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De BABOSA/AE RERUM
Nací hace siete días en la ladera de una
acequia cercana; rápido tuve que ascender por el tallo de una espadaña,
pues el desboque del agua estancada en una balsa a punto estuvo de arrastrarme.
Yo era un puntito blanco, translúcido y de un tamaño aproximado
a un milímetro de largo por unas milésimas de ancho; siendo
común en mi especie, crecer diariamente tres veces el tamaño
nocturno anterior; así, hasta el quinto día.
Lo que para algunos es un disfrute de perfumes delicados,
para otros manjar necesario, para mí (además de ambas cosas)
es territorio áspero y despiadado. Repasemos las idílicas
hierbas: la machucabra, la grama, la floreta, bien la cola de caballo
o un esparto, unas labiadas como la salvia o el poleo, ni qué decir
de la zarzamora... ¡todo dios a la defensiva! Ah, y este es nuestro
pasto, nuestra comida... afilados bordes (espadañas), pendientes
lisas como mármoles (juncos), pelillos mortificantes (ortiga) o
pinchos como espadas (aliaga).
Al sexto día alcancé la madurez sexual, que
tan sólo dura veinticuatro horas. Solitaria e ignorada no pude
intercambiar mi hermafrodita dote con congénere reconocible, pues
seguía como nací: sólo que ahora, era una enorme
mancha blanca florescente y traslúcida, con mis órganos
interiores sonrosados y palpitando a la vista. Ya comprendo porqué
mi singularidad no difiere de esos artilugios electrónicos japoneses,
envueltos en carcasas de plexiglás duro y de colores.
Apenas me quedan unas horas de vida (es el sino de nuestra
especie), y un último acontecimiento acongoja mi conciencia como
ser reconocible: se llaman ovejas, acaban de pasar, y he aquí que
yo interrumpía su camino... ¡cuatrocientas! multiplicado
por cuatro, oiga, igual a... ¡todo manos, todo pies! ( pezuñas,
concretarán algunos) ¡¡¡POR ENCIMA DE MÍÍÍ!!!
Pero ya pasó... sólo que demudé: dicen que los sustos
pueden provocar canas (en otros seres), y supongo que ésta es la
explicación al último dilema de mi vida: Ni un rasguño,
os lo prometo; ahora, todo el mundo me saluda (¡a la vejez!); y,
también, a algún congénere se le escapa: "¡Ti@
guap@!". Heme aquí, ante el espejo de las aguas de la acequia,
veo mi rostro, toda mi amorfa y nueva figura... opaca y de un AZUL PROFUNDO.
¡Oh, dios!, ¿quién soy yo, ahora?
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JULHUM
En
Fuenlabrada (Madrid), Junio del 2003
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