| TON RUDOLPH |
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A Ton Rudolph no le iban bien las cosas. No estaba para bromas. Lo digo porque generalmente provocaba la hilaridad en la estación de Villa Adelina, en las afueras de la ciudad de Buenos Aires. Entretanto, las gaitas de Paquín y Jaime, ya diré algo de ellos, sonaban como si estuvieran en la misma ría aquella noche, ahí en el bar, con los estómagos hinchados de pulpo, y con nadie que tuviera problemas porque en las venas corría más el Ribeiro que la sangre. Todo era festejos, excepto, claro, para Ton Rudolph, que aguardaba en el mostrador a su funesta oportunidad. Ton Rudolph, como lo llamaban, era tan alemán como uno lo pueda desear; puntual como un reloj suizo, de palabra rígida, como si le saliera la Biblia por los labios, echaba babas por las óperas de Wagner, y tenía tanto sentido del humor como el que pueda tener una uva agria. Su aspecto se atenía al manual, y los caricaturistas y cuentachistes podrían estar muy satisfechos respecto a su ortodoxia: alto, rubio y de ojos celestes; un físico obediente, conforme a las reglas. Y además era tan y tan demasiado alemán que solía agarrarse bonitas borracheras de cerveza en los tabernuchos de la estación. El resto de su historia lo podría escribir cada piedra de aquella estación, pues él la repetía con orgullo, con cerveza o sin ella; y parecía que Rudolph había nacido solamente para contarla. Se trataba de la guerra, de su padre, de Stalingrado, donde el padre del alemán había caído; todo testimoniado por una foto donde el autor de sus días recibía la Cruz de Hierro del mismísimo Hitler; y Ton Rudolph conservaba aquella vieja gloria para cuando quería zanjar alguna discusión, en vistas del linaje bélico que le proporcionaba la historia. Bueno, resulta que la esposa de Ton Rudolph estaba celosa, pero no por una mujer, que no sería nada, sino por algo peor, la cerveza; y Ton Rudolph podría ser todo lo alemán que quisiera, pero no pudo mantener su solemne palabra, encomiada con perjurios más perjuros que los de un juez y un abogado juntos, de que no volvería a probar el rubio jugo. Cuando su mujer vio que Ton Rudolph se mantenía en efecto sobrio, es decir cuando dormía, lo abandonó. A partir de allí, pues, el hombre no andaba de bromas. Decía sandeces cuando estaba borracho como una cuba, y sobrio también las decía, aunque en tal caso todos se las entendían. Pero lo de su esposa le afectó; se deprimía tanto con ello que su melancolía llegó a desdeñar incluso los vehementes acordes de Tannhauser, su ópera favorita. El bar El Rivero de Villa Adelina estaba en una esquina del barrio de la estación del ferrocarril, y lo manejaban dos hermanos españoles, que para variar les decían los gallegos. Nunca sospecharon nuestros ingenios de barrio que eran en efecto más gallegos que los huesos del Apóstol Santiago; de haber tenido conocimiento de ello, les hubieran dicho los cántabros, o los castellanos, en el caso, claro, de que la geografía que tenían hubiera sido más ducha. Bueno, uno de los hermanos era Jaime, que, aunque analfabeto, y que nunca había pisado una escuela, era más inteligente que un libro. Aparentaba una humildad bobalicona, pero solamente porque decía que tal actitud vendía más, y así era; los borrachines se divertían bastante, pero Jaime se divertía de forma más eficaz apilando y apilando los billetes. Su hermano, Paquín, también era inteligente como un libro, siempre que estuviera todo el tiempo cerrado. Éste era más impetuoso; solía encargarse de echar a los borrachos. Los borrachos empezaban haciendo confidencias, luego se ponían cariñosos, luego llegaban las disidencias, y ahí es cuando el bueno de Paquín echaba una mano con lo de las disidencias, y acudía a la tajante argumentación de sus nervudos brazos, dejando en la calle a los borrachines. Sus comentarios al respecto eran lapidarios, y comerciales: echás uno, entran tres. Como alguien le advirtió que no siempre los borrachos se irían tan