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Nadita se puede hacer, señora Remedios. Su señor
sobrino, por muy Arzobispo que sea, nadita puede esperar de nuestra ciencia...
Necesitamos un milagro, pues la metástasis se enraizó como
muy mala hierba y en hilillos finísimos se extendió por
músculos y órganos inferiores... Si seguimos cortando y
quitando, para que usted me entienda, lo único que conseguiremos
será un gran vacío... Su señor sobrino, perdone la
comparación, seguirá siendo Arzobispo por fuera, pero sólo
en cáscara, como un traje... Mi decisión, señora
marquesa, es que dejemos de hurgar y remendar ya, pues arreglando un descosido
se nos revienta al ladito o más arriba otro órgano cualquiera...
Vea usted lo que conviene, si ha de consultar a otros colegas de más
prestigio... Le soy sincera y honesta, créame. Esta es mi decisión,
pues que ponga a su señor sobrino, el Arzobispo Vinicius, en manos
de los Especialistas del Dolor; que ellos saben el tratamiento adecuado...
¿Tiempo que le queda... ? Mi experiencia me dice que unas horas,
unas semanas, o, tal vez, no más allá de una decena de meses...
¿Milagro, dice? Si le consuela rezar... Mis conocimientos, señora
Remedios, no contemplan las oraciones como medicina para los cuerpos,
perdone la ironía y la irreverencia...
Catarina Mendoza Dávalos, jefa de cirugía general, colgó
el teléfono. Tenía la cara tensa y los lacrimales espesos.
A sus 52 años, con 26 de experiencia en prácticas quirúrgicas
diversas, la mayoría de ellas exitosas, vestía por primera
vez su ánimo con la derrota. Eran todos sus músculos y también
sus pensamientos los que la abandonaban. Vinicius Carolus Partida Mendoza,
su pariente, su amigo y "marido" de infancia, su amado adolescente,
su novio a escondidas en la Universidad, pues ambos estudiaban medicina...
hasta que se enteró su tío Marcelo, consorte de la marquesa
de Hita, y puso punto y final a una relación, según decía
"endogámica", enviando a Vinicius al exilio europeo...
Y nunca más supo hasta hacía poco más de un año,
en que su "re-tía" remota, veinte años mayor,
Doña Remedios Mendoza Cortés, heredera del marquesado de
Hita por renuncia de su sobrino Vinicius, inesperadamente irrumpió
en su despacho suplicante. Atrás quedaba su vía crucis anterior,
su lucha por la vocación escogida: ejercer la medicina, a pesar
de los sinsabores que hubo de padecer; primero la inexplicable expulsión
de la Universidad de Salamanca en pleno tercer curso, su huida a México,
pues su carácter indomable no le permitía llorar y posteriormente
su salto a Berckely, donde terminó el Doctorado... ¡Ay la
larga y malévola mano de los Partida-Mendoza! Los recuerdos brotaban
incesantes y saltarines: los veranos en la dehesa cercana a Monfragüe,
la casita de madera sobre la encina centenaria y que su tío lejanísimo
y "pegado" -según ella decía, pues no lo era de
sangre-, Marcelo, construyó para Vinicius, dotada de todos los
utensilios, menos para encender fuego: 3 literas, mesa, cubiertos, taburetes,
luz de gas, salón de juegos, escritorio... Y entre los juguetes,
variedad de tijeras quirúrgicas, un bisturí, un fórceps,
jeringuillas y agujas hipodérmicas, una también para cagut
o coser... todos ellos en plástico duro de colores; lo que sí
eran de verdad: unas pequeñas tijeras curvas, el termómetro
de cristal azul y su rayita de sangre arterial, un fonendoscopio y el
aparato de toma de tensión, hurtados por Vinicius de un viejo arcón
de la casa del médico de la familia. Como escapulario, todita pavoneada
lucía el fonendoscopio colgado de su cuello y enérgica ordenaba:
-¡Acércate, Vinius! Esa tos me tiene preocupada...
