Pudiste haber escrito los versos más
tristes esa noche. Y lo hiciste.
Nosotros dos tuvimos la opción de no abrir la botella. Ahora
estamos borrachos, recitándote.
Qué falta me hacen tus recetas, mi
querido Pablo. Tus perfectos remedios para lograr evadir su sonrisa,
mientras ella abre ese bolso enorme en busca del boleto que hace las
veces de separador de páginas.
Lo que son las cosas, antes de descorchar
la botella alcanzaste a decirle: "para que nada nos separe, lo
mejor es que nada nos una".
Se dice fácil, ¡se dice tan fácil Pablo!
Créeme que estuvimos a punto de guardarla
hasta el fondo, incluso detrás de las latas de conservas; pero
al amanecer, aun antes de que saliera el sol, ya era demasiado tarde.
Todo nos unía, y sin sospecharlo, todo nos separaba.
Andén 31... ¿Destino? -vaya
broma.
Mira Pablo, mira como confesamos lo vivido.
Necios perfectos, expertos ilusos jugando a recordar las horas más
largas de aquella noche; al menos mientras la chica del altavoz anuncia
el autobús.
ANTONIO VIZCAYA, 26/08/04