas no sería gobernador, pero había obtenido el doctorado merced a los grises sortilegios del partido. Sonrió ladinamente, con esa camaradería que dan los años de los secretos: -No te olvides, pibe, soy el doctor Costas-y le acarició sobonamente la mejilla. Adolfo se le echó encima a Chupi, y los hombres de traje lo separaron. Comenzaron a golpearlo cerebralmente, con un cinismo de precisión maquinal, calculando con fría lógica matonil los más agudos dolores de la golpiza; y empapado de sangre y humillación, Adolfo quedó rendido en el piso. Mientras había recibido los puñetazos, patadas, insultos y escupitajos, el humilde empleado del bar sintió que La Mano Invisible lo alcanzaba al fin. No podía luchar contra la Verdad, así, con mayúsculas. Además de serle inútil combatir contra cuatro tipos de aspecto y comportamiento pugilístico, resultaba completamente insulso, fuera de lugar, luchar contra el carnicero, el verdulero, Darío, los parroquianos del bar, los programas de televisión, las volubles columnas periodísticas, las sonrisas del Chupi desde los carteles partidarios Sumiso, el pobre mozo pensó que a un hombre que tenía a su disposición a personas con la cruel venia para golpearlo impunemente, no debía carecer de cierta razón. Y, poco a poco, fue de vencido a convencido. No se podía, en fin, disentir con la Voz, el Pueblo. Era como un perro que quisiera morderse la cola hasta la muerte. Días después, con moretones, Adolfo estaba en la casa de un amigo; éste era un férreo partidario de la línea opositora a Costas. Con un impetuoso envión verbal, el amigo apostrofaba al candidato del barrio, no pasándosele por alto nada, ni su apariencia física, ni su "exótica" orientación sexual, siquiera el hecho mismo de su derecho a la vida; todo ello en un caluroso lenguaje de violentos colores. Adolfo agachaba la cabeza, entonces él, Dios, con un sonrojo en las mejillas, dijo en voz baja, después de un amplio y ominoso silencio: -No, yo lo voy a votar al Chupi.
DANIEL ALEJANDRO GÓMEZ |