Y Vinicius Carolus se deja hacer, tosía exagerando el gesto, todo
serio y descompuesto.
- ¡Súbase la camisa! A ver... -ponía el fonendo en
la espalda- ¡Diga treinta y tres! ¡Uissss! No me gusta nada
ese runrún... ¡Vuélvase, por favor!
Arriba los brazos y las manos sujetando el pico de la camisa desdoblada,
el pecho blanquito y la aureola rosada de los pezones contrastaban. Catarina
acercaba el oído, pegando su cara junto al esternón, mientras
Vinicius contenía la respiración: "Toc, toc, toc..."
y su corazón galopaba, sus ojillos vigilaban por la rendija de
los botones, se mordía los labios esperando el roce de los cabellos
de Catarina cuando se erguía.
- Tengo que auscultarte más detenidamente. ¡Túmbate!
-de nuevo, ordenaba-
Deseaba escucharla y obedecer. Terminaba de quitarse la camisa y la dejaba
en la primera litera. Ahora se tumbaba sobre la alfombra de lana, autentico
pellejo de cordero curtido, desparasitado y lavado, mientras levemente
crujían las tablas de madera de nogueras del país al contacto
de su espalda con el suelo... Ahora cerraba los ojos, se cruzaba los brazos
sobre el pecho y respiraba agitadamente haciéndose el "malito".
Sentía los pasos de Catarina a su alrededor, pensativa, haciéndose
la interesante, con su mano izquierda asida a su codo derecho y la mano
derecha en vertical con su mentón. Oía el runrún
del vestidito blanco, distinto al de la tos, rozando las piernas larguiruchas
y, de pronto se atrevía, movía los párpados muy levemente
y allí estaba, visto desde abajo, un cielo de mariposas que se
ocultaba tras las braguitas blancas de su primita, o así se lo
imaginaba... ¡Qué dulce espectáculo! Y, de pronto,
Catarina se derrumbaba, arrodillaba y acercaba a su cuerpo. Y sus manitas
ya palpan con sus dedos a ambos lados del cuello su acelerado pulso. ¡Qué
suave y delicioso roce!, que se le eriza el vello de melocotón
de su piel, sólo visible a trasluz. Y con la yema quieta, una vez
detectada la carótida o la yugular, mira el reloj imaginario del
dorso de la muñeca, mientras canta los segundos a cada golpe de
sangre. ¡Qué hermosa sensación y cosquilleo le recorre!
- Veamos, Vinius... Ese pulso acelerado no está bien. Demuestra
un principio de enfermedad que hay que descubrir... -sentencia Catarina-
Tendrás que desvestirte más para indagar...
"¡Síiii! Eso me gusta más", piensa él
para sus adentros. Catarina se pone a horcajadas y ya las palmas de sus
manos recorren en círculos concéntricos sus pezones. "Ahhhh...
!", suspira quedito para sí mismo. Y ahora, sobre su abdomen,
al nivel del diafragma, los dedos pinzan suavemente y presionan como buscando
bultos o cavidades.
- ¿Te duele? - dice-
- No, no, sigue...
- A ver, ¿no se tratará de una hernia? Habrá que
comprobarlo. Pero tengo que bajarte el pantalón, ¿no te
importa? -propone Catarina-
- Bueno... -accede-
Y ya está en pelota viva, su pantalón corto de franela y
su calzoncillo blanco detenidos en sus tobillos. Y al aire, su blanquito
pene arrugadito y ladeado, como un blandito cacahuete. Y su lampiño
escroto con dos pequeños guitos a modo de cereza, y de un ligero
color sonrosado. Los dedos de Catarina ya han llegado a sus ingles y se
hincan levemente en los ganglios laterales...
- Aquí palpo un pequeño bulto, como un pequeño garbanzo
-y aprieta, ahora- ¿Te duele?
