VERDE

 

Martín me propuso un trueque, entre una camiseta verde y una camisa de seda. Acepté la camiseta porque es de un matiz que no he vuelto a ver. Por su parte la fina camisa resultaba el absurdo de un regalo navideño descubierto en plena primavera: repleta de flores.
A pesar del tiempo el verde nunca cedió; acaso hasta este día, en el que he decidido regalarla a la basura. Durante más de un lustro la camiseta me sirvió lo mismo como ropa de invierno que estrategia veraniega; pero no sé remendar.
Hoy que la dejo libre reconozco que no volveré a ver un verde igual.

Vivíamos en un departamento, Martín, Tato y yo, en el corazón de un multifamiliar deprimente.
Tato parecía gozar al calificar de tonta a su propia madre, debido a que ella había abandonado el hogar cuando mi amigo era un bebé: tuvo la ocurrencia de cambiar al señor Fortunato por un pobre diablo podrido en dinero.
Con los años "el diablo" se hizo pobre; mientras Fortunato logró uno de los estudios fotográficos más prestigiados de la región. Por su parte "la tonta" terminó haciendo ridículos espantosos en los cantabares.

Era una época difícil. Tato acababa de perder su empleo como vendedor de piso en Liverpool ; yo había mandado al demonio al explotador en turno.
-¡Porqué todos los malditos jefes son una bola de negreros, carajo! -me reclamaba Tato con ese gesto de soberbia; siempre luciendo ropa de vestir más o menos planchada; desfogando su incertidumbre al estilo "El Fisgón", de La Jornada , o al reverso de las cajetillas vacías de cigarrillos o en la parte posterior de las etiquetas de mayonesa o del ron barato que noche tras noche nos acabábamos él y yo.
-Porque somos un par de aferrados. Por eso -generalmente no se me ocurrían otras respuestas a sus preguntas.
Soñábamos con ir algún día a la tienda de vinos de Ned, en Sunset Streap, y de esta manera tener la oportunidad de toparnos con Bukowski:
-¿Le pedirías su autógrafo? -le pregunté a Tato.
-Nunca me lo daría el ojete . Tan sólo le diría: Chinaski, you're the prophet of the subway…

El único que trabajaba era Martín, supervisando el personal de una sucursal de Josefino's Pizza. De hecho se sentía "realizado", debido a que la cadena de pizzerías acababa de pagar un comercial para la televisión local, en el cual Martín lucía su sonrisa boba durante un segundo completo.
La semana santa del ochenta y ocho, nosotros, "los aferrados", decidimos evitar la hambruna por medio de un volado ; yo lo perdí. Esto significaba empeñarle mi grabadora a don Tacho por una despensa eventual para dos personas. -Afortunadamente contaba con cierta ración de especias que disfrutamos a espaldas de Martín, lógicamente, pues no era buena idea que un "infante" de veinticuatro años observara el deprimente espectáculo de sus "hermanos mayores", como él nos llamaba a menudo.

El departamento estaba equipado por un juego de eficientes goteras perfectamente distribuidas, mismas que en época de lluvia resultaban el remedio insuperable ante la indiferencia que demostrábamos por los despertadores.
Martín y yo compartimos la misma recámara. Llegué a acostumbrarme a los movimientos pausados de una insecto enorme, horrible -¿cómo describirlo? ¿una avispa gigante, sin alas? ¿un dátil con patas?-, explorando sin prisa la montaña de ropa sucia que Martín se esforzaba en mantener del mismo tamaño todos los días.
El closet albergaba mi escasa ropa; la de Martín invariablemente apestaba detrás de la cabecera de su cama.
Cada noche, a las once, escogía la muda del día siguiente, la lavaba, la exprimía, la planchaba, los tres procesos en cuestión de media hora; sin quitarse sus anteojos graduados, empañados por momentos, rectangulares que abrumaban; enfundado en su eterna bermuda y su eterna camiseta, ambas de colores indefinidos y olores irrevelables; arrastrando presurosas, de un lado para otro, sus chanclas rotas de hule; asomando unos juanetes que se despellejaba en un sillón de la sala mientras el copete envaselinado caía sobre su frente morena, dejando al descubierto una incipiente calvicie; sin faltar la estrofa susurrada de una insufrible canción de moda.
Tato y yo evadíamos las simplezas vociferantes que brotaban a menudo desde el fondo del tremendo abdomen del "crío" de uno ochenta y cinco de estatura; mientras se comía sus lagañas -cuyo proceso de petrificación las mantenía en sus lagrimales a punto de desbarrancarse.
A pesar de todo esto, creo que Martín era feliz a su manera. De vez en cuando lograba hacerme reír.

