No apta para pijos retóricos
Alexis Fernández
La Voz de Avilés, 28-2- 99
Y allí estábamos de nuevo, con tos y voz carraspeante de cantante italiana, pero
muy dispuestos a pasar una noche de viernes de auténtico guateque teatrero dentro de El
Arte que hizo Pub y que nos dejó con Toaletta Teatro y un Maxi Rodríguez tan creativo
como de costumbre, manteniéndonos sentados sobre las butacas del Palacio Valdés y
"senza tornare a Sorrento".
Con un argumento ingenioso, un humor hilarante y una hora y cuarto de teatro de guerrilla
incluyendo un comando bululú sin tregua, fue directo, sin despistar al oyente, con la
fuerza en la palabra y un homenaje al teatro, a lo irrepetible, con continuos guiños
literarios y esa - poesía de bar - que lo convierte todo en la - fiesta del corderu - que
marca su estilo.
Y es que ye de Mieres y aunque no sabemos si tien perru, Lo asturiano aparece en cada
rincón, incluyendo la crítica al panorama actual del teatro y esa predisposición para
la Reconquista que nos proyecta dentro de un sistema en el que los empresarios controlan
la escena y marcan los gustos del público con sus programas y subvenciones (¿cuáles!).
Pero va más allá de la forma épica brechtiana, de lo no aristotélico, en el que nadie
se salva, ni el público español, cada vez menos culto, al que sólo parece importarle el
ocio sin reflexión y la tele, la voz que se escucha para paliar el miedo al silencio y
que nos apuntala el cerebro con la droga de la popularidad más que el éxito. Hay pues,
un lirismo vagante entro los diálogos, que nos devuelven el amor por el arte de Talía,
sin encuadres dentro de una época pasada, y con la mirada puesta en el teatro que se
gesta hoy en salas alternativas y con los presupuestos tan bajos. Quizá por eso los
decorados no son grandiosos ni superfluos, y las líneas escenográficas pobres pero
específicas, amoldadas a las necesidades del desarrollo de la obra y de los personajes,
siempre siguiendo un teatro de autor con visos de comedia amarga.
¿Seremos rescatados?
Y es que el dramaturgo asturiano no escatima nada. Teatro popular, con intención de que
el pueblo sea artístico, nos conduce a través de un lenguaje definido en el que nada es
casual y todo es símbolo o analogía de otra cosa, incluso la ironía sobre su propio
estilo (esta vez el personaje no se fue al váter a naufragar). Tal vez por eso de la
amnesia de la vida tan bien vista en la que se centra a través de un espacio urbano, algo
cutre, y con influencias del cómic, del rock (Beatles/Rolling) quizá lo único que le
asemeja al resto de autores de la Generación Bradomín. Por eso podemos ver a personajes
cotidianos, Ramiro, un Enrique Iglesias singular y víctima del "dequeísmo" con
tintes de cultura a lo Espe, o la pija que flipa por un tubo, o sea de las de boda de
sábado de noche (genial Eva Legazpi), sin olvidar al resto, matizados a favor de los
diálogos.
Pero, oh cielos, tocados no sé si de la cabeza o del ala, y con el síndrome de
Estocolmo, esperamos nuestro rescate, con un recuerdo a la commedia dell'Arte y una maleta
fantástica de la que salen todos los papeles al uso, intentando sacar la voz, tomando
conciencia de la respiración para movernos por este espacio llamado Tierra, con nuestros
rollos mentales y "las plantillas aroma que no te dejan ni te abandonan" siempre
juntas a todas partes, incluso al pub de la esquina, una farsa como el teatro, donde
también se mira al foco que favorece, se improvisa a lo cannovaccio, se supera la
ficción y es fácil olerlo todo. Y eso que esta vez no nos visitaron los pijos retóricos
y las pijamaru, las pijas marujas que a tono de Alba nos dicen que todo es muy bonito con
sus maru faldas y pendientes a todo esplendor.
Y así, entro un público joven y buen rollo, entre disparo de confetti y serpentinas de
las de ahora, que son más violentas y a todo gas, nos fuimos a escuchar a Mina, después
de que mi amiga enloqueciese cantando A las barricadas y con el anhelo de quemar a lo
bonzo el edificio que tanto le atrae, ¿Se animaría a ver Nikita?. |