- ¡Ay!- se encoge Vinicius-
- Vale, vale. Tal vez, si aplico un suave masaje...
Y ya están sus palmas aprisionando su cuádriceps, y sus
dedos se detienen justo debajo del su escroto, presionando el perineo.
-Ya está -dice ella-
Y corta en seco el masaje, Y así, hincadas sus rodillas a cada
lado de sus caderas y sin levantarse se yergue, sentándose sobre
los empeines de sus pies. Y nota como un relámpago que le taladra
las sienes al sentir las nalgas magras y blanditas derramándose
entre los dedos de los pies. Se queda quieto, pero el dedo gordo no le
obedece y se cuela entre las braguitas y la chicha y ahí se queda
anidado y feliz dejando marca por la presión de Catarina.
-Hay que cortar esas uñas... -sentencia Catarina, mientras se incorpora-
A ver...
Se da la vuelta y se sienta sobre su pubis y con las tijeras curvas ya
le está haciendo la pedicura. Y su pequeño cacahuete se
estira y se hincha al contacto del pompis de Catarina. Mueve a un lado
y otro el pie que ella sujeta, pues tiene cosquillas y se ríe.
Ella gira la cabeza y le regaña que se esté quieto, que
si no le cortará en la carne y se afana en la tarea hasta terminar.
-Ahora toca el otro pie -sugiere Vinicius-
Y es que se está bien así. No sabe porqué, pero ese
contacto que aplasta su pene le sienta muyyy bien. Es como aquella vez
que se chispó con anisete y flotaba; ahora siente lo mismo, pero
sin mareo. Y Catarina se mueve y termina también el corte de uñas
del otro pie. Y ya se vuelve y comprueba la trasformación del pene
de su primo.
-¡Ha crecido! -le dice picarona- ¿Puedo cogerlo... ?
Y Vinicius Carolus se ruboriza, soltando un imperceptible y otra vez deseado
"Bueno...", mientras cierra sus ojos y una leve sonrisa de satisfacción
le afloja la cara. Catarina acaricia con suavidad el apéndice que
palpita, largo como un dedo y siente su dureza distinta a cuando escribe
con un lápiz, Y tira del prepucio que se detiene bruscamente, pues,
como una cinta elástica, la piel no deja salir del todo el glande,
muy sonrosadito y de su puntita salen como gotitas de aceite que hacen
resbalar las yemas de sus dedos. Y esa humedad le agrada.
-¡Ayyy! -se duele él-
Y Catarina deja de tirar hacia atrás de la piel.
- Tienes muy mal aspecto -le sonríe- Ya sé. Esto se cura
con un boca a boca. El enfermito necesita reanimación, no se nos
vaya a morir...
Suena rotunda esa frase. Y Vinicius Carolus inicia una muerte de mentirijillas.
Extiende sus brazos a ambos lados de su cuerpo y se relaja. Catarina se
tumba encima de él, con las manos le coge la cara y acerca también
con los ojos cerrados los labios y los aplasta contra los de él
soplando. Se aparta, contacta y sopla, de nuevo. Y así varias veces,
hasta que Vinicius Carolus la enlaza con sus brazos, la aprieta fuerte
como si quisiera fundirse y le dice:
-¡Me haces muy feliz, primita!
Y ahora los dos retozan abrazados sin soltarse.
2
Alumbraba el sol. Entreabrió los ojos y la estancia se le oscurecía.
Su Eminencia Vinicius Carolus se colocó las "rayban"
color caramelo y el misal que tenía en las manos se le volvió
color sepia. Era como retroceder en el tiempo. Por un instante, también
en colores sepia, desfilaron la Fontana de Trevi, el Coliseum, La Piaza
de San Pedro, el Obelisco... De color ocre eran también las tierras
bajas, cerca de Guadalajara, su primer asiento en misiones en tierra mexica,
dependiente de la casa madre franciscana. Y ocre oscuro, tirando a gris,
aquel secarral donde el convento-fuerte de San José en Sonora de
la Baja California... Y de allí, el salto a la archidiócesis
de Boston, todo un bastión vanguardista. Un destino insospechado.
