El semáforo ámbar de Maxi
Rodríguez
José Mª Torrijos
Publicado en la revista "Estreno" del Penn State
University (Pensylvania), otoño de 1.997
Maxi Rodríguez pertenece a
la generación que ha vivido su adolescencia en el seno de una sociedad española en plena
metamorfosis. Por citar algunos nombres, García May, Alfonso Armada, Alfonso Plou, Nancho
Novo, etc. Son jóvenes autores muy conscientes del precio del cambio, del desencanto de
la utopía, por un lado, y por otro, se percibe en ellos una ósmosis de medios de
comunicación, espectáculos y técnicas que van desde la televisión al cómic, el cine y
la música moderna. Se han tomado tan en serio la profesión del teatro (con explícitos
homenajes a veces en sus obras) que conocen la amargura y la desesperación de sentirse
islas cada vez más exóticas, tal vez sin puentes con una juventud que pasa las horas
bebiendo y bailando en discotecas -algunas de ellas, antes, fueron teatros y otras lo son
sin saberlo-, mirando idiotizada a la televisión, como victimas de un naufragio general.
El teatro de Maxi Rodríguez tiene la capacidad de seducir
inmediatamente con un lenguaje vivo, lleno de fuerza, expresado por unos personajes
generalmente tan cotidianos que podemos encontrarlos en cualquier parte. Hablan con los
mismos defectos y giros que escucharíamos en el metro de Madrid, en la puerta de una
Facultad, en el bar de un pueblo castellano o a un político en tertulia radiofónica de
la mañana. Porque escuchando estas obras, parece que estamos todos uniformados por una
lengua cursada en la Ignorancia General Básica que padecemos, como ese uniforme gris que
llevaban los chinos en época de Mao. Por ello, cuando un superviviente se expresa con
propiedad (es decir, con un mínimo de diccionario o de Humanidades) se convierte en bicho
raro, parece de otra galaxia y puede servir como ejemplar de museo. La incomunicación
resulta casi insalvable. La realización del individuo, imposible. Pero tengamos mucho
cuidado, pues cuando los personajes de Maxi Rodríguez salen a escena y nos sueltan ese
lenguaje común, espontáneo, y contundente, que tanta gracia produce, están escondiendo
una realidad bien amarga: la frustración del ser humano, que no puede realizarse en un
medio sin medios. Para la poesía, es decir, para la creación, queda esconderse en la
bañera de una falsa nave,
Otro rasgo destacable en los textos de Maxi Rodríguez es el oficio.
Están pensados, sentidos y escritos por alguien que conoce muy bien los entresijos del
trabajo escénico, a la vez que sorprenden por la "economía teatral" y por el
ritmo. Sueltos, fluidos, aparentemente descuidados, late en ellos una estructura profunda
bien sólida.
Entre las obras de Maxi Rodríguez, siento una especial predilección
por El arte que hizo pub, dedicada explícitamente por el autor a sus
héroes del teatro independiente, esos lope de rueda que andan, casi en la barricada,
manteniendo el tipo frente al asedio inmisericorde de la sociedad. Algo así como la
tierna mercería de toda la vida frente al nuevo hipermercado. Es un canto al teatro -¿un
canto de cisne?~, un homenaje a quienes resisten sus cerebros al encefalograma plano. Y
como tal canto a la profesión escénica, es inevitable recordar Alesio, de
García May, por mencionar un nombre de la misma promoción. El "Comando
Bululú", grupo de teatro independiente en situación desesperada, invade una noche
el "pub" de cierta población, propiedad del concejal de cultura del
ayuntamiento. El dueño y una pareja de clientes pasan a ser rehenes perplejos,
espectadores forzados de una representación teatral a medio camino entre la
reivindicación y el espectáculo. La llegada de Marga, compañera sentimental del edil y
madre de uno de los actores, plantea una nueva situación: el drama familiar y el
desencanto del hijo por su madre y de la madre, a su vez, por el marido. La obra concluye
con la llegada de los "geo", policías especializados que, como en los viejos
tiempos, neutralizan a esos artistas peligrosos.
La obra es más compleja de lo que parece a primera vista, pues como en
las grandes comedias de metateatro, en esas piezas donde la vida aparece fuertemente
teatralizada (pienso en un autor tan distante de Rodríguez como es López Rubio),
hallamos a cada momento un intercambio de roles entre actores y espectadores instante. La
pista de baile y los rincones del bar son escenarios simultáneos durante una noche, ruedo
taurino donde la incomprensión de lo que pasa en unas pocas horas se sufre
recíprocamente, al tiempo que cada cual descubre pliegues olvidados en su propia
personalidad. Y sin embargo, esos actores del tres al cuarto, que no pueden pagar
impuestos, han conseguido lo que pretendían, además de llamar la atención: que cada uno
de sus rehenes sufra una catarsis, una transformación. Ya nada, para ellos, será igual
en adelante.
La obra se inserta en esa corriente de teatro (Alonso de Santos es buen
paradigma) que, sin claudicar de un fuerte españolismo, está encendiendo el semáforo
ámbar que avisa en cualquier esquina del ancho mundo. Si el ser humano está condenado a
la banalidad, a la corrupción política, al olvido de sus raíces culturales, a la
dependencia del fax, del móvil o de la pantallita, los artistas no aceptarán jamás la
mordaza, por mucho que se les quiera convertir en robinsones de los mares del sur. Y nos
pondrán en solfa aunque terminen sus días -un solo día de sus frágiles vidas-, en un
calabozo o refugiados en su bañera.
Sergi Belbel, Ernesto Caballero, Rodrigo García, Maxi
Rodríguez y varios más me resultaban una esperanza muy firme en el teatro español.
Esperanza subjetiva cuando uno ve las carteleras de la prensa llenas de autores difuntos y
encontrar editada una obra teatral de autor español vivo resulta desalentador. Esperanza
sin fundamento cuando los jóvenes universitarios apenas conocen textos de escritores
dramáticos contemporáneos y, en cambio, se saben al dedillo las canciones más
ramplonas, los incidentes más nimios de cualquier torneo deportivo. Ojalá que los textos
presentes y futuros de quienes se resisten a perecer en ese "destino desierto"
al que parecemos condenados, se vean pronto no sólo en las salas alternativas donde ya se
ven, sino en los teatros públicos cuyos telones parece que cornienzan a ser levantados
para ellos.
Por lo pronto, Maxi Rodríguez ya ha aterrizado en Madrid. Y aunque
aún no le grite ¡oé, oé, oé!, a lo mejor comienzo a verlo en el cuadro donde Antonio
López retrató la Gran Vía. Cosas más raras pueden verse en un retablo de maravillas. |