Que alguien secuestre a Maxi
Alfredo García oliveros
La Nueva España,  Avilés, 28-2-99

Debajo de una bola de espejos, a lo Studio 54 -la discoteca, no la versión light de Mark Christopher-, se recrea a la perfección, al milímetro, una de las escenas más estúpidas que nos haya podido dejar este siglo: un disco-pub con toda clase de personajes, más o menos mezclados, pasándoselo en grande. Música del grupo «Aqua» y toda la sociedad en pleno rendimiento intelectual. De repente, irrumpe en el local un comando llamado «Bululú», dispuesto a escenificar un atraco por el método Stanislavsky. A partir de ahí, se increpa a casi todo bicho viviente, y no sólo dentro del espacio escénico. El autor, Maxi Rodríguez, apuntaba en la presentación de su obra en Avilés que «habrá un sector del público que se sienta encañonado por lo que pasa en la escena», y, como diría el personaje de megapija que encarna Eva Legazpi, «para nada».

Casi ninguno de los potencialmente encañonados estaban la noche del viernes -ni casi ninguna otra- en la línea de fuego del teatro Palacio Valdés. Como mucho, algún que otro niñito de los que quiera el cielo que no representen a su generación, porque entonces el «efecto 2000» iba a ser algo más que un lapsus cibernético. El «morreo» que se dan en mitad del pub los personajes que interpretan José Rico y Félix Corcuera desató un anacrónico ataque de risa en dos jovencísimos espectadores, en un gesto que quedó amplificado por el comentario en alto de una adolescente (¿se dice así?) que pretendía, a toda costa y durante todo el tiempo, hacerse la graciosilla: ¡qué maricón!, y de nuevo risitas... Hasta el final, muchos dudaron sobre si ambas parejitas, que juntas no sumaban medio gramo de masa encefálica, formarían parte del espectáculo.

Los verdaderos enemigos ya no se sientan en escaños. Lo peor está por venir. El paso de los años y las generaciones no servirá de nada si esto sigue asi. El discurso de Maxi Rodríguez, si por algo se caracteriza, es por no andarse con rodeos. Aquí cada cosa lleva su nombre y apellidos. El concejal de Cultura es socialista y dequeísta vocacional, tiene aspecto de fartón, es el brazo tonto de la política y «discrepa» en lo cultural. En su personal bagaje intelectual, tiene a su favor dos argumentos, que habrá que convenir que son altamente contundentes: una concejalía del ramo alquilada por cuatro años y un ligue con Marga, el personaje que encama Mari Cheli Fernández, nada menos que «la primera teta del teatro independiente».

Luego está la megapija que todo «lo flipa» y un inefable calzonazos que esa noche estaba de boda y que lo más fuerte que le ha pasado en su vida es ese «morreo» que tanto escandaliza a la joven generación de espectadores. La escena con la que arranca la obra es tan real, tan auténtica, que sorprende su teatralidad. Durante unos minutos, el público -cada espectador por separado- se convierte en el personaje aburrido de la fiesta, el que está a punto de irse ya para casa, pero todavía se queda un rato, solo, observando lo muy absurdos que podemos llegar a ser a poco que nos dejen.

De esa realidad tan lograda y tan aparentemente natural, Maxi Rodríguez nos saca a bofetadas y nos introduce en otra no menos detestable.

«El arte que hizo pub» es un ejempío cercano de lo que todavía puede damos el teatro. En especial, si es con actores como David García y José Rico. Probablemente sería secuestro, pero alguien debería encerrar a Maxi Rodríguez en una habitación y obligarle a escribir teatro sin parar.