CARLOS HUGO SÁNCHEZ (Buenos Aires, 1954)

Escritor argentino. La carrera de su padre, funcionario de Correos, obligó a la familia a una vida nómada, de tal manera que su primera infancia transcurrió, entre otros, en un pueblo llamado Pilar, en cuyos arroyos descubrió el misterioso atractivo de pescar bagres y palometas. Años después se mudaron a otra ciudad, Hurlingham, donde cumplió con los ritos del bachillerato y de los enamoramientos compulsivos, platónicos y definitivos. Allí contrajo, alrededor de los 12 ó 13 años, una adicción de la que no ha podido recuperarse jamás: la lectura.
La culpa de eso la tuvo una biblioteca de su padre, paradigma de la novelística del siglo XIX. Los mundos encerrados entre esas tapas de cuerina verde, tan completos y perfectos, le hicieron olvidar el otro mundo, el real. Desde esa época, ya no pudo contactarse con el prójimo y la prójima de manera normal. Su estado catatónico dura hasta estos días.
Cuando su padre lo arrastró a la ciudad de Santa Fe, en pos de nuevos ascensos jerárquicos que para él significaban descensos anímicos, lo extasiaron de tal modo la estética de los teoremas, la explicación de por qué se mueve el péndulo y el esquema de fuerzas del plano inclinado, que creyó que su vocación inequívoca era la ingeniería.
Fallecidos sus padres en un accidente automovilístico en 1973, decidió vivir con su hermano en Buenos Aires. Un oportuno regalo de cumpleaños de ese tiempo de nihilismo y tristeza, le reveló no sólo los mejores cuentos de Cortázar, sino también la sospecha de que él podía intentar la literatura.
En la Universidad de Buenos Aires, insistió un tiempo más con los jeroglíficos del análisis matemático; corría 1974 y ahora también él trabajaba en el correo. Pero en ingeniería, sus compañeros lo miraban extrañados cuando se rebelaba ante el hiperboloide de revolución y el punto impropio del plano. Por el 75 buscó contención en un taller de narrativa de la Sociedad Argentina de
Escritores (SADE), que coordinaba Eduardo Gudiño Kieffer. De ese tiempo datan sus primeros cuentos, su abandono del cálculo infinitesimal y el posterior ingreso al Profesorado de Castellano, Literatura y Latín, en la Escuela Superior Mariano Acosta. Desconocía entonces que por esas aulas había paseado su gigantesca figura el autor de Rayuela.
Traducir el latín de Virgilio le resultó fascinante, aunque adivinaba más de lo que la sintaxis y los diccionarios decían. En cambio no le cayó tan bien el griego del siglo V a.C., tal vez porque esos signos le recordaban a los ángulos de la trigonometría. Fue bueno en análisis sintáctico, sagaz cazador de ablativos absolutos y desentrañador paciente de conjuagaciones perifrásticas.
Ganó sistemáticamente los concursos literarios del profesorado, sin sospechar en aquella época juvenil, que otros premios le resultarían esquivos en su país.
Supo encontrar un consuelo para sus fracasos: declaró enemigos mortales a los jurados de preselección, quienes indudablemente carecían de la sensibilidad necesaria para valorar su prosa.
Ejerció la docencia dos o tres años, lo que le duró la paciencia ante la negativa de sus alumnos en reconocer el sujeto de las oraciones bimembres; luego participó brevemente de talleres literarios (Héctor Lastra, Isidoro Blaisten, Liliana D. Mindurry, etc.), pero su narcisismo exacerbado lo confinaba una y otra vez a la soledad. En ese período escribió alrededor de cincuenta relatos y una novela, obras magníficas que las editoriales argentinas se negaron siquiera a recibir para su lectura (el director de Ediciones de la Flor, por ejemplo, le expresó en una conmovedora carta, que tenía una habitación repleta de manuscritos).
Hace un par de años dirigió un taller de narrativa en un viejo bar del barrio de Palermo. Allí trató de disuadir a los alumnos de que la literatura es forma (la sustancia es forma, había dicho Aristóteles), de que importa poco la realidad de los hechos narrados, de que tenía toda la razón del mundo T. Capote cuando escribió sobre las diferencias entre escribir bien, escribir muy bien, y
el Arte. Y que esa forma artística sólo aparece en algunos que se han tomado la molestia de leer mucho y bien.
Carlos estuvo casado durante quince años, lo que no es poca hazaña para su misantropía. Tiene de esa unión dos hijas adolescentes (Paula y Natalia), de quienes podría asegurar sólo dos cosas: que serán buenas personas y que las quiere irremediablemente.
Actualmente, además de atender su negocio de cerrajería, permite que sus fantasmas se expresen en una segunda novela, la que, como siempre, girará en torno al deseo y la búsqueda. Tampoco faltarán los indios Pampas que inquietaban a los pasajeros del Tren detenido.
Salvo su inclusión en dos antologías y la publicación de algunos de sus cuentos en revistas argentinas y cubanas, es un escritor inédito. No por cuestiones principistas, sino por lo relatado anteriormente y por la tozudez de los malditos preselectores.

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