fácilmente, Paquín no se arredró: compró un revólver y lo tenía allí, siempre cargado, escondido en un cajón detrás del mostrador, listo para la ocasión. Que ocasión tendría, y de ello trata mi cuento. Antes de la fiesta que los dos hermanos organizaban siempre para el día del santo de su pueblo, la noche de las gaitas y el vino, Ton Rudolph, alicaído y desmoralizado, solía pasar más por allí, envuelto en nubes de tristeza. Como era muy amigo de Jaime, con quien se lamentaba profundamente de las "timideces" de Franco en la guerra, se había enterado de lo del revólver de Paquín. Un día Ton Rudolph se acercó al mostrador, donde estaba Paquín. -En caso de que usted saque el arma de donde la tiene guardada, amigo, tiene que usarla. El otro tendrá otra igual, y él sí que la usará. Cuando se pela el huevo hay que comerlo. He dicho. Paquín le tiró una bravata de lo más insultante, nutrida con una entrañable mezcla de sólido acento de los barrios bajos y bellísimos lirismos en gallego blasfematorio; sin embargo, esa simpática cloaca verbal no le pudo obviar la intuición de que lo estaban metiendo a cobarde. Ante ello, echó de palabra a Ton Rudolph, pues pese a todo lo tenía por hombre calmo y no creyó necesario usar la fuerza, pero le advirtió que nunca fuera a volver. Jamás adivinó que éstas eran las palabras que esperaba Rudolph, quien se marchó más altivo que si estuviera ejecutando el paso del ganso, yéndose hacia la salida como si pasara la Puerta de Brandenburgo. El día de la fiesta, pues, Ton Rudolph entró tranquilo al bar. Paquín estaba en una de las mesas, tan contento, tan distraído entre gaita y gaita y vino y vino, que no acertó a enterarse de la presencia del alemán. Hay que decir que Ton Rudolph pertenecía a nuestra más fina aristocracia etílica, y desestimaba los vinachones latinos; él no probaba otra cosa que cerveza. Un muchacho del interior se la sirvió en el mostrador. Las horas pasaban, y nadie sabía que Ton Rudolph estaba ansioso, principalmente porque no había una persona que se estuviera fijando en él, pues todos estaban borrachos como viñedos y el ambiente era de lo más amable. Finalmente, pasada la medianoche, Paquín se fue al mostrador, donde tenía escondido el revólver, a cerrar las cuentas de la caja. Entonces lo vio al alemán. -Le dije que no viniera más por acá-le dijo. -No me voy. -No, no se va a ir, pero sí que yo lo voy a echar. Ya Paquín iba hacia él; pero Ton Rudolph
dijo, más dulce y pacífico que una iglesia: Sonrió, como si aquello fuera un chiste de lo más inofensivo. Pero Paquín comprendió. Con lentitud más cavilosa de lo necesario, sacó el revólver y apuntó. Se hizo entonces un silencio como el de un cementerio, y parecía que se escuchaba hasta la respiración de una pulga. Paquín apuntó y apuntó, y vio que el otro estaba tranquilo, y vio los ojos del hombre, y vio algo que nunca sabremos bien qué fue, o que no se puede expresar de manera muy eficaz, porque finalmente bajó el arma. Entonces Ton Rudolph suspiró, diciendo luego, con piadosa emoción, como si en cada una de sus palabras tuviera guardada una parte de su alma misma: -No tengo ningún arma-declaró-, solamente esperaba que dispararas. Las vías del tren son dolorosas y elegí su revólver. Pero ahora veo que la vida me es más fiel que una mujer. Entonces yo ya no le seré más infiel a la vida. Tendió la mano. Paquín se la estrechó, y todos gritaron con júbilo. Las gaitas siguieron asonando su morriña céltica,
y Ton Rudolph y Paquín fueron íntimos el resto de la madrugada;
también más versátiles: Paquín probó
la cerveza, y a Ton Rudolph le quedaron hasta los tuétanos llenos
de Ribeiro. Ton Rudolph, entre las gaitas, volvió al frío
Stalingrado y mostró la foto de su padre. Me cuentan que ello era
símbolo de que estaba bien otra vez. Y, en fin, nunca supe si el
buen alemán se reconcilió con su mujer, pero sé que
cumplió su palabra. No le fue infiel a ella, a la bellísima
"mujer" que aquella noche me dicen que quiso abandonar.
DANIEL ALEJANDRO GÓMEZ |