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Yolanda vivía en la colonia Madreselva, en los suburbios
de un poniente desangelado. En Monterrey.
Decían que el alcalde en turno había escogido el nombre
del lugar en relación con "la flor" -sus habitantes nunca
creyeron en semejante tontería.
El apodo que los vecinos le obsequiaron a Yolanda, a
partir de su adolescencia, era perfecto; muy cruel: "la Jarrita";
y es que se rumoraba que estaba hecha tan sólo de barro .
La naturaleza no fue complaciente con ella; las partes más abruptas
de la Sierra Madre Oriental parecían haberse posado en su rostro
aun juvenil.
Por las tardes siempre estallaba ese grito chillante,
insoportable:
-¡Ahí viene la Yolanda!
Chiquillos pícaros y alguna vieja canción desaparecían
al instante, chapoteando perversas heridas en el drenaje a flor de tierra
mientras ella se acercaba calle abajo; risa ilusa; intentando divertida
atrapar a alguien con sus uñas largas, descoloridas.
El atardecer encendiendo el sudor de su rostro, secaba a la vez la raíz
de su cabello pardo, castaño, que por momentos cubría, como
cortinas roídas de una casa abandonada en una noche de tormenta,
esos ojos pervertidos de sorpresas.
Pecas escondidas sutilmente en su pecho tan vacío, transparente.
No faltaba quien tratara de atraparla con unas uñas cortas y afiladas;
provocando que Yolanda tirara en su huida, ya en las faldas del cerro
poblado, uno o dos de los chicles de cajita que ofrecía a las afueras
de los restaurantes, los cines, los moteles; restaurando un poco las cotidianas
y desventuradas actuaciones de la gente del centro de la ciudad.
Le agradaba el papel de bruja, gozando de ser "la Yolanda".
Desconocer el habla; la genética.
Medianoche para ella sola. Salir de su vivienda aullando
con la mirada cuando sus labios le arrancaban un beso a la Luna. Era el
momento en el cual el barrio completo, automático, subía
el volumen de las televisiones o se cubrían hasta la cabeza con
la sábana, intentando ignorar el ritual convertido en tradición
Y es que aquella madrugada del setenta y tres "la
Yolita" no quiso derramar una sola lágrima sobre el cuerpo
de su padre; a pesar de que la tía Triste y la tía Plena
se lo pedían a la pequeña:
-Llora Yolita
¡No te aguantes!
Llora porque tu papito
Se murió el viejo; pero todo intento resultó inútil.
La niña se comía con la mirada la silueta pesada del hombre,
pudorosamente acomodado sobre los restos de un petate carcomido por cucarachas
de muchos veranos.
Su infantil intriga lo observaba
lo observaba, recorriendo esas
bruscas facciones tan enfermas de la paz que al fin lo rescatara; desviando
de cuando en cuando su vista sigilosa hacia la luz de las veladoras, colocadas
con asimétrica religiosidad en las ventanas, cuyos cristales de
plásticos opacos o bolsas empalmadas iluminaban apenas a los escasos
y extraños asistentes al velorio. Preguntándose Yolita en
su limitado entendimiento si acaso se había hecho realidad su sueño
Frotando nerviosa las manos en su vestido de flores incoloras; asomaban
apenas las rodillas flacas, blancuzcas; pequeños pies descalzos,
curtidos para una pelota de trapos que solía transformar los bordos
de su calle en el campo intacto de "los Tigres "; y el fatal
horizonte en gloria clandestina.
Ese gesto asustado cautivando las miradas.
Una noche calurosa, "la Yolanda", con tres
décadas de historias por contarle a Franz Kafka, al fin se decidió
a desfogar toda la vergüenza que sentía ante el resplandor
de una Luna majestuosa; escondiendo el rostro entre manos transparentes;
sintiendo punzantes lágrimas de resignación resbalar ligeras
hasta los codos vencidos; cuestionando la soledad de su desesperanza pura.
Sin testigos, salvo aquella vieja melodía cediendo ante la súplica
de su lamento.
"Si tan sólo..." -pensó.
No pudo más, cayendo completa a mitad de una callejuela desolada,
ante la intriga de alguna rata y el canto tímido, entrecortado
de sus grillos; descubriéndose de súbito reflejada en el
drenaje que sin descanso seguía abriéndose paso en la tierra,
acariciando las piedras de la última pelea entre pandillas; a través
de las cuales aparecieron mágicas las luces de aquellas veladoras
caprichosas: reflejos del neón titilante como cómplice de
sus facciones, gritando semejante abandono.
Indiferente a su alrededor, cubrió buena parte de su rostro con
un lodo tibio, ¡tan reconfortante!
Se atrevió a observarse de nuevo, entre la cerveza, la orina, el
sudor. ¡Qué mirada tan hermosa!
Ella misma se sorprendió ante su propio secreto. Más que
nunca la noche le pertenecía.
Camuflaje de dudas buscando respuestas en la sombra de
unos pasos inadvertidos:
"La Jarrita" volteó asustada, descubriendo la figura
desgarbada del bisnieto de aquel alcalde mentiroso.
-Tan solo... -murmuró para sí; sonriéndole triste
a los ojos. Sorbiéndose la vida.
Se incorporó poco a poco, orgullosa, mostrándole discreta
su carita de muñeca rota; ocultando nerviosa las manos en el frente
de esa camiseta húmeda de un blanco maculado que la cubría
hasta los tobillos; asomando la mezclilla deshilachada en guaraches de
fantasía.
Mirada profunda buscando en aquellos ojos el perdón tan necesario;
lo mismo en sus manos que con ternura fueron retirando el asco del rostro;
transformando la máscara en un seductivo antifaz, salpicado por
las formas caprichosas de su cabello rebelde.
Se supo amada entre sus brazos, llorando desgarrada sobre su pecho.
Le obsequió una siniestra sonrisa a la Luna; luego, le dijo al
príncipe con voz juguetona y sus pupilas destellantes clavadas
en las suyas:
-Siempre con los zapatos tan boleados
-el canto de los grillos era
pleno.
Fue el único día que la escuché hablar; que la gocé
reír su dulzura.
La vida era dura en Madreselva. Nunca he logrado recordar
dónde ni cuándo perdí esos zapatos.
Quizás los frustré por un puño de paraíso;
o fueron el privilegio del gurú del barrio a cambio de aquélla
pócima mágica que me hacía descubrir la belleza en
mis amigos.
Era excitante retar descalzo a la noche; sobre todo cuando Madreselva
te cubría de lodo por completo.
ANTONIO
VIZCAYA
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