El problema comenzó realmente cuando borró buena parte de la cinta que albergaba a los Rolling Stones en París.
No era su intención ser tan idiota -aun cuando el resultado siempre fue el mismo-; se debía a su hipermetropía: presionaba record en lugar de play. ¡Era grandioso el muchacho!
Debido a las circunstancias, terminé por prohibirle tomar el walkman que yo escondía de él debajo de mis calzones, en el cajón de mi cama.

"El bebé" llegó una noche con los audífonos puestos; una lata de cocacola en su mano derecha; el walkman sujeto al frente de su cinturón; el nudo de su corbata delgada, casi negra, aflojado hasta el pecho; el cuello de la camisa desabotonado; transpirando como pocos he visto en mi vida.
Nunca imaginó encontrarme aburrido, en la sala, frente al televisor -tomando en cuenta que normalmente yo era el último en llegar por la noche.
No tuve otro remedio que regañarlo como siempre: "¡Eres un tarado! ¡Porqué no respetas nuestras cosas! ¡Porqué no te largas a donde nunca te encontremos!… … …"
Al instante Martín se metió en la recámara, azotando la puerta, golpeando la pared con sus poderosos puños, gritando que se quería morir.

Como siempre, se levantó antes que yo, se metió en la regadera, hizo mil babosadas para luego salir con rumbo al trabajo sin dirigirme la palabra; aun cuando yo modorraba en mi cama, como consecuencia de su habitual escándalo previo.
Una hora después -tal vez dos o tres- me encontré con Tato en el pasillo de la casa. El sabía de mi cumpleaños, pero al igual que yo procuró ignorarlo: nuestra neurosis no estaban para celebraciones.
Me metí al baño teniendo cuidado de no pisar el charco de orina que invariablemente formaba Martín al pié del WC.
Al término del desayuno suspiré resignado: una cubeta con ropa enjabonada esperaba por mí en el lavadero…

