LA SILUETA DOBLE DEL ABISMO

 

Tengo todos los pasados que puedo narrar. Uno de mis nombres era Héctor, pero me río de quienes creen que saben algo de mí por conocer mi nombre, por haber visto mi rostro y por ser capaces, tal vez, de dictarlo palabra por palabra para hacer un retrato hablado, olvidan que los silencios son los que podrían darle forma a mis rasgos. Quizá sea por eso que Moira me causa todavía un cierto temblor, parecido al temor de los que han muerto de miedo, y no obstante es temblor y no temor. Y, además, no he muerto, como para que hablen de mí lo que se les ocurra, como esas cosas de que "fue un buen hombre". De una vez les digo que mentirían.
Todavía no sé si maldecir aquella noche, hace ya años, en que Moira se cruzó en mi camino y se reflejó en mi taza de café (aunque ahora siento que fui yo el que invadió su trayectoria y sé que soy yo quien debe ser maldecido). Por instantes me sentí como un animal. No peyorativamente, no como es malentendido este término. Me sentí como un animal porque las palabras se me quedaron en el limbo de los ojos. Sabía que ella era como esos signos que aparecen trazados por las alas de aves ominosas, de aves negras como su cabello.
Si me preguntaran que cómo es que no huí en ese momento, con toda certeza mentiría para intentar escapar de lo que entonces no sabía que sería este futuro, pero ella fue la que salió, así sin decir una palabra.
Pude haber optado por terminar mi café y, tal vez, beberme hasta el último trago de su imagen, hasta dejar que las aves emigraran a territorios que yo no pisaría ni por extravío, pero lo que hice (y aunque todavía no me arrepiento tampoco lo comprendo) fue seguirla.
Pasaron algunas calles,no recuerdo exactamente cuántas, no tanto porque me hubiera hipnotizado el compás que ella marcaba con sus pasos, sino porque su silueta era idéntica a su sombra. Quiero decir que su cabello negro y ella vestida de negro me hacían discutir conmigo mismo si su luto tenía que ver con su pasado o con sus presagios.
De repente la perdí de vista, no supe para dónde se había ido. Llegué a pensar que nunca había sido real, que no existía y que simplemente yo la había escrito, pero no me sentía tan magistral como para haber hecho esto último.
Recorrí de memoria el camino, cada paso, para tratar de adivinar en dónde pudiera haber perdido su huella. Como es lógico, al final, tras desandar todo el camino llegué a las puertas del café. Pensé que yo era un idiota y que solamente había sido un arranque de soledad, y sonreí amargamente para mí mismo. Sin embargo, la sonrisa no fue sólo para mí mismo, allí estaba ella en la misma mesa en la que yo estuve minutos atrás.
Me miraba a los ojos y yo estaba seguro (ella también lo estaba) de que podía leerlos, lo que no sabía ella aún era que yo aprendería a escribir sobre la humedad, la poca humedad que nunca desperdicio en las despedidas.
Entonces me dijo: "Te pedí otro café...". Platicamos toda la noche, así, sin decir una palabra.
No le pregunté su nombre. Tampoco ella lo hizo.
Nunca -hasta hace un rato- volvimos a aquel sitio, quizá por el temor de encontrarnos de nuevo como desconocidos, como ahora que veo su reflejo en el café que me termino mientras ella se aleja y no puedo escuchar lo que me dice.


RODOLFO MEZA DE LA CRUZ