Obispo y arzobispo, todo seguido, sin tiempo de masticar el nuevo destino,
ni de esbozar una tímida negación a su mentor el Papa...
Un formidable reto. Los últimos acontecimientos se aireaban en
la prensa: La permisividad de la Iglesia norteamericana ante la práctica
pederasta de sus eclesiásticos. Cuchillos afilados le esperaban
en aquellos lares. Un españolito de la nobleza, un extranjero inculto
en costumbres avanzadas, un místico e intelectual, un asceta...
Un retrógrado tradicionalista, en suma, era la apuesta de la Curia
Romana para aquel desaguisado. Qué error, desconocimiento e incompetencia,
al conocer el nombramiento: Ése era el sentir de la cúpula
eclesiástica norteamericana. Con mano firme y sosegada fue calmando
las aguas turbulentas. Su formidable don de lenguas le ayudó en
ese menester, pues se rodeó de eclesiásticos hispanos, chinos,
italianos y alemanes de diversas procedencias sin colisionar con el poder
indígena en la Archidiócesis. Con sentido común,
alejó a los limpios y los puso en tareas pastorales; retuvo a su
lado a los menos comprometidos y más mundanos, encomendándoles
las pompas y finanzas. En poco menos de dos meses apaciguó a su
grey y a la opinión pública. El mea culpa fue gritado en
todas las iglesias... Y parte de las finanzas fue a parar a revertir la
situación, admitiendo en los juzgados la reparación a las
víctimas. El cáncer quedó paralizado momentáneamente...
3
Ese picorcillo en sus partes era un incordio. Además, sin poder
evitarlo, de continuo su mano rascaba allí, afín de encontrar
alivio. Incomprensible la manía de un sr Arzobispo tan recatado
-eso decían-, esa exhibición tan incómoda para las
visitas. Circuló pronto el apodo rejón: Monseñor
"Espánich Picahuevos".
-Eminencia... -se atrevió su secretario mexica- Bueno pues, como
que tal vez debiera consultar con el urólogo.
Era la cuarta operación y el tumor no remitía. Sentía
un vacío interior. Y lo mejor de todo, estaba en las mejores manos
humanas inimaginables: ¡Catarina! Quién le iba a decir a
él que a sus 50 años le esperaba un reencuentro tan caprichoso.
Si su nombramiento como Arzobispo le dejó perplejo, la aparición
médico salvadora de Catarina le dejó sin habla.
- Eminencia, hemos detectado un pequeño tumor en el escroto. La
analítica de la biopsia nos dice que hay que intervenir -le espetó
crudamente Catarina- Es posible que pierdas el testículo derecho,
aunque mi equipo intentará limpiar con la mayor eficacia posibles
ramimificaciones. No estás para morirte, eso pienso -le tranquilizó-
Perfectamente harás tu vida habitual, incluida la función
sexual...
- Bueno... Como cuando éramos niños, Catarina, otra vez
en tus manos. Pero te recuerdo que lo de la función... Desde entonces
no he vuelto. Y no es sólo por el voto de castidad.
- Ya, Vinius.Pero esto no son juegos. Y aquello son sólo recuerdos
- cortó cualquier atisbo de emoción-
Pulsó el botón junto a la ventana y las escaras de persiana
se giraron atenuando la luz. Otra vez el dolor intenso, como de cristal
triturado y que circulara a gran velocidad por sus venas, lo sintió
en el bajo vientre. Ni apretando con la palma de su mano desaparecía.
Allí, detrás de la piel, apenas había un racimo natural
de sus tripas, pues había sido vaciado casi por completo y en su
lugar injertaron una prótesis trasparente. Curiosamente, para un
clérigo, su aparato reproductor incomprensiblemente se encontraba
intacto y activo. Había desaparecido el prurito y ya no se rascaba.