Una vez más, Tato y yo deprimidos, vencidos, idiotizados ante la programación nocturna de las televisoras.
Llegó Martín, con su ridícula lata abollada de refresco y una bolsa de "Super Siete" repleta, pendiendo absurda del dedo meñique de su otra mano; los demás dedos equilibraban una docena de llaves.
Desfiló ante nosotros indiferente -su sudor casi goteaba en el piso-, azotando la puerta de la recámara. "Los aferrados" rieron divertidos.
De pronto, salió prepotente: apagó la luz de la sala con una agilidad que me sorprendió; corriendo de regreso a la alcoba para hundirla también en penumbras. Tato dejó de masticar sus eternas Sabritas .
Desde la recámara comenzó a brotar, poco a poco, una luz tenue, como si Martín estuviese encendiendo una pequeña fogata en su interior. Las tétricas sombras se movieron con violencia sobre las paredes, apareciendo una silueta chistosa en el pasillo -algo así como Oliver Harley portando entre sus manos lo que parecía un diminuto pastel con velas.
Llegó hasta nosotros con paso marcial, nervioso en extremo; mientras su voz aguardentosa entonaba "Las "Mañanitas" de manera por demás cursi, rayando en el ridículo.
Colocó con sumo cuidado la charola sobre la pequeña mesa de la sala, provocando que el copete grasoso cayera de nuevo en su frente amplia, titilante por las velas que la iluminaban.
Se arrancó la corbata aventándola lejos; sin dejar de cantar -… ¡qué escena!
Demostrando decisión apagó la televisión -¡seguía cantando! Estupefactos, lo que quedaba de los aferrados no podían mover un sólo dedo; todo lo contrario sucedía con nuestros ojos…
Sobre la charola, cuatro Pingüinos Marinela aplastados, acompañados por tres cervezas de lata. Cada pingüino sosteniendo siete velitas de un azul tirando a morado, incrustadas con violencia y sin vertical alguna. Sus llamas estiradas iluminaban sobre todo a un Tato tan atónito como yo.
Cuando Martín reconoció, abochornado y con la mirada vencida, que "no recordaba la letra completa", Tato y yo nos observamos en silencio sin saber qué demonios hacer. Comenzamos por reír hasta carcajear; contagiando a un Martín sin salida, a punto de explotar.
Superándolo todo me ofreció su mano gruesa, suave, levantándome del sillón de un brusco jalón, abrazándome tan fuerte que las interminables palmadas que me daba en la espalda me parecieron cierta venganza de su parte. -La charola pertenecía de Josefino's Pizza.
Lágrimas humedecían sus ojos apenados; jurándome con exagerada solemnidad no volver a tomar mi walkman ni orinar fuera de la taza, así como lavar toda su ropa y no comerse nuestros atunes enlatados.
-¡Discúlpame flaco! ¡Te doy mi palabra que ya no voy a hacer tonterías!
-¡No mandines pinche gordo! -se burló Tato, aludiendo a Og Mandino.
Intentando superarlo todo, yo era quien me encontraba realmente en un callejón sin salida…
La celebración fue corta, sincera de parte del gordo. Aquel día comencé a comprenderlo; o más bien, comencé a preguntarme acerca de él…


Martín aun estaba en su cama.
Me levanté al baño: el piso estaba seco; la espantosa campana de su despertador destartalado no había sonado. Eran las diez pasadas y él acostado, inmóvil; con ambas manos detrás de su cabeza; sus ojeras más marcadas que de costumbre -semejando el tizne de una fogata sutilmente delineado bajo los párpados, enmarcando los ojos hinchados.
Orgulloso y sin titubeos, me evadía por completo. Supuse que no había podido dormir, sin importarme la causa.
De regreso a la recámara sonrió relajado. Al fin volteó a verme, levantando una ceja, susurrando su voz lenta:
-Que onda flaco… Ya se te hizo tarde…
No entendí del todo si se estaba burlando ante mi falta de empleo; por lo que le pregunté cortante si no pensaba ir a trabajar; respondiéndome categórico, sin alterarse, que "ese día no tenía nada especial qué hacer"; suspirando envidiable, descarado.
Su semblante reflejaba cierta... ¿libertad? que no había advertido nunca en él.
Estaba contento, definitivamente desvelado y contento.

Tato y yo salimos a la calle, intrigados ante la ilógica actitud del panzón; a la vez seguros de que se trataba de otra gran idiotez sin importancia. ¡Era su problema!
Antes de irnos le recordamos que por la noche debería tener su parte de la renta -nosotros nos dirigíamos a la búsqueda del dinero para pagar nuestra respectiva parte. Martín nos aseguró que la tendría lista, sonriéndonos estúpidamente feliz desde su cama.

Mis conjeturas me decían que Martín estaba de vacaciones -¿qué más podía deducir?, él nunca acostumbraba llegar tarde a su trabajo.
Seguramente quería estar a solas esa mañana para seguir planeando los detalles del día de su boda -¡vivía obsesionado con eso!
Su novia -siempre hablaba de ella; a pesar de que nunca nos la presentó- "¡era una mujer tan tierna!", a tal grado que le robaba unos suspiros abominables que por poco hacían vibrar los cristales; incluso provocaban que aquel insecto horrendo huyera a toda velocidad entre su ropa sucia.
A veces comparaba a Martín con el monstruo creado por el doctor Frankenstein, exigiéndonos una pareja acorde a su personalidad bajo pena de volvernos locos a todos.

