El pub que hizo arte
Francisco Díaz-Faes
La Nueva España, 23-12-98

Verán ustedes, de nuevo, una revisión personal de Maxi Rodríguez sobre el teatro, ese mundo cerrado, que se deja ver en sus manos con simpatía agridulce, humor extremo y coloquial, que hace arte. ¿Y, cómo lo consigue? El autor ha mostrado un poso de violencia, teñida de dolor, bañada en la comicidad de su lenguaje. Se trama en un tema menos universal que en su pieza anterior sobre el fútbol. Tres personas asaltan un bar de moda. Se trata de actores, artistas, como tantos otros, perdedores y ofendidos. El tema es la búsqueda de la mirada, la atención, la sensibilidad hacia su disciplina. Sabemos ya a estas alturas que el amor al arte ha dejado paso al arte sin amor. Tal vez se pueda vivir mejor del segundo. «El arte que hizo PUB» continúa la estela de «Ondas» y «El mio coito o la épica del BUP», del estudiante en sus deudas, sus dudas personales al descubrir su vocación con el teatro, al que cae en la seducción fácil y la cara trágica (y desternillante a la par) del placer. Aquí vemos la profanación de un lugar sagrado: el local de ensayos. Convertido con los años en un PUB, regentado, para más coña, por un concejal de Cultura. La ilusión convertida en frustración. La sensación de que el teatro ha perdido el tiempo. El teatro que dice (o debería decir) mucho a pocas personas ha fracasado frente a otras manifestaciones, que dicen poco a muchas personas, a las masas tal vez (como el fútbol). Atracan un bar, buscan coaccionar, sí, pero só1o para ser -nada menos- observados, mirados, admirados. Es la violencia del arte que se cree en posesión de la verdad (el arte incomprendido, desde el romanticismo, desde Wagner). Una extraordinaria banda musical, una ambientación hortera muy lograda y unos magníficos actores logran el mayor éxito, posiblemente de la temporada teatral en Gijón. Belrtol, el protagonista, afinado en la inteligencia de David. Rico y Lanza batiéndose en la precisión de guiños autobiográficos, magníficos, junto a Quique bordando otro gran papel de munícipe, o Maricheli en su primordial trabajo de una mujer que ha olvi- dado sus ideales. Sin olvidar la histeria desbordante de Eva y Félix. Noche concentrada de humores hacia la profesión. Su lamento perpetuo, el tiempo perdido, su capacidad o incapacidad para luchar contra el desinterés y sus propias limitaciones. Un gran aplauso del espectador a su gran autor, de casa.