Pero tenía la sensación que su mal le provocaba una constante
y turbadora erección. Si se tocaba ahora, era por sensaciones bien
distintas y placenteras... "¡Dios, aparta de mí este
cáliz!", se decía apesadumbrado. Es más, cuando
dormitaba, no podía quitarse de encima la imagen de Catarina, la
actual y distante doctora, sibilina y danzante, con sus siete velos a
la cintura, desprendiéndose en voluptuosos giros uno a uno y lanzándoselos
a la cara...
-Es hora de tu medicación, Eminencia -interrumpe Catarina-
-Es un honor que mi "saja cuerpos" en persona esté pendiente
de mi medicación. ¿Teme que no ingiera las dosis recetadas?
-Afortunadamente no decidirá su Eminencia para curar tu cuerpo.
Ya veo que recuperaste la ironía.
-Por favor, Catarina, renuncia al trato habitual de tu consulta, y haz
más alegre para este pobre enfermo el disfrute de tu presencia.
-Menos lobos, Eminencia. ¡Vuélvase, por favor, y ofrézcame
cualquiera de sus deliciosas nalgas!
Y ya está Catarina inyectando vía intramuscular una pequeña
ampolla de un líquido untuoso de color amarillo, un cóctel
apaciguador y delicioso que calmará dolores corpóreos durante
unas cuantas horas...
Pero no han vuelto a rememorar el pasado. Ni siquiera se han preguntado
qué ocurrió. Se han limitado a aceptar la biografía
que dicen los demás. Tan sólo un "Cómo estás"
y una intensa zozobra interior que no son capaces de trasmitirse con palabras.
Y se acarician tristemente con la mirada, en silencio. Ahora hablan del
presente y de sus mutuas profesiones. Vinicius Carolus ha perdido poco
a poco peso. No deja de sorprender su risueña sonrisa en una cara
cada vez más demacrada, de pómulos cortantes en vez de redondeados,
como si un par de clavículas hubiesen sido trasladadas a su rostro.
-¿Puedo
?
Y coge las manos de Catarina entre las suyas, las lleva a su cintura para
que le rodeen y se aprieta delicadamente contra el cuerpo de ella.
-Por caridad, no me niegues este abrazo
Y así se quedan ambos, quietos, mudos, gozando de un efímero
instante. Esta vez sí presienten que es una despedida.
-Estoy un poco cansado -se suelta del abrazo Vinicius- ¿No te importa
que me acueste
? ¡Ah! Y otro favor, no te vayas todavía.
Siéntate en el sillón hasta que me duerma
¡Tengo
miedo, Catarina!
Catarina le coge las manos, mientras Vinicius duerme. Están frías.
Y de repente, arden. El sol se introdujo entre las lamas de la persiana,
avanzó hasta su lecho y se introdujo entre las yemas de sus dedos
calentando, abrasando, evaporándole los jugos de su cuerpo lentamente.
Sus manos tiemblan en las firmes palmas de Catarina...
Y entonces vino y se le acercó. Al principio era como una burbuja
roja, pero ya más cercana adivinó su figura. Era la niña
de trenzas rubias, desnuda su carne de cintura para arriba. Luce unas
braguitas de algodón blancas y dibujos de mariposas verdes, rojas,
amarillas y en su pubis un corazón azul. Vinicius Carolus alarga
los brazos y la llama. La niña obedece, sin resistirse. Él
aparta las sábanas que ocultan su cuerpo concupiscente de hombre
maduro, mostrando un báculo ligeramente erecto y desmochado de
piel en su cima circuncidada.
-¡Ven! ¡Toca despacito con tu manita! ¡Dale gustito
a tu tito! Si lo haces bien, te recompensaré
Podrás
comprarte todas las"chuches" que me pidas
-Si mi mama se entera
¡me pegará! -responde recelosa
la niña-
-No, no. No le diremos nada a tu mamá, ¿de acuerdo? ¡Será
nuestro secreto! Anda, acércate.
Y allí está la niña asustada de trenzas rubias cogiendo
aquella cosa con sus manos y que, al contacto, de pronto engorda y crece.
Y suelta esa horrible culebra que se mueve y yergue. Pero él tiene
cogida a la niña por la cintura con uno de sus brazos y el otro
lo alarga, agarra una trenza con la mano y tira suavemente hacia abajo
susurrando
-Anda, bésala, cariño
Y la niña, así obligada, le da un beso a aquella cosa.
-Muy bien -suspira Vinicius- muy bien. ¡Te has ganado diez "chuches"!
Y tu tito te comprará más, si ahora la coges otra vez, abres
la boca y, como si fuera un helado, le pasas la lengua a la puntita
Tira de nuevo de la trenza y otra vez la niña a duras penas lame
y saborea aquella cosa salobre y que huele a orín.
-Síii, así, cariñín, así
Chupa
fuerte hacia dentro y luego sopla
Te has ganado una muñeca,
y su ajuar de cocina, y
¡más, más!
-¡Me hace usted daño
! - protesta la niña de
trenzas rubias-
Vinicius Carolus afloja la presión sobre la cabecita de la niña,
que se incorpora sofocada, como si le faltara el aire. Ahora coge su manita
y la pone de nuevo sobre el báculo encendido, pues quema como ascuas.
-¡No dejes de mover tu mano de adelante para atrás! ¿Has
entendido? Y te regalaré también una casita de madera, con
sus armarios empotrados para los vestiditos de tu muñeca
El movimiento de la manita es rítmico, casi no abarca aquella cosa
Y ahora, unos dedos huesudos, siente bajo sus braguitas. Están
fríos y ella se estremece. Y ya hurgan en su rajita y ella se encoge,
pues le entra cosquillas. Pero no es como cuando le rascan en las palmas
de los pies, no. Es otra sensación, distinta, extraña. Y
se afloja, porque le gusta, aunque a nadie hasta ahora le dejó
entrar ahí, que se lo oyó una vez a su mamá, que
sólo sirve para orinar y taparlo. Y bien le parece, pues incomprensiblemente
es como si se prendieran todas las cosquillas soportables, como un pequeño
sofoco, como cuando andas deprisa, pero que da gusto. Y le tiemblan las
piernas
Y su manita derecha aprisiona y se desliza rítmicamente
arriba y abajo sobre aquella cosa que está muy dura y que no mira,
pues es muy fea. Hasta que siente un líquido caliente y espeso
que le inunda todo su puñito y se le pegan los dedos y suelta sorprendida
la mano, pero sigue quieta, pues la mano de Vinicius Carolus se ha incrustrado
en uno de sus muslos que aprieta y uno de aquellos huesudos dedos frenético
empuja hacia dentro de su raja, y él suspira y da gritos y no es
de espanto, pero a ella le asustan
4
"Un gran hombre, un santo varón" Familiares, amigos,
prensa, eclesiásticos hacen honores en la capilla ardiente, en
la sala capitular del Arzobispado. "Al paladín que nos volvió
la confianza y nos devolvió a la fe" "Al gran defensor
de la pureza infantil"
Eran algunas de las frases manuscritas
en el libro de honor. Así, hasta unas diez páginas de elogios
de los visitantes egregios.
El ataúd sencillo y humilde de madera de chopo tenía esculpida
una cruz redondeada a los pies de la tapa.En la parte superior, a modo
de ventana acristalada, mostraba la cara cadáver de su Eminencia,
el Arzobispo de Boston Don Vinicius Carolus. Una sonrisa amplia y luminosa,
serena y amigable se había congelado en aquel rostro, que lo que
en realidad mostraba era una "calma chicha", un relajo muscular
dichoso del macho que acaba de eyacular
JULHUM 15
de Diciembre de 2003
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