También se emocionaba al platicarnos de su familia; aunque al hacerlo, sin darse cuenta, llegaba a confundir los nombres de sus hermanos e incluso de alguna mascota.
Su anécdota favorita se remontaba a una vía de tren en Chihuahua , sobre la cual Martín, "Pepe" o "El Willy", o cualquier otro, colocaba una vieja moneda de cobre de veinte centavos, esperando a que las ruedas del ferrocarril pasaran sobre ella, convirtiendo la moneda en una lámina lisa que todos se peleaban por poseer como un tesoro.
Cuando terminaba de revelarnos una de sus leyendas, ese silencio pesado contrastaba con el brillo de su mirada libre, a través de los anteojos que empequeñecían sus ojos; para luego sonreír apenas, como si de pronto recordara otra vivencia que nunca se animó a confesar.
Era el momento clave: Tato lo volteaba a ver de reojo, fastidioso, es verdad; pero quizás, a la vez, recordando una particular aventura de su infancia medioburguesa, en la cual él también se atrevió, como Martín, a sentir en sus manos el latir de la vía, colocando temeroso, presuroso y audaz sobre ella, una moneda o un cohete cubierto por alguna lata oxidada. Es posible que se imaginara a sí mismo, de ocho años al lado del pequeño Martín, escondidos ambos en un matorral, con los oídos cubiertos y sus ojos apretados a más no poder.

El transcurso de las horas me obligaron a olvidar por completo tanto la emotiva celebración de mi cumpleaños como la escena por la mañana; dedicándome sin descanso a la caza -literal- de la quincena recién cobrada de algún incauto.
… Todo chantaje conoce su límite. Me encontraba en problemas: nadie pudo -quiso- prestarme más dinero.
La puerta de mi recámara estaba cerrada -siempre la dejaba abierta al igual que Tato.
Al recordar la displicencia de Martín, intuí que de abrirla hallaría algo que no me iba a gustar -¡Una travesura de ese…! ¡Seguro el gordo la había cerrado, rogando por que no descubriera sus burradas!
Giré la perilla, percibiendo el bochorno del encierro prolongado. Prendí la luz: las cortinas corridas, las ventanas cerradas.
Martín aun sobre su cama, con la mirada fija en el último rincón del techo. Esos ciento y pico de kilos antiestéticamente desparramados en el colchón aplanado.
En mi cama, sobre la almohada, una jeringa pequeña, desechable, con la aguja colocada; así como dinero suficiente para pagar el mes completo del departamento.
Lo tomé de los brazos. Su cabeza giró cruda, hasta un límite que me dolió al escucharla apenas.
Su mirada guardando el ángulo de la angustia. Esos ojos de sapo veían más allá de los muros.


Con ayuda de su "agenda" al fin localizamos a alguien: aquella mujer se concretó a suplicarme entre sollozos, a través del teléfono público, que nunca volviera a buscarla, ya que "¡Martín no existe …!".
El tono de esa voz ronca, madura, y la música de fondo, eran inconfundibles...

Dos semanas bastaron para que los aferrados se mudaran independientes -luego de los "criminales" trámites legales. Estábamos hartos de nuestra complicidad; avergonzados de su fin.
Metimos a una lavandería la montaña de ropa. Tan pronto como pudimos se la regalamos al "Pochitas", un lavador de autos del multifamiliar.


…Y es que compartíamos el mismo departamento, "Pepe" o "El Willy" o cualquier otro… y yo; descubriendo noche tras noche, en la televisión, a un simpático gordinflón portando orgulloso, durante un segundo completo, su charola repleta de pizzas.

Todo era verde. Había regresado la primavera.

 

ANTONIO VIZCAYA