Lo suyo es puro teatro
Pachi Poncela
La Nueva España, 14-12-98

Se acordarán sin duda del chascarrillo aquel del búho al que un vendedor sin escrúpulos pretendía hacer pasar por un loro. Como el bicho del chiste, Maxi Rodríguez se fija. Mira atentamente, con los ojos cual platos de sopa fría. Se acoda en la barra del chigre, se aferra al vidrio y contempla cuanto sucede a su alrededor. Debe de ser una perversión del cristalino la que introduce al propio Maxi en su campo de visión. Se ve entonces a sí mismo y, obrando en consecuencia, opta por no defraudar. Actor y espectador a un tiempo, recreándose en la suerte, Maxi Rodríguez colabora desinteresadamente y da lustre a un espectáculo que, de otro modo, no pasaría de mediocre estampa costumbrista.

No sé si me siguen. Lo que pretenden estas líneas es dejar constancia del estupor que Maxi Rodríguez genera en quien, como el que suscribe, no dispone de su don prodigioso. A la salida del teatro, tras el estreno de «El arte que hizo pub», era lugar común entre allegados y conocidos comentar la perfecta correspondencia entre el Maxi en playeros y el que calza coturnos. Sus personajes gastan el mismo palabrero y se manejan con gestos idénticos a los de su autor. Maxi no necesita pisar las tablas para llenar el escenario, la suya es una ausencia clamorosa. Tan reconocible como Woody Alíen, dijo alguien, que no abandona el papel protagonista se llame como se llame su actor principal.

Claro que estaríamos pinchando en hueso si considerános la nueva obra de Maxi idríguez un destilado de su esencia más personal. «El arte que hizo pub» no es solamente una pieza agridulce sobre el mundo del teatro. El asalto d comando Bululú al pub de Rami rón no se limita a servir con excusa para airear la tramoya para ofrecer al público un compendio con las miserables grandezas del mundillo teatral. No es una catarsis de consumo interno ni un panfletillo brechtiano, ni retrato nostálgico de la oxidada edad de oro del arte comprometido. Maxi Rodríguez va más allá.

Su nuevo montaje muestr apenas hora y media,  que éste es un país cada vez menos culto y, lo que es peor aún, que a nadie parece importarle demasiado. No le importa al concejal de Cultura que opina de que. Tampoco al que   vivió la transición a la democracia tras las barricadas y ahora sueña con prebendas fúncionariales. No le importa a los programadores televisivos, ni a los periódicos, ni mucho menos a la gente de a pie. Incuria tan extrema sólo admite métodos drásticos: un asalto a punta de pistola. El comando Buulú arnordaza a los horteras y les obliga a asistir a una finición especial donde la farsa resulta ser la realidad transfigurada.

Todo eso lo ha visto Maxi Rodríguez.. Se ha tomado la molestia de fijarse y; más tarde, lo ha puesto por escrito. Lo ha salpimentado con guiftos gijonudos, bromas de trazo grueso y ciertas concesiones a la galería. Pero lo fundamental, la chicha, no desaparece: sólo se camufla tras los chistes. Resulta de todo ello una obra ágil, llevada con pulso firme y dotada de ritrno, eso tan difícil de lograr.

Maxi Rodríguez acecha. Calculo que, del sábado al domingo, extenuado tras el estreno, se tomaría un descanso. Pero no se confíe, porque volverá a las andadas, y usted y yo estaremos ahí, sirviendo de cobayas. Verdi, genuino hombre de teatro, culminó su carrera confirmando que todo en el mundo es burla. La  realidad es una broma a gran escala que sobre el escenario  parece mentira de cierta que es. Ni el telón nos salva de oficiar,  aunque sea de extras, en este simulacro.