Maxi
en la discoteca del Campoamor La tarde del sábado invita a callejear, a perderse por algún monte, a hacer castillos en la arena, a fiscalizar el mundo desde una terraza. El cielo se ha quitado las nubes de encima y los últimos coletazos del sol han dejado Oviedo en estado de sitio plácido y dispuesto a tumbarse en la calma. Y de repente... -¿Cómo dices,- ho? Una centella con cara de niño impaciente pasa por delante del Campoamor colgado de un móvil de color aplatanado. Esa voz es inconfundible, pero vamos a confirmarlo. Adelantamiento por la derecha, frenada. Sí, era fácil de acertar: Maxi Rodríguez, actor, autor y director teatral. Uno de los tipos con más talento de esta tierra, por eso tiene que salir frera a que se lo reconozcan. Esta noche, gran velada: «El arte que hizo pub» en el teatro ovetense. Lo tiene todo en contra. Bueno, casi todo: el marco, que diría un cronista con prisas o pereza, es incomparable. Pero el resto... -Enemigo A: Temperatura exterior que parece elegida por encargo -Enemigo B: Fútbol en televisión. -Enemigo C: El teatro es la pariente pobre de la cultura en Asturias. Maxi se mete en las fauces del teatro, cruza espacios a toda velocidad, como si le persiguiera el fantasma de Canterville y, de repente, la oscuridad: espaldas de decorados, invernaderos de focos, rendijas que anuncian puertas, pantallas de televisor, cables que se arrastran por el suelo como si quisieran huir. Maxi sale a escena. Dentro de veinte minutos comenzará la función. El escenario tiene aires de pub con resabios discotequeros: una barra con botellas de atrezzo, sillas y mesas, un televisor derrengadó... -¿Y la figuración? ¿Dónde está la figuración? -pregunta, exige, ruega Maxi. Como si estuvieran escondidos a la espera de esa convocatoria, un grupo de personas entra en escena y una tromba de decibelios se arroja sobre el teatro vacío. Música disco sobrevuela el patio de butacas, perfora los palcos, se escapa por los pasillos. Ya han abierto las puertas y los primeros espetadores entran en la recién inaugurda discoteca Campoamor. -Venga, salir ahí a bailar en plan cañero -dice el director Maxi. Los figurantes se tiran a la piscina de colores espasmódicos del escenario y se toman en serio su papel de extras con baile. Meten la quinta y agitan sus cuerpos como posesos. Uno de ellos, bien pertrechado con un vaso de bebida falsa, se acerca a un curioso que observa la escena entre cajas. -Eh, amigo, ¿por qué no te vienes a tomar una copa a la barra? -No, yo sólo estoy mirando...-responde nerviosamente el espectador. -Puies entonces que no te vea el público, ¿vale? Un hombre que cubre la cabeza con un pasamontañas y empuña una pistola llega con paso urgente. Qué susto. Se agacha, desplaza el tambor del revólver y comprueba su carga de fogueo. Luego resopla varias veces, hace flexiones: todo listo. Uf, uf, uf. Hay poca figuración y Maxi se une a la fiesta y empieza a bailar como si le hubieran dado extracuerda, saluda a la gente, habla por el móvil, mira el reloj de vez en cuando. Las ocho. La función debe comezar. Pero no comienza. Pasan las canciones, los decibelios entrechocan entre sí y los cuerpos siguen estremeciéndose bajo la bola de espejos y los focos saltones. Uno de los actores emboscados en bambalinas se mosquea un poco. -Qué, ¿empezamos o no empezamos? El goteo de espectadores ya ha terminado. El hombre armado mira por una rendija del decorado y sentencia con alivio: -Bueno, no está tan mal después de todo. -¡Esta ye la última! Muere la música La obra va a empezar. Maxi, autor y director, lo controla todo a distancia. Su voz suena de vez en cuando en los cascos que cuelgan junto al monitor de televisión donde se captura la obra en miniatura, una voz perdida hasta que el técnico la oye y se la pone en los oídos para recibir órdenes. Una media cubre la caleza de otro homtre armado: En total, tres: el comando Bululú. Objetivo: el pub Ramiro's. Las víctimas: una pareja de recién casados, un concejal hostelero y la madre de uno de los «terroristas». Misión: resucitar el teatro, arrancarlo de las manos que lo asfixian, poner a cada uno en su sitio, empezando por ese concejal de Cultura que no sabe quién diablos es Sófocles. Maxi en estado puro: humor a trallazos, ternura a dentelladas, golpes y porrazos de humor a lo Rodríguez. No todos lo admiten bien: dos señoras se levantan cuando el lenguaje comienza a sudar nitroglicerina y abandonan el teatro. Ellas se lo pierden: un televisor de mentira se rompe contra el suelo, un decorado móvil envuelve un pasado triste, saltan disparos al aire, chasquean besos sorpresa y se retuerce el confeti vengador. Telón. Aplausos. Los actores saludan, se retiran, se relajan a duras penas, todo ha salido bien y se merecen el premio de un pitillo, aunque cerca haya un cartel impotente: PROHIBIDO